Una política evolutiva

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En las manifestaciones de Adolfo Hitler recogidas por Martin Bormann, el dictador nazi se expresa así: «A veces me he preguntado si, en 1940, no hicimos mal en no arrastrar a España a la guerra, Bien poco hacía falta empujarla, la verdad es que estaba deseando entrar, detrás de los italianos, en el club de los vencedores. Franco consideraba, ciertamente, que su intervención valía un alto precio.

Pero yo creo que, a pesar del sabotaje sistemático de su jesuítico cuñado, se hubiera avenido a intervenir con nosotros en condiciones razonables: la promesa de un pequeño trozo de Francia para satisfacción de su orgullo y una parte sustancial de Argelia en cuanto al interés material. Pero, como España no podía aportarnos nada tangible, decidí que no era deseable su intervención directa en el conflicto.

Claro que nos hubiera permitido ocupar Gibraltar; pero, en cambio, eran muchos kilómetros más de costas que defender en el Atlántico, desde San Sebastián hasta Cádiz… En resumidas cuentas, el mejor servicio que España podía hacernos en el conflicto nos lo ha hecho: arreglárselas para que la península Ibérica quedara excluida de él…»

Las confidencias de Franco sobre el mismo tema no suenan igual. De sus manifestaciones resulta que, en la entrevista que celebró con Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940, Franco declinó la proposición del Führer para que entrara en la guerra a su lado, alegando, contra los argumentos de Hitler, que Inglaterra no había perdido la partida, que disponía del enorme potencial americano y que, en todo caso, España deseaba ante todo la paz. Y, pasado el tiempo, el Jefe del Estado español afirma que el saludo de despedida del Führer fue tan frío como caluroso había sido el saludo primero.

A los cuatro meses, el 12 de febrero de 1941, Franco se reunió con Mussolini en Bordighera. La conversación fue mucho más franca y cordial, por las profundas afinidades de pensamiento que unían al Duce y al Caudillo. Cuéntase que, en esta entrevista, Franco preguntó a Mussolini: «Si usted pudiera salirse de la guerra, ¿lo haría?», y que Mussolini, levantando los brazos al cielo, contestó: «¡Claro que sí, hombre, claro que sí!» A su regreso de Bordighera, Franco se detuvo en Montpellier, para ver al mariscal Pétain. Entrevista cortés, nada más que cortés.

Lo que pudieron decirse de hombre a hombre Franco, Hitler, Mussolini y Pétain, en la confiada intimidad de una charla sin testigos, no tiene más que un valor anecdótico, lo mismo que las declaraciones recogidas a posteriori. En realidad, la política de Franco con las potencias beligerantes fue, según su propia expresión, evolutiva. Que el Jefe del Estado español, ante la alternativa planteada entre las simpatías de «tendencias» que le inclinaban hacia Italia y Alemania el eje «Berlín-Roma» y la preocupación de evitar a su país la ocupación extranjera o la guerra, amoldara su actitud a la curva de los acontecimientos, es cosa que los españoles no tienen por qué censurarle. Pero ¿y los otros?

El 3 de septiembre de 1939, Francia e Inglaterra declaran la guerra a Alemania. El mariscal Pétain, al que Franco conoció en Marruecos el año 1925, es embajador de Francia en Madrid. España proclama su «estricta neutralidad». El 10 de junio de 1940, Italia interviene al lado de Alemania. Francia queda fuera de combate. Pétain, nombrado jefe del Estado, solicita y obtiene un armisticio, por mediación de Lequerica, embajador de España en Francia, y del nuncio, encargados respectivamente de las negociaciones con Alemania y con Italia.

A pesar de las reiteradas instancias de las cancillerías alemana e italiana, Franco mantiene difícilmente su neutralidad, aunque sigue conservando contactos amistosos con Berlín y con Roma. Aplaude los triunfos del Eje, anuncia a Mussolini que va a pasar de la «neutralidad vigilante» a la «no beligerancia activa» un grado de avance, cierra los ojos ante la propaganda antibritánica sostenida incansablemente por la Falange, pero resiste a las presiones cada vez más insistentes de los italo-alemanes. Ordena la ocupación militar de la zona internacional de Tánger, incorporándola al Marruecos español; pero, en cambio, va dando largas a la operación contra Gibraltar que le sugiere Hitler.

