Prisciliano

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El acontecimiento capital que agitó el último período del siglo IV y lo sacó de la apatía fue el asunto Prisciliano. Por su repercusión en todo el imperio y por las pasiones que desencadenó, la herejía prisciliana puede parangonarse con los grandes procesos de la Historia que dividieron la opinión y que, aunque fallados por un tribunal, se prolongan indefinidamente. Hay, pues, un caso Prisciliano y un asunto Prisciliano.

 

Hasta ahora, la España cristiana ha sido pródiga de su sangre. Ha dado un conductor de hombres, Osio, que logró sacudir y dominar a un episcopado blando y fluctuante. Ha dado un papa, Dámaso, restaurador de las Catacumbas y protector de San Jerónimo. Más adelante veremos lo que debe al emperador español Teodosio. Pero ¿y las ideas, dónde están? Prisciliano el heresiarca colmará de ellas a España. Y España le decapitará.

 

¿Quién era Prisciliano? Sulpicio Severo, su antiguo adversario, traza de él un retrato de un vigor que no ha envejecido.

 

«Hijo de padres nobles, muy rico, dinámico, elegante, elocuente y sabio por sus muchas lecturas, Prisciliano estaba siempre dispuesto a hablar y a discutir… Poseía en abundancia los dones del espíritu y del cuerpo. Podía resistir largas vigilias, el hambre, la sed. Nada inclinado a adquirir riquezas, apenas usaba de las que poseía.

 

En cambio, su vanidad era muy grande, enorgulleciéndose con exceso de su saber en las cosas profanas. Hasta tenía fama de haber andado metido, desde muy joven, en cosas de magia. Apenas empezó a propagar sus perniciosas doctrinas, y gracias a su fuerza de persuasión y a sus dotes de seductor, atrajo a muchos nobles y, en mayor número, a la gente del pueblo.

 

También acudieron a él multitud de mujeres afanosas de novedades, vacilantes en su fe y empeñadas en saberlo todo…» Es decir, que Prisciliano es ante todo un seductor. Esa gente que le acompaña, esas mujeres de la clase alta que beben sus palabras, esos grandes señores que no se contentan con la moral elemental de la Iglesia, esos sabios, esos que hoy llamaríamos investigadores, forman como el cortejo de un nuevo Mesías.

 

¿Qué predicaba Prisciliano? ¿Cuál era su doctrina? Para conocer sus ideas, hubo que esperar hasta el siglo XIX, en el que se encontraron sus obras. La campaña que sostuvo contra él Sulpicio Severo no aporta ningún informe preciso a este respecto. A Prisciliano se le acusa sucesivamente de gnosticismo, de maniqueísmo y de sabelianismo.

 

Estas palabras, que parecen sacadas del vocabulario médico, expresan en efecto las enfermedades de la época. Los gnósticos admitían el conflicto entre el espíritu y la materia, condenaban el apego a los bienes materiales, pero proclamaban que la caída en las satisfacciones de la carne no era reprensible, con tal que el corazón no las reprobara. ¡Singular acomodo con el cielo!

 

Manes enseñaba que el hombre era obra de un dios malo, y que solamente el ayuno, el testamento de Cristo, la oración y los cantos en común podían enmendarle. En cuanto a Sabelio, negaba las tres personas de la Trinidad. Estas acusaciones parecen tanto más gratuitas cuanto que Prisciliano no dejó jamás de anatematizar a los falsos profetas y de afirmar su ortodoxia.

 

Declara: «Todo espíritu que profese que Jesucristo encarnó viene de Dios y todo espíritu que niegue a Jesucristo no viene de Dios.» ¿No es esto el reconocimiento formal de la divinidad de Cristo?

 

La profunda originalidad de Prisciliano radica en que, tomando las palabras de San Pablo. «No matéis el espíritu, no rechacéis las profecías», pretendía interpretar él mismo las Escrituras a la luz de la inspiración divina.

 

Tesis atrevida, teniendo en cuenta la ignorancia casi general del clero y su sumisión ciega y mecánica a los cánones de los concilios. Tesis peligrosa, pues preconizaba el ejercicio del espíritu crítico e introducía en el campo de la fe la noción de la ciencia. «No hablemos de prudencia, sino de confianza.

