Viriato

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Nadie diría, al ver a este capitán mozo arengar duramente a los lusitanos, que comenzó su carrera guardando rebaños. Erguido en un alcor, las llamas de una hoguera de gárabas acusan las líneas. voluntariosas de su mentón y de sus maxilares. Tiene ojos muy negros y tez cetrina. ¿Cómo reconocer al boyero de ayer en este Alcibíades de nariz aguileña?

 

Apostrofa a sus hombres con vehemencia, pero su voz es hábil y su gesto noble. Estigmatiza la felonía de Galba: Pues no había prometido dar a los lusitanos tierras fértiles, a condición de que abandonaran la lucha contra los romanos? El día fijado, los patriotas lusitanos acudieron en pequeños grupos al lugar señalado, llevando consigo todos sus bienes. ¡Mala la hubieron!

 

Las tropas de Galba los cercaron, cayeron sobre ellos y los despojaron. ¡Nueve mil cadáveres, veinte mil prisioneros vendidos como esclavos en Galia! Entre ellos, Viriato. ¡Ésta fue la famosa pax romana!

 

Viriato logra huir. Y va de pueblo en pueblo, infatigable y fiero, repitiendo esta frase, advertencia y grito de guerra: «¡Acordaos de Galba!» Mientras tanto, el pretor comparece ante el Senado romano, por abuso de poder. Para reemplazarle como gobernador de la España ulterior es designado Cayo Vetilio.

 

La dictadura del nuevo gobernador es más feroz aún que la de su antecesor, lo que no hace sino dar mayor encono a la resistencia lusitana. Viriato enseña a sus rústicos compañeros, vestidos con pieles de animales y armados de picas, el odio a la loba romana. Al frente de diez mil hombres, se pone en marcha hacia Cádiz, pero tiene que batirse en retirada ante las centurias que, codo con codo detrás de los escudos, oponen a los lusitanos una masa de hierro blindada de corazas y erizada de espadas.

 

Acosados por todas partes, arrinconados en la montaña, los lusitanos se desmoralizan. Algunos hablan de pactar con los romanos, ¡Jamás!, se opone Viriato sacudiendo soberbio la cabeza. Y explica su plan. Va a provocar al ejército romano en campo abierto, fingir la huida y atraerlos así a lo hondo de un valle cerca de la población de Tribola.

 

Y entonces será cosa de juego para los patriotas apostados en las alturas aniquilar con sus flechas a los legionarios romanos. El plan es puesto en práctica. Atraídos de este modo a la serranía, cae sobre los soldados de Vetilio una granizada de dardos y de piedras. Perecen cuatro mil romanos, y el pretor en persona cae en manos de un lusitano, el cual, rompiendo a reír ante el obeso funcionario, le abre el vientre, en castigo, dice, de ser tan gordo.

 

Roma acaba por irritarse de que se burle de ella un boyero. Manda un tercer gobernador, Cayo Plautio. Es derrotado en Évora. El cuarto, Claudio Unimano, sufre un duro descalabro: deja en manos de Viriato sus águilas y sus insignias de pretor. Un epitafio de un soldado romano, descubierto no lejos del campo de batalla, hace pensar que los lusitanos no carecían de generosidad.

 

Dice así: «Cayo Manucio, centurión de la décima legión, desvanecido a consecuencia de las heridas que recibí en un combate contra Viriato, fui abandonado por muerto por el general Claudio Unimano; recogido y cuidado por Eubutio, soldado lusitano, sobreviví pocos días y he muerto triste por no haber podido recompensar a mi bienhechor como es costumbre entre los romanos.» Pero, en la guerra implacable entre el imperialismo romano y el patriotismo español, la clemencia es cosa excepcional.

 

Ese soldado vencedor que recoge y cuida a su enemigo vencido es, sin embargo, el mismo que, junto a Viriato, echa a rodar peñascos sobre los cascos romanos. Sólo que, a veces, en el anochecer abrasador de las batallas, pasa una ráfaga de aire fresco.

 

En el Senado, la ira se torna preocupación. ¿Continuar una lucha aventurada y costosa, o reconocer la soberanía de Viriato? Las opiniones están divididas. Se estudia una fórmula. ¿Otorgar a Viriato la ciudadanía romana? Tanto como eso, no. Pero un tratado de alianza hábilmente formulado…

 

Mientras los juristas andan buscando la palabra justa, Viriato se esfuerza por consolidar su doble posición, política y militar. Acaso es más difícil mantener la unión de las tribus que tener en jaque a los romanos. En su fuero interno, Viriato sabe bien que un imperio ibérico es irrealizable por el momento y que el imperio romano acabará por ganar. Pero, si ha de ser así, que sea lo más tarde y lo más duramente posible.