Las tropas alemanas reciben orden de entrar en España el 10 de enero de 1941. Franco consigue que el Führer difiera la «operación española». En 1941, al poco tiempo de entrar en guerra la Rusia soviética, Franco cree oportuno un gesto a favor del Eje. Organiza, contra los bolcheviques, la «División Azul», mandada por el general Muñoz Grandes, al mismo tiempo que firma el «Pacto Antikomintern».

Los voluntarios de la División Azul, concentrados en Alemania, son enviados al frente ruso bajo bandera y mando alemanes, y, naturalmente, con armamento alemán. Combaten con valentía en los frentes del lago Ilmen, de Novgorod y de Leningrado. En 1944 es retirada la División Azul del teatro de operaciones ruso. Cuarenta mil muertos deja en él.

Sin embargo, Franco no ha respondido a las esperanzas que abrigaban Berlín y Roma. Aquel «millón de bayonetas» que el Jefe del Estado español, en un discurso pronunciado en Sevilla, se había comprometido a mandar contra el bolchevismo está todavía en la vaina. Serrano Súñer, ministro de Asuntos Exteriores, conocido por sus sentimientos favorables al Eje, es destituido y reemplazado por Jordana, menos significado políticamente. El 8 de noviembre de 1942, los norteamericanos desembarcan en el norte de África.

En esta ocasión, el presidente Roosevelt ofrece a España seguridades de que no tiene nada que temer de los Aliados. Franco pasa entonces de la «no beligerancia activa» a la «neutralidad vigilante» un grado de retroceso Pero esta neutralidad ya no es igual que hace tres años. No hay más que ver la prensa española de la época, que ha recibido la consigna de dar cuenta de los acontecimientos militares con «objetividad», es decir, en un sentido menos favorable al Eje. ¿Piensa Franco ya en pasarse al campo contrario? En todo caso, sus tergiversaciones calculadas o no sirven a la causa de los Aliados, como ellos mismos reconocerán más tarde.

En 1944, Churchill declara en los Comunes: «No cabe duda de que nuestra carga habría sido mucho más pesada si España hubiera cedido a los halagos y a las presiones alemanas en este momento crítico… Lo más importante fue la resolución de España de mantenerse al margen del conflicto.» Por su parte, el ministro norteamericano Cordel Hull reconoció que «la invasión de África hubiera sido imposible sin la neutralidad de España».

Expira el año 1943. En él la guerra ha tomado un giro decisivo. El 2 de febrero, victoria del ejército rojo en Stalingrado. Al mismo tiempo, en el Mediterráneo, en Túnez, derrota de las tropas del Eje en cabo Bon, terminando así la campaña de África. El 10 de julio, desembarco en Sicilia de las fuerzas anglo-americanas, lo que representa el preludio de la caída de Mussolini y del armisticio con Italia. Berlín y los principales centros industriales y ferroviarios alemanes son bombardeados sin tregua.

Es entonces cuando Franco se vuelve más abiertamente hacia el campo aliado. Ofrece su mediación para poner fin a la guerra, escribe a Churchill proponiéndole sus buenos oficios y se acerca a Samuel Hoare, embajador de Inglaterra en Madrid. Necesitará mucho tiempo para llevar a bien este difícil cambio de relaciones.

Alemania está desesperada. Ahora mira a España con desconfianza y, a veces, con ira. ¡Por qué no invadiría en el tiempo oportuno a ese país antes amigo y que ahora se desvía tan visiblemente! A comienzos del año 1944, el gobierno alemán reprocha vivamente a Franco que deje pasar por el territorio español a muchos franceses que, respondiendo al llamamiento lanzado por el general De Gaulle el 18 de junio de 1940, van a incorporarse en el Norte de África a las Fuerzas Francesas Libres.

El National Zeitung, que se publica en Madrid, se indigna de ver tantos jóvenes franceses paseándose por la Puerta del Sol: «Donde estábamos acostumbrados a oír hablar alemán o italiano, ahora oímos conversaciones en francés. Se puede calcular en cincuenta mil el número de esos futuros combatientes. ¡Y, mientras tanto, España nos ofrece como única ayuda su „División Azul“ en el frente del Este!» Pero esos franceses que circulan por la Gran Vía madrileña o por la Rambla de Barcelona no son turistas.

