«Ya no hay Pirineos»

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Cuando Luis XIV presentó a su nieto, el joven duque de Anjou, a la corte de Versalles, le dirigió estas palabras: «Sed buen español. Este es vuestro primer deber. Mas acordaos de que nacisteis francés y mantened la unión entre los dos países.»

Felipe V, primer Borbón de España, no olvidará la recomendación de su abuelo. Sin embargo, por muchas razones, algunas de ellas no declaradas, será más francés que español.

Felipe V, simpático, apasionado, tiene las mejores intenciones, pero carece en absoluto de ánimo decidido. La voluntad real la encarnarán los personajes femeninos que le rodean. Durante mucho tiempo, la verdadera España tendrá los rasgos enérgicos de la princesa de los Ursinos, camarera mayor de la reina María Luisa, primera esposa de Felipe V.

En cuanto la princesa francesa llega al austero palacio de El Escorial, escandaliza a los viejos señores de la corte con sus iniciativas, que el rey acepta sin que ella tenga que esforzarse mucho. Esa etiqueta rigurosa, ese ceremonial tan frío… Todo eso tiene que cambiar. La pareja regia bailará la chacona y las comedias de Molière suplantarán a las interminables y aburridas tragedias españolas.

Los pizzicati de la alegre música italiana ofenderán los oídos de las dueñas, acostumbradas al canto llano de la música sacra. Hasta se dará el caso, con gran escándalo de los cortesanos de Carlos II, de que el rey apruebe la supresión del tontillo que las damas llevaban sobre el vestido para que no se les vieran los tobillos cuando subían a la carroza.

La princesa de los Ursinos no limita su acción a estas reformas menudas. Con ayuda y gracias a los talentos del embajador de Francia, Amelot, y del economista francés Orry, logrará poner a flote las finanzas españolas, sangradas por las guerras del siglo anterior, y restaurar la administración.

No le arredrará el peligro de meterse con la temible Inquisición con el fin de moderar sus excesos. Felipe V deja hacer a la inteligente princesa. «Mon coeur!», le llama.

Si Felipe V parece desinteresarse de los asuntos españoles, es que está meditando un proyecto temerario: ser rey de Francia si el joven Luis XV, que dicen que está muy enfermo, llegara a morir, y a pesar de que Felipe renunció solemnemente a la corona de Francia en 1713, cuando se firmó la paz de Utrecht.

Llega más lejos: autoriza a su embajador en París, Cellamara, a fomentar un complot contra el regente que pretende derribar la monarquía francesa en beneficio del rey de España. El complot fracasa y los cómplices de Cellamara entre ellos el marqués de Polignac y el marqués de Pompadour son encerrados en la Bastilla. Después de lo cual, una alianza formada por Francia, Holanda, Inglaterra y Austria exige a Felipe V que abandone formalmente sus pretensiones al trono de Francia y al de Austria.

Tan pronto proyecta casar a su hija Mariana Victoria con Luis XV ella tiene tres años y él once como recaba y obtiene del emperador austríaco una opción puramente moral a los ducados italianos. Por último, convencido de que su interés está al lado de Francia, Felipe V concluye con los príncipes de Borbón el primer «Pacto de Familia». A consecuencia de él, Francia arrastra a España a la guerra de sucesión de Polonia y a la sucesión de Austria.

Lo único que saca Felipe V de estos conflictos es los ducados de Parma y de Toscana, que entran en el dominio español. En cambio, Gibraltar, plaza de la que se había apoderado por la fuerza la flota anglo-holandesa en julio de 1704, queda definitivamente en manos de Inglaterra. A lo largo de los siglos, España no ha dejado de reclamar a los ingleses la devolución del Peñón nacional, «espina clavada en el corazón de la patria».

Felipe V ha dejado el recuerdo del más inconstante de los reyes. Débil y encantador, sufrió influencias sucesivas que se destruyeron mutuamente. Después de haber abandonado en manos de la princesa de los Ursinos los destinos del reino español, mandó detenerla y echarla ignominiosamente de España por consejo de su nuevo favorito, Alberoni.

Alberoni no era más que un simple jardinero que había conquistado al duque de Vendôme por su delicada manera de preparar los macarrones. Enviado como consejero a la corte de Madrid, conquista el favor de Felipe V, que le hace cardenal y primer ministro. Pero Alberoni, como consecuencia de los reveses sufridos por España, es despedido a su vez. Entonces, Felipe V es dominado por su segunda esposa, Isabel de Farnesio, que orienta su política hacia Italia, con el propósito de establecer allí a sus hijos.