 

Tengo a Dios por testigo, por testigos a los apóstoles, por testigos a los profetas. Y Prisciliano repetía incansablemente, con San Juan y San Pablo: «Estudiad las Escrituras… Toda profecía requiere una interpretación.»

 

Esta voz inflexible y seductora a la vez, que tiene ya la dura sonoridad del jansenismo, es sin duda la voz de un maestro. En las filas de la trémula comunidad cristiana produce un largo estremecimiento de esperanza y de miedo.

 

¿De modo que se puede, que se debe rehacer la propia fe, ahondar en la verdad, someterlo todo a nuevo examen? ¿No basta creer? ¿Es necesario también probar? Sí, sin duda, puesto que el sutil doctor lo asegura. En torno a él va engrosando la muchedumbre de curiosos, de hastiados, de «intelectuales» y de desesperados a quienes tienta la negra fruta del Árbol de la Ciencia.

 

Esta extraordinaria concurrencia empieza por ofuscar a la Iglesia. Después la inquieta. Teme que se le escape precisamente esa clientela docta y refinada que tanto trabajo le ha costado conquistar. Va siendo urgente acusar a Prisciliano de herejía. Pero ¿cómo? Sus escritos son inatacables en el aspecto dogmático.

 

Y en el terreno del conocimiento, derrota en un santiamén a sus adversarios. No saben nada, y él lo sabe todo. Le reprocharán como delito su erudición? La verdad es que a ese equilibrista no hay manera de echarle mano. Olfatea los cepos, desbarata los groseros ardides de sus enemigos.

 

Una y otra vez hace profesión de fe ortodoxa, y con tal acento de sinceridad que hasta los más desconfiados se convencen. Sin embargo, en su comportamiento y en el de su secta pues es desde luego una secta, que nuevos catecúmenos van engrosando cada día hay algo turbio.

 

Se les atribuye esta divisa: «Jura, perjura, pero no reveles el secreto.» ¿Qué secreto? El de una doctrina quintaesenciada y de una rigurosa disciplina moral que no son para el vulgo. Mucho más que el priscilianismo, lo que irrita a la autoridad eclesiástica es el propio Prisciliano y su actitud desdeñosa.

 

En ese círculo celosamente cerrado no entra quien quiere. En él se encuentran poetas, filósofos, estetas convertidos, hombres de la nobleza. Y también damas de alta alcurnia, de las más cultas de la rica. Aquitania, renuncian al mundo y se hacen priscilianistas. ¡Y cómo desprecia esta intelligentzia a los fanáticos del oscurantismo! Pasados trece siglos, los solitarios de Port-Royal cultivarán el mismo amargo orgullo.

 

En el año 380, el concilio de Zaragoza trata del asunto Prisciliano. Aunque éste no entre nominalmente en juego, es a él y a sus discípulos a quienes el sínodo se propone atacar. Queda prohibido llevar y dar la Eucaristía a domicilio.

 

Queda prohibido que un obispo administre la comunión a un fiel excomulgado por otro obispo. El clérigo que, deseando observar una regla más severa, se haga fraile, será excomulgado. Nadie podrá abrogarse el título y las funciones de doctor. Cada canon es una sentencia contra las prácticas de los priscilianistas.

 

Ya tenemos, pues, a Prisciliano condenado por sus obras. Pero esto no basta. Los enemigos de Prisciliano y al frente de ellos, Hidacio e Itacio, obispos respectivamente de Mérida y de Ossonoba solicitan la intervención del brazo secular y obtienen del emperador un rescripto expulsando a los priscilianistas de sus iglesias y desposeyéndolos de sus tierras.

 

Prisciliano no se da por vencido. Se dirige a Roma. Sus discípulos le dan brillante escolta. Es un cortejo triunfal que se prolonga a través de la rubia Aquitania. Prisciliano predica. Le aclaman. Le cubren de flores. Los hombres le siguen. Mujeres extranjeras, fascinadas por ese mago, se suman al cortejo.

 

Pues Prisciliano es feminista y quiere dar a la mujer, en la sociedad cristiana, el lugar que la Biblia le regatea. A las puertas de Roma le espera una decepción. El papa Dámaso se niega a recibirle. Prisciliano vuelve sobre sus pasos. Al pasar por Milán intenta convencer a Ambrosio. Mas el Padre de la Iglesia es inflexible.