 

Cuando la guerra le deja una tregua, salta sobre su caballo y galopa de poblado en poblado reanimando el valor y la fe de sus compatriotas. Su zona de influencia se va extendiendo. Ahora domina ya Castilla, y los fieros celtiberos han aceptado su ley. Recibe tributo de las tribus, recluta soldados, cierra pactos con los poblados vecinos. No se atreven a negarle nada: tanto entusiasmo pone en convencerlos.

 

Por otra parte, es irreprochable: duerme en el suelo junto a sus soldados y reparte equitativamente el botín sin quedarse con nada. En poco tiempo, toda la Lusitania se somete a su verbo magnético.

 

Sigue la ronda de gobernadores. Fabio Emiliano hermano de Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago lanza contra Viriato su ejército, constituido por quince mil infantes y dos mil jinetes. Al principio, la fortuna sonríe al nuevo cónsul, pero no tarda en volverle la espalda. Roma le sustituye por Serviliano.

 

¿Triunfará allí donde fracasaron todos sus antecesores? En todo caso, está decidido a llevar la campaña con máxima dureza. ¡No habrá cuartel para esos bárbaros! Procediendo a ejecuciones sumarias, cortando las manos a los prisioneros, cuenta con el efecto del terror. Pero Viriato no conoce el miedo. Una noche penetra sigilosamente en la pequeña población de Azuaga entre Peñarroya y Fuente del Arco, sitiada por los romanos, levanta la abatida moral de los lusitanos, prepara con ellos un plan de batalla y, al amanecer, lanza una violenta ofensiva contra Serviliano.

 

Emprendida la batalla, Viriato atrae hábilmente a los romanos a un desfiladero y los confina en él cerrando las salidas con peñascos. El ejército de Serviliano ha caído en la trampa. ¿Qué muerte le destinará Viriato? ¿El hambre o la lapidación? No. En una de esas ocurrencias características del genio político, Viriato ofrece la paz a los romanos. Aceptan. El asunto llega hasta el Senado. Se preparan los instrumentos de ratificación.

 

Gran júbilo por ambas partes. Los enemigos de ayer van a ser ahora amigos. Pero he aquí que se levanta una voz altanera: ¡Nada de paz vergonzosa, indigna de Roma, sino la victoria total! Ha hablado Escipión Emiliano. Y no hay más remedio que escuchar en silencio al hombre que acaba de reducir Cartago a cenizas.

 

Diez años hace ya que Viriato humilla uno por uno a los cónsules de Roma. ¿Cómo tratará a Emiliano? Por lo pronto, como a los demás. Fiel a la táctica que tantos triunfos le ha valido, Viriato finge que acepta la batalla en el lugar que él ha elegido; luego, en el último momento, la rehúye, arrastra en pos de él a los romanos a zonas que sólo él conoce e intenta envolverlos.

 

Pero Escipión no se deja coger dos veces en la misma trampa. En vez de buscar contacto directo con el jefe lusitano, dirige todas sus fuerzas contra los aliados de Viriato, asolando sus campos y saqueando sus pueblos. ¿Se ha cansado Viriato de luchar? El caso es que envía a Escipión tres emisarios con la misión de negociar la paz. Aquella paz que Roma había prometido ya.

Escipión Emiliano conoce bien el arte de la guerra, y acaso mejor aún el arte de la diplomacia. Dispensa a aquellos tres hombres de los montes, rústicos e intimidados, la misma acogida que el protocolo romano prescribe para los embajadores. Inmersos en un baño de vapor, ungidos con esencias perfumadas, entran en la sala del banquete entre una doble fila de centuriones cuyas espadas forman una resplandeciente bóveda sobre las cabezas de los emisarios.

 

¡Qué honores para esos hijos de la sierra! Se aposentan al lado de Escipión, esforzándose en estar naturales, pero la timidez los tiene atónitos. ¡Verse reclinados en el lecho de honor, vistiendo la síntesis de muselina, servidos por esclavos, ellos, que, en guaridas, no conocían más que alimentos groseros rápidamente engullidos! Van desfilando platos, la mayor parte desconocidos para ellos: lirón con amapola, huevos de pavo real, ubre de cerda, jabato relleno de mirlos, langostas saltando sobre una parrilla de plata.

 

Circulan las ánforas vertiendo en las cráteras el vino espeso de Marsella y el de Setia, que inflama el gaznate de aquellos hombres habituados al agua clara de las sierras. ¿Es la casa de Petronio, o es Trimalción quien obsequia? No tarda la embriaguez en nublar las cabezas de los tres lusitanos. Mas no lo suficiente para que no los caliente deliciosamente un vino más embriagador que el crudo de la isla: la lisonja.