La política italiana de la reina, apoyando a José Patiño el Colbert español, da por resultado la creación de una marina poderosa que permite a España recobrar su rango de gran potencia mediterránea. Un día, no se sabe por qué. ¿reminiscencia de Carlos V?, Felipe V decide abdicat en su hijo. Y se retira con Isabel de Farnesio al real sitio de San Ildefonso, cuyos palacios había hecho construir en pleno corazón de la sierra de Guadarrama.

La carrera de Luis I es breve y escandalosa. A los siete meses de reinado, el nuevo rey muere de viruela y Felipe V vuelve a tomar el poder. Isabel de Farnesio torna a sus planes para colocar bien a sus hijos. Lo consigue en parte. Pero la muerte repentina de Felipe V interrumpe por algún tiempo sus intrigas.

El reinado de este príncipe vacilante se puede resumir en unas palabras: rey de España durante más de cuarenta años, no fue ni rey ni español, pues otros gobernaron por él, mientras él pensaba en la corona de Francia. Así, nunca fueron tan altos los Pirineos entre los dos países como en esa época en que Luis XIV pretendió suprimirlos.

No hay, pues, más remedio tan poco reinó por sí mismo que disociar a Felipe V de España de la España de Felipe V. Pero, si definir al personaje es relativamente fácil, no lo es nada. ver claro en ese embrollo de sucesiones y de alianzas que forma la trama de la política española desde la muerte de Carlos II 1.° de noviembre de 1700 a la de Felipe V 9 de julio de 1747.

Es como un paisaje de montaña envuelto en niebla en el que sólo se ve el perfil de la cumbre. Felipe V, nieto de Luis XIV, es rey de España por voluntad de Carlos II y por la mucho más enérgica de Luis XIV. Paralelamente, el emperador de Alemania, Leopoldo I, yerno, como Luis XIV, de Felipe IV, renuncia a sus derechos al trono de España a favor de su segundo hijo, el archiduque de Austria, Carlos, el cual reivindica la herencia española con el apoyo de una poderosa coalición formada por Inglaterra, Holanda, Dinamarca, Alemania, Portugal y Saboya. Hay que impedir a todo trance la fusión de Francia y España.

Luis XIV, por su parte, no puede admitir que un alemán reine en Madrid, pues ello sería el preludio del cerco de Francia, después de haberlo roto, tan difícilmente, la política tenaz de Richelieu y de Mazarino. Así comienza la guerra de Sucesión de España. Francia, victoriosa en Friedlingen, en Hochstaedt, derrotada en Oudenarde, en Lille y en Malplaquet, salvada a tiempo de un terrible desastre por la victoria del mariscal de Villars en Denain, firma en Utrecht la paz con Inglaterra, Holanda, Portugal, Saboya y Prusia; con Austria en Rastadt y con los príncipes alemanes e italianos en Baden.

La cuestión española queda resuelta en convenios anejos a los tratados, Felipe V conserva su trono, pero cede a Austria: Nápoles, Milán, Cerdeña y los Países Bajos españoles, y Sicilia a Saboya; Inglaterra se queda con Gibraltar y con Menorca. Además, los ingleses obtienen importantes privilegios en las colonias españolas, de los que se aprovecharán para suplantar poco a poco a España en el Nuevo Mundo. Lo esencial para Felipe V ha sido conservar su corona, gracias, en gran parte, a los franceses. ¿Qué habría sido de él si el duque de Vendôme no hubiera roto la ofensiva austríaca en Villaviciosa?

Pues bien poco faltó para que el archiduque, proclamado rey de España con el nombre de Carlos III, aclamado en Cataluña y habiendo entrado vencedor en Madrid, suplantara a su rival francés. España, deudora de Francia en gran medida, se inclina francamente hacia ella y participa a su lado en las guerras de sucesión de Polonia y de Austria. En ellas gana dos reinos: el de Nápoles para el infante don Carlos, y los ducados de Parma, Plasencia y Toscana para el infante don Felipe.

Tal es la línea cimera de la España de Felipe V. El paisaje es todavía grandioso, pero va anocheciendo. España, aunque figure aún entre las potencias europeas y disponga de sus posesiones americanas, está al borde del declive. Su enemigo y muy pronto vencedor en el plano colonial y marítimo sigue siendo Inglaterra.