Están esperando a que el consulado británico los encamine a Argel. Y si hablan tan fuerte entre ellos, es porque evocan los peripecias de su viaje desde la frontera francesa hasta la capital española. Muchos salieron de Perpiñán. Acompañados por un guía de los que se dedican especialmente a este menester, tomaron el tren hasta Osseja. Desde allí fueron a pie hasta Puigcerdá, con la intención de seguir derechos a Barcelona. Tuvieron la mala suerte de caer en manos de los carabineros, que los entregaron a la jefatura de Barcelona. Veinte días de reclusión de observación en la cárcel.

Pasada la veintena, salida para el campo de Miranda de Ebro e internamiento. Hasta que, liberados al fin, los franceses llegan a Madrid, cambian de estación y, vestidos de nuevo muchos de ellos llevaban todavía el uniforme de la organización Todt con el que se evadieron, van camino del Sur ¡Gibraltar!. Llevan mal recuerdo de su paso por España. Pero, al fin y al cabo, Franco los dejó pasar.

El 6 de junio de 1944, el general Eisenhower desembarca en las playas normandas de Calvados. El 25 de agosto, París, en estado de insurrección armada contra el ocupante desde el 19, aclama a la Segunda División Blindada del general Leclerc y a las tropas aliadas. Al día siguiente, el general De Gaulle sube a pie por los Campos Elíseos hasta el Arco de Triunfo. En Madrid, Franco está preocupado.

No ignora que en las fuerzas de la Resistencia francesa hay numerosos españoles. ¿Pasarán a la inversa los Pirineos e intentarán un «pronunciamiento» de izquierda? Se guardan bien los puestos fronterizos y se refuerzan las guarniciones. Pero no pasa nada. Franco se dedica entonces a normalizar sus relaciones con los Estados Unidos y accede a todas las garantías que le pide Hayes, el nuevo embajador norteamericano en Madrid. El año 1945 comienza con una masiva y victoriosa ofensiva rusa en el Este, apoyada en el Oeste por las operaciones aliadas.

El 26 de abril, los franco-angloamericanos establecen contacto en el Elba con el ejército rojo de Torgau. El 2 de mayo cae Berlín. Hitler se suicida. Un partisano mata a Mussolini y cuelgan su cadáver de un gancho de carnicería. El 4 de mayo, el ejército alemán capitula ante el general Montgomery. El 7 se firma en Reims un armisticio que significa la rendición de Alemania sin condiciones. Ha terminado la segunda guerra mundial.

Alemania e Italia han perdido la guerra. Hitler y Mussolini han muerto. La ideología «fascista» ha recibido un durísimo golpe. Franco ya no puede esperar nada de ella. Ahora más que nunca, si quiere permanecer, su política tiene que evolucionar. Porque, a favor de los acontecimientos militares, la oposición contra el régimen de Franco ha cobrado nuevo vigor. La Unión General de Trabajadores y la Confederación General del Trabajo, dormidas durante mucho tiempo, se constituyen en Alianza Nacional de las Fuerzas Democráticas. A finales de 1945, y por primera vez desde que Franco está en el poder, hay huelgas en Manresa, en Cataluña y hasta en Madrid y en Valencia.

En las montañas de Castilla surgen guerrilleros improvisados que atacan a la Guardia Civil. Pero Franco cuenta con el ejército: 150.000 hombres en la frontera de los Pirineos y 350.000 en el interior de la Península. El orden reina, pues, en España. Pero, en el extranjero, la oposición toma vuelo. En la radio de Moscú se alza la voz pastosa y ardiente de la Pasionaria Dolores Ibarruri . Establecen su sede en París el gobierno vasco autónomo, presidido por José Antonio Aguirre, y el gobierno de la Generalidad de Cataluña, animado por Irla. Por otra parte, un centenar de diputados de las Cortes republicanas desterrados en Méjico proclaman presidente de la República española a Martínez Barrio, en sustitución de Azaña, que había muerto en Montauban.