 

Escipión se inclina hacia ellos y les dice al oído palabras tentadoras. Unos generales tan valientes tienen algo mejor que hacer que esconderse en los bosques como animales acosados. Se están gastando en empeños sin esperanza, pues tarde o temprano… También Cartago se obstinaba. Su sitio es Roma. Roma reconocerá sus talentos. Sólo una pequeña condición, una pequeña formalidad… Y Escipión baja más aún la voz.

 

Al amanecer, los embajadores de Viriato se encaminan de nuevo a las montañas. Tienen la cabeza pesada. Y es lento el paso los caballos, que no pueden apenas con la carga de los regalos. de Vasos de plata, copas de oro, armas cinceladas y, para las mujeres, pomos de ungüentos, afeites: albayalde para la frente, ocre para los labios, polvo de antimonio para las cejas…

 

¡Qué hermosas van a estar las mujeres de los tartesios! Ya entrada la noche, llegan al campo lusitano. Todo el mundo está durmiendo. Los emisarios tienen ya fría la cabeza, y fría es su resolución. Durante el camino de regreso, mientras se iban disipando los vapores del festín, no han dejado de imaginarse vestidos con la toga romana.

 

¡Qué inocentes! Ya están ante la tienda de Viriato. En el momento de levantar la tela, vacilan un momento, aguzan el oído. El jefe está dormido. Se miran y, en seguida, sin decirse una palabra, penetran sigilosos en la tienda.

 

Viriato tenía la costumbre de convocar cada mañana a sus capitanes y a los jefes de tribus. Celebraba consejo en su tienda. A la hora señalada, acuden como de costumbre. Un grito de horror. El general está muerto, asesinado! No tardan en descubrir a los culpables y apoderarse de ellos. Se alzan las espadas, a punto de caer sobre sus cabezas. Mas los tres lusitanos sonríen con sonrisa enigmática.

 

Ellos no han hecho más que cumplir las órdenes de Escipión. ¡Que los manden a Roma y que les paguen! Pronto llega el informe al Senado. Su primer movimiento es de indignación. ¡Para los asesinos, los grilletes! ¡Para Escipión, y a pesar de su gloria, una severa censura! Pero, bien pensado, Roma estima que la muerte de Viriato, por infamantes que hayan sido sus circunstancias, pone fin a una situación a la que no se veía salida.

 

Ahora que los rebeldes están privados de su jefe, será fácil traerlos a mandamiento. Los asesinos no cobrarán el salario prometido, Escipión será oficialmente desautorizado, pero los padres conscriptos le felicitarán en voz baja por haber triunfado allí donde tantos generales romanos habían sufrido la humillación de la derrota.

 

A Viriato se le hicieron funerales de héroe. Todo el ejército acompañó sus restos. Todos alababan no sólo sus victorias, sino ciertos rasgos de su carácter. ¡Tan grande y, sin embargo, tan modesto! Detestaba toda pompa, comía sobriamente, bebía agua, su porte era sencillo y sus costumbres eran las de un campesino de los montes.

 

Se recordaban anécdotas. Entre otras, ésta: el día de su boda se sirvió un banquete; el desposado, apenas ingerida su moderada parte, cogió su lanza, saltó sobre el caballo, montó en la grupa a su esposa y, sin decir palabra, partió al galope hacia la montaña.

 

Era frecuente en él esta manera de cortar en seco las efusiones, despedirse bruscamente, romper con el mundo. Demasiado grande para andarse con familiaridades. Demasiado duro consigo mismo para ser indulgente. ¡Adiós, Viriato!

 

Muerto su jefe, los rebeldes lusitanos se dispersaron. Unos buscaron refugio en la montaña. Otros, después de batirse aún durante algún tiempo con los romanos ¡por el honor!, acabaron por acomodarse a ellos. Dos años después de las triunfales. exequias de Viriato, los que habían guerreado bajo su capitanía se instalaban en las colonias de derecho romano y acataban a sus nuevos amos.

 

Yendo de Cáceres a Lisboa, pasado el desfiladero de Los Barreros y en la misma frontera portuguesa, se encuentra una ciudad simbólica, una ciudad que testimonia la triple personalidad de España: una torre mora, la iglesia medieval de Nuestra Señora de Roque Amador y el recinto de la ciudad romana de Julia Contrasta. Es Valencia de Alcántara.

 

Allí, viejos pastores con traza de soldados, reunidos al anochecer junto a una fuente de piedra, evocan a aquel pastor de un siglo antes de Jesucristo, tostado por el sol, seco como un sarmiento, que prefirió el agua clara de la libertad al vino de Falerno del ocupante. Vuelven a menudo la cabeza hacia el Este, como si creyeran oír el galope de un caballo o como si, con el olor de las higueras procedente del valle de Plasencia, se mezclara el de las cavernas lusitanas, olor a sangre y a leche cuajada.