Pero debemos decir adiós a la España de Felipe V en San Ildefonso. Allí fue donde el nieto de Luis XIV que detestaba a Madrid más aún que al Escorial mandó construir un palacio que le recordaba al Versalles de su primera juventud. La Granja… Mármol rosa y piedra gris, fuentes, jardines a la francesa, grandes parterres con estatuas y estanques. A Felipe V le gustaba ir allí a descansar, a la sombra de los álamos. Ante su mausoleo de mármol rojo, en la sala del Panteón, ¿cómo no evocar al adolescente duque de Anjou bajo los rasgos pintados por Rigaud, saludando en la corte de Versalles?

El sucesor de Felipe V es el segundo hijo de su primera mujer, Fernando VI. El nuevo rey es bastante insignificante y se deja manejar por Inglaterra y por Francia, sin tomar francamente partido ni por una ni por otra. Es su hermanastro y sucesor, Carlos III, rey de Nápoles e hijo de Isabel de Farnesio, quien opta decididamente por la alianza francesa.

El Pacto de Familia queda confirmado y reforzado; Luis XV cede a España la isla de Menorca y Luisiana. La enemiga común es Inglaterra. Franceses y españoles le asestan duros golpes en el mar y en las inmediaciones de su imperio colonial.

El siglo XVIII, nefasto para la grandeza de España, es, sin embargo, uno de los más brillantes de su historia. Desde que los príncipes franceses subieron al trono español, un aire vivo y saludable corre por la vieja España. La intolerancia, si no ha muerto está al menos moribunda. Se respetan las cosas de la religión, pero riéndose un poquito de los devotos. ¡Se acabaron las persecuciones confesionales, se acabaron las expulsiones! En un siglo, la población pasa de seis a once millones de almas casi el doble.

El nuevo mundo es ahora productivo. Se fundan poderosas compañías para la explotación racional de la América española. Por ejemplo, la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, que tiene el monopolio del cacao, maneja más de cien mil quintales al año. Grandes virreyes, como Amat y O’Higgins, contribuyeron con su talento a incrementar la prosperidad de las colonias. En todos los terrenos, España va aplicando los métodos modernos. Se roturan tierras incultas, se crean pueblos, se inventan nuevas industrias y se perfeccionan las antiguas. Los españoles, impulsados por hombres selectos, como Jovellanos y Campomanes, se ponen a realizar obras dignas de los romanos.

En cincuenta años se hacen más de mil kilómetros de carreteras y más de trescientos puentes. Las postas funcionan a la perfección. Una carta de Madrid a Cádiz recibe la respuesta en quince días, lo que es rápido, teniendo en cuenta la distancie y las dificultades del terreno.

España ya no es la gran potencia política que fuera en tiempos de Carlos V y de Felipe II, pero va siendo una gran potencia comercial, económica y colonial.

Mientras la agricultura se moderniza, y aparece la técnica, y aumenta la población, un huracán arrastra los espíritus. La España de Carlos III, obstinadamente cerrada hasta entonces a las influencias intelectuales del exterior, recibe en plena cara la ácida brisa de la filosofía francesa.

El hecho esencial del siglo XVIII español es la irrupción, casi repentina, de las ideas enciclopedistas en un medio espiritual que todavía no había roto con la Edad Media. A los dos siglos de Lutero, una segunda revolución va a turbar las conciencias o a seducirlas. La sombra de Voltaire se superpone a la de Erasmo.

Y es curioso que Carlos III tiene un poco la cara de Voltaire: nariz larga y puntiaguda, mirada penetrante, pómulos salientes. Hombre de gusto y de buen gusto, amigo de las artes y de las letras, se precia de ser un «príncipe ilustrado». Y lo es. Gran constructor, excelente administrador, toma medidas audaces y prudentes a la vez.

Crea el Museo del Prado, el Observatorio de Madrid, dibuja él mismo el trazado de las nuevas carreteras, organiza la marina y el ejército. Sabe rodearse de ministros competentes, como el conde de Aranda y el marqués de Floridablanca. Según algunos de sus biógrafos, el tercer Borbón de España era «tozudo como una mula y débil como una mujer». Seguramente son los mismos que le reprochan su amor a Francia.