En agosto de 1945, Martínez Barrio recibe la dimisión de Negrín y forma un gobierno provisional presidido por José Giral, que a su vez es reemplazado, en enero de 1947, por el gobierno Llopis. Pero Prieto no está de acuerdo, pues se agrian las relaciones entre republicanos españoles de diversos matices, tanto más cuanto que con las discrepancias ideológicas se mezclan cuestiones de dinero, porque los dirigentes republicanos, cuando salieron de España en 1939, para evitar que cayeran en manos del gobierno de Franco, se llevaron importantes cantidades de dinero y valores pertenecientes al Tesoro público o a las organizaciones políticas. ¿Quién tenía que responder de este depósito sagrado ante el pueblo español?

Mientras Prieto combate a Negrín, y los anarcosindicalistas, re unidos en Toulouse, rechazan el gobierno de Llopis, y antiguos maquisards actúan dispersos en el Alto Garona o en el departamento de Hérault, los españoles emigrados cuentan sus filas. De los 400.000 hombres y mujeres que habían pasado la frontera francesa en 1939, la mitad se habían vuelto a España a las pocas semanas.

La otra mitad opta por una de las siguientes soluciones: o volver a España, acogiéndose a una ley de amnistía promulgada unos años después así lo hizo el famoso general republicano Rojo o establecerse en América del Norte varios centenares, en la URSS, en Inglaterra, en las repúblicas sudamericanas unos treinta mil y en Bélgica, en Francia y en el Norte de África. Los que se habían quedado en esta última zona dieron excelentes reclutas a las Fuerzas Francesas Libres. Algunos españoles cayeron en Bir Hakeim bajo los pliegues de la bandera francesa.

Ahora Franco va a jugar la partida en las cancillerías y en los grandes organismos internacionales. A comienzos de 1946, el gobierno republicano fija oficiosamente su residencia en París. Es reconocido por Méjico, Guatemala, Panamá, Polonia, Yugoslavia, Rumania, Hungría, Bulgaria y Checoslovaquia. El gobierno francés no se ha pronunciado aún. Se limita a mandar una nota diplomática a Londres y a Washington sugiriendo la adopción de una política común ante el régimen de Franco.

Al mismo tiempo se lleva la cuestión a la Organización de Naciones Unidas, que, el 91 de febrero de 1946, acuerda, por 45 votos contra 2, excluir a España de toda organización internacional. Francia, que no ha recibido respuesta firme a su nota por parte del gobierno norteamericano ni del gobierno inglés, y con la esperanza de estimular su decisión, resuelve concretar su actitud moral en ciertas medidas prácticas. El 26 de febrero cierra la frontera franco-española. Pero los Aliados no siguen a Francia sino de lejos y a pasos contados.

Si bien se prestan a firmar una declaración común reprobando el régimen de Franco, en cambio eluden la cuestión del mantenimiento o la ruptura de relaciones diplomáticas con Franco, cuestión que «deberá decidirse a la luz de los acontecimientos y teniendo en cuenta los esfuerzos que realice el pueblo español para conseguir su libertad». Fórmula muy neutra y que no satisface a nadie menos aún a Francia, que se encuentra sola para soportar las consecuencias de una cuestión de principios, valiente en sí, pero cuyas consecuencias pagará su economía.

Sin desanimarse por el exceso de prudencia de sus aliados, Francia propone llevar la cuestión española al Consejo de Seguridad de la ONU reclamando nuevamente la ruptura de relaciones políticas y económicas con la España de Franco. Los norteamericanos y los ingleses se oponen. Al poco tiempo, la delegación polaca en el Consejo de Seguridad hace suya la sugerencia francesa. Se nombra una comisión de investigación. Las conclusiones de esta investigación señalan el peligro que representa la situación española para la paz y la seguridad mundiales, pero hay que esperar a la Asamblea General de la ONU, que ha de reunirse en octubre de 1946, para debatir de nuevo el «caso Franco».

El 12 de diciembre se acuerda, por 34 votos contra 6 y 13 abstenciones, una recomendación invitando a las potencias miembros de la ONU a retirar sus misiones diplomáticas en Madrid y preconizando la exclusión de España de todas las organizaciones dependientes de la ONU. En lo sucesivo, no se volverán a cruzar las espadas en la ONU sobre este espinoso asunto. El régimen de Franco ha sido condenado platónicamente. Pero vivirá.