 

Aunque hubiera vivido Viriato, no habría podido con la omnipotente Roma. Pero habría retrasado más tiempo su victoria. Verdad es que, aun después de su muerte, la lucha continuó. Pero ¿qué podían aquellas tentativas cada vez más aisladas, cada vez menos coordinadas, contra la disciplina y la organización romanas?

 

Las guarniciones iberas iban cayendo una por una. Únicamente la meseta resistía, aunque cercada por todas partes. En aquel último reducto de la independencia española, el viejo pueblo celtibero parecía insojuzgable. Escipión se vio obligado a emplear todos sus gigantescos medios para acabar con aquellos indómitos héroes que las grandes familias patricias los Metelos, los Marcelos, los Lépidos, los Pompeyos, los Mancinos consideraban bárbaros.

 

¡Nobles bárbaros los ocho mil celtiberos atrincherados en las grutas de Numancia y de los cuales apenas la mitad estaban armados! Contra las corazas romanas, blandían picas y las lanzas de sus antepasados de las cavernas. Y sin embargo, así de reducidos y de mal equipados, los defensores de Numancia tuvieron a raya a los romanos durante mucho tiempo.

 

Todo un ejército romano a las órdenes de Mancino tuvo que capitular, y el propio Mancino se vio expuesto a los sarcasmos de los españoles, desnudo y con las manos atadas a la espalda, ante las puertas de la ciudad. Cuentan que los romanos sentían ante los españoles la misma impresión que el ciervo ante la jauría: no podían divisarlos ni oírlos sin echar a correr.

 

La llegada de Escipión ante las murallas de Numancia cambió por completo la situación. Lo primero que hizo fue restablecer la disciplina. Expulsó del campamento a las cortesanas, a los mercaderes y a los cantineros. La mujer y el vino reblandecen al soldado. Después estableció alrededor de Numancia un bloqueo total.

 

Abrió en torno a la ciudad sitiada un profundo foso y levantó una muralla de más de metro y medio de espesor, todo ello flanqueado por siete torreones almenados guarnecidos por balistas y catapultas. Para impedir que los numantinos utilizaran el Duero como vía de salida, Escipión mandó tender de orilla a orilla cadenas erizadas de pinchos de hierro.

 

Decidido a vencer a todo trance, mandó construir siete campamentos, no de tiendas de lona, sino de piedra, en previsión de un sitio muy largo. Pero no duró más que ocho meses.

 

Sesenta mil legionarios y soldados, uno de los generales más grandes de la historia y fortificaciones gigantes dieron cuenta por fin de los defensores de Numancia. Cuando, completamente exhaustos, sin más alimento que la carne de los cadáveres, se resignaron a enviar plenipotenciarios a Escipión, éste los despachó exigiendo la rendición sin condiciones.

 

Al volver los parlamentarios con tal noticia, sus compatriotas, enfurecidos, les dieron muerte. Luego, después de emborracharse con celia el aguardiente nacional, se dispusieron a morir. Unos se apuñalaron; otros, tendidos en mitad de las calles, expiraban en las angustias del veneno, o bien, prendiendo fuego a sus moradas, arrojaban a sus hijos a las llamas y se arrojaban en seguida ellos mismos.

 

Algunos se tiraban desde los torreones sobre los sitiadores, lanza en ristre, para que, por lo menos, su muerte no fuera completamente inútil.

 

Una mañana no se oyó ningún ruido. Todos los numantinos habían perecido. Entonces, los centuriones de Emiliano penetraron en los escombros de la ciudad muerta. No encontraron más que cadáveres y restos calcinados. «Metro y medio de carbones y de tierra quemada», atestigua el historiador Polibio, presente en la batalla.

 

Ni siquiera los caballos habían podido escapar, porque las mujeres de Numancia les cortaron los corvejones para obligarlos a morir como sus amos. Lo único que se halló en las cenizas fueron las copas de fina arcilla decorada con pájaros quiméricos que aquellos desventurados héroes entrechocaron antes de su última batalla.

 

En el camino de Soria a Burgos, a ocho kilómetros de Garay, en lo alto de una colina que domina la confluencia del Tera y el Duero, vemos lo que queda de Numancia. Se adivinan las líneas de las calles que pisaron los soldados celtiberos y después las cohortes romanas. Aquí dio fin la resistencia española a las armas de Roma.

 

Todavía quedaron algunos focos de rebeldía en Cantabria y en Asturias. Hará falta un siglo para extinguirlos definitivamente. Uno tras otro, los rebeldes de España van siendo derrotados o se van sometiendo. Treinta y ocho años antes de Cristo, el emperador Augusto declara a España provincia romana. Se ha realizado la pacificación