Roma y el Don Latino

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El pueblo español, endurecido por los combates, afinado por la penetración fenicia, abierto a la belleza griega, templada el alma por las guerras púnicas, recibió de Roma el prestigioso don de la latinidad.

No se limitó Roma a surcar la Península de una admirable red de carreteras, a construir teatros, circos, puentes, acueductos y templos, sino que introdujo en el país, desorganizado hasta entonces, sus instituciones políticas y jurídicas y sus módulos de vida social y familiar. Uno de los más altos dones que España debe a Roma es el de la lengua latina.

El idioma de los iberos del que, según algunos filósofos, es una supervivencia el vasco era bastante pobre. El latín, con su maravillosa sonoridad y sus medios de expresión prácticamente ilimitados, fue una sorpresa para la élite española. La pacificación coincide exactamente con la muerte de Virgilio, en plena edad de oro de las letras latinas. El poeta Marcial canta en hermosos versos latinos a su ciudad natal, Bílbilis-Calatayud, situada en Aragón.

La introducción en España del latín, lengua del Derecho y del pensamiento claro, lengua también en la que los Padres de la Iglesia expusieron la doctrina cristiana, completa, en el plano espiritual, la creación de las vías romanas.

Se fundan escuelas, se crean bibliotecas. España se abre al mundo del conocimiento y de la cultura. Pero si bien participó en gran medida del tesoro intelectual romano y asimiló fácilmente las costumbres y la organización latinas, la influencia religiosa encontró mayor resistencia.

La abundancia de dioses en casi todos los cuales había por lo demás improntas de la mitología griega, egipcia o asiática, la complicada liturgia de las procesiones, de las ofrendas y de las plegarias, la jerarquía de los magistrados y de los sacerdotes no podían ser gratas a los españoles, acostumbrados a cultos sencillos.

Pero la aportación de Roma a España no fue sólo intelectual. Se tradujo también en realizaciones materiales, de las que se conservan abundantes testimonios. Las indicaciones transmitidas por los historiadores, aun interpretadas a la escala moderna, son impresionantes.

Permiten apreciar el inaudito esfuerzo realizado por el pueblo rey para asegurar, con pretensiones de eternidad, su supremacía sobre el universo. Véanse las muestras: teatros en Tarragona, Sagunto, Alcudia (Mallorca), Toledo, Medellín, y el de Mérida, que tenía un aforo de más de cinco mil espectadores, menos sin embargo que su anfiteatro, hecho para quince mil personas.

Acueductos como el de Tarragona, de doscientos metros de largo y veintiséis de alto, y el de Segovia el acueducto del Milagro, de veintiocho metros de altura. Imaginémonos por un momento la red de los caminos imperiales, el acueducto segoviano con sus arcos de granito puro, las treinta y cuatro calzadas de Caracalla y la audaz estructura pétrea del puente de Alcántara, tendido sobre el rugiente Tajo y rematado por el arco de triunfo del emperador español Trajano.

Los ingenieros romanos hacen saltar montañas, domeñan ríos, contienen sus aguas impetuosas. Circos negros de gente, presas que aguantan diez millones de metros cúbicos de agua, puentes de casi un kilómetro de longitud. En el cielo turquesa de Segovia, la silueta quebrada de los arcos, puntuados acá y allá por la blanca ala de las cigüeñas, es aún testigo viviente de la grandeza romana.

Tal es, en el momento en que va a comenzar la era cristiana, el prestigioso escenario de la España romana en cuyo frontispicio se destacan, como perfiles de medallas, las altivas efigies de los emperadores españoles.

Pero he aquí que en Judea, bajo el reinado de César Augusto, sobreviene un acontecimiento muy trivial en sí mismo, pero cuyas consecuencias van a ser prodigiosas: el nacimiento de Cristo. Poco piensan esos conquistadores, ebrios de orgullo y que creían estar edificando para milenios, que el oscuro recién nacido de Belén llegará un día a destruir su imperio.