Vivirá gracias, en gran parte, a los Estados Unidos. Sin llegar a decir que la política del Departamento de Estado con relación a Franco se haya inspirado constantemente en el deseo de no causarle «ninguna molestia, ni siquiera ligera», hay que reconocer que no se ha apartado nunca de la línea de conducta definida por Roosevelt el 10 de marzo de 1945 en su carta al embajador de los Estados Unidos en Madrid: «No es nuestra costumbre intervenir en los asuntos interiores de otros países, a no ser que exista una amenaza para la paz mundial.

La forma de gobierno en España y la política seguida por ese gobierno son cosa del pueblo español.» Cierto que Washington jugó lealmente la partida con sus aliados cuando se trató de apoyar su acción diplomática contra Franco. En Potsdam y en San Francisco, los tres Grandes estuvieron unánimes en condenar moralmente el régimen de Franco. En julio de 1945, Norman Armour conminó a Franco a desprenderse de la Falange. En diciembre del mismo año, Dean Acheson dispensó buena acogida a Negrín, representante de la República española. El 21 de febrero, Washington propuso a Franco la creación de un gobierno provisional en España. Por último, los Estados Unidos votaron en la ONU contra el régimen de Franco.

No obstante, ya en la primavera de 1945, los Estados Unidos se oponen a la ruptura. de las repúblicas sudamericanas con Franco. Unas semanas después, Byrnes declara que los norteamericanos no ejercerán ninguna presión sobre Franco y seguirán comprando textiles a España. En marzo de 1946, los Estados Unidos rechazan rotundamente la proposición de Francia de llevar el problema español al Consejo de Seguridad y, ya que no pueden oponerse a que sea tratado en Lake Sucess, al menos se las arreglan para transformar la discusión en un simple debate de procedimiento que da por resultado la siguiente moción: «El régimen de Franco no constituye una amenaza para la paz, pero, sin embargo, da lugar a una situación que puede poner en peligro la paz mundial.» No cabe más vaguedad. ¿Qué pensar de las contradicciones norteamericanas?

Su política da a entender que los Estados Unidos oscilan entre su sincera aversión a los sistemas totalitarios a cuyos grandes capitostes acaban ellos de derribar y las exigencias de una política nueva. Porque, en efecto, los Estados Unidos, desde el día siguiente de la guerra, tienen que hacer frente a nuevos objetivos. Apenas vencido el enemigo común, apenas terminados los fraternales abrazos, los aliados de ayer se miden con la mirada. Eso sí, siguen corriendo a torrentes el whisky, el vodka y el champaña.

Pero el corazón ya no está en ello. A fuerza de celebrar la muerte del fascismo, no se ha hecho caso de un nuevo nacimiento: el del imperialismo soviético. ¿Será éste el enemigo. de mañana? Nada menos seguro, piensan los ingleses y los franceses, en pleno entusiasmo de la paz recobrada. Pero los norteamericanos, que sienten el aplastante peso de sus responsabilidades, no eluden enfrentarse con lo peor o, al menos, preverlo. Y si proyectan un sistema de defensa para proteger a la Europa occidental de una hipotética invasión soviética, ¿cómo no incluir en él a España?

Una situación estratégica importante, un punto de apoyo natural, un ejército numeroso, combativo y bien equipado, un jefe que resulta ser el último campeón del anticomunismo… ¿Cómo van a prescindir los norteamericanos gente práctica de esa carta tan principal? Ya en el año 1947 se entablan negociaciones serias entre Washington y Madrid sobre la cesión o la utilización de aeródromos españoles por las fuerzas norteamericanas. El mismo año, el general Marshall invita a los grandes Bancos de los Estados Unidos at conceder préstamos a España. Todavía no es aliada, pero ya es clienta.

Tres años hace ya que terminó la guerra mundial. Aunque moralmente proscrito por la Organización de Naciones Unidas, reprobado por una gran parte de la opinión mundial, odiado por la España republicana, Franco no figura entre los que perdieron. Sabe que los Estados Unidos necesitan a España, pues España puede aportarles, lo mismo que a Europa, un apoyo militar valioso, la ayuda económica de sus materias primas y la contribución de sus valores morales tradicionales, Franco no ignora que a los norte-americanos les conviene un gobierno español anticomunista que domine al país.

No tiene más que esperar a que se calmen las pasiones para proponer España al mundo como cabeza de puente de Europa. No hay prisa. Los amigos de Franco están ciertamente de acuerdo con sus peores enemigos en reconocerle por lo menos una cualidad: el genio de la paciencia.