 

Desautorizado por la autoridad religiosa, Prisciliano apela al juicio de César. Mediante influencias políticas, logra de Graciano la anulación del rescripto. Ha ganado la partida en el plano temporal. Dos prelados adeptos de su confesión le entronizan siendo simple laico obispo de Ávila. Ya es jerarca eclesiástico.

 

Sus enemigos, exasperados por los triunfos de Prisciliano, intensifican la ofensiva. Difunden los más infamantes rumores sobre él. La calumnia roe el talento como el gusano el fruto. ¡Mirad ese profesor de virtud, que se dedica a la magia y a la disipación!»

 

Itacio de Ossonoba es uno de los más encarnizados en deshonrar al gran hombre. ¡Qué otra cosa se podía esperar de ese prelado vanidoso un odre vacío, charlatán y glotón! Máximo, importunado por las denuncias que no cesan de presentarle, se decide a hacer comparecer a Prisciliano ante su tribunal. Es el proceso de Tréveris.

 

Abren su atestado. ¿Qué encuentran? Nada contra la fe. Pero no hay más remedio que justificar el arresto de este inocente y descubrirle materia de acusación. ¿No se dedica a la magia? ¿Y esas reuniones nocturnas con mujeres?

 

¿Y eso de rezar desnudo? Son costumbres sospechosas que merecen la muerte. Tal es al menos el dictamen de Itacio, cuya ignorancia y cuya glotonería odian el saber y el ascetismo de Prisciliano. ¡Que le entreguen al verdugo!

 

Pero llegan a Galicia los ecos del proceso. Martín de Tours se entera, se indigna y parte como un rayo para Tréveris. Se presenta al emperador. «¿Qué es esto? ¿Vais a derramar la sangre de un hombre por motivos puramente religiosos? ¿Acaso corresponde al poder secular zanjar con la cuchilla diferencias dogmáticas?

 

¡Expulsad de la Iglesia a los herejes, si no podéis convertirlos, mas no toquéis un cabello de su cabeza!» Máximo, convencido en apariencia, promete a Martín que será respetada la vida de Prisciliano.

 

En cuanto Martín sale de Tréveris, las intrigas tornan a maniobrar activamente. El proceso entra en una nueva fase. Se reclama, se exige la muerte de ese justo. Se pronuncia la sentencia.

 

Prisciliano y algunos de sus discípulos son condenados a muerte; los demás, al destierro. La cabeza del prestigioso rebelde cae en tierra extranjera. España no volverá a oír jamás la voz irresistible que se atrevía a decir: «Dios ha permitido a todos los que creen en El hablar de El libremente.>>

 

Apenas ha expirado Prisciliano, vuelve Martín de Tours a Tréveris. La noticia de su llegada inquieta a los obispos, Procuran por todos los medios impedir que llegue al emperador. Pero este hombre grande y digno no ceja. Quiere ver a Máximo y le verá.

 

El emperador, disimulando con la ira la vergüenza de haber engañado a Martín, se enfurece. Al fin y al cabo, él es el amo. Y además, ese Prisciliano no era más que un impostor. ¡Gran osadía por parte de Martín tomar su defensa!

 

¿Es que compartía sus ideas? Máximo repite la lección que le han soplado los obispos Si Martín quiere probar su buena fe, que se adhiera a los partidarios de Itacio. Si no, el emperador lanzará sus tribunos a España y ahogará en sangre el priscilianismo. Para librar a España de tal expedición, Martín comulga con los prelados perseguidores.

 

Con la muerte en el alma, asiste a la ordenación de Félix y se vuelve a Tours. Nunca jamás volverá a aparecer en una reunión de obispos.

 

La ejecución de Prisciliano provocó protestas muy vehementes. Era la primera vez que el brazo secular intervenía en un asunto religioso. Había habido un emperador adicto que satisficiera el odio de un obispo.

 

No se había visto nunca un sacerdote acusador y verdugo. Sulpicio Severo, aunque nada benévolo con Prisciliano, califica de «crimen su condena. San Ambrosio también lo desaprueba: «Hay que dejar que viva el pecador, para que se enmiende.» Itacio no gozó por mucho tiempo de su inmundo triunfo. Fue depuesto, como su cómplice Hidacio. Y el usurpador Máximo no tardó en perecer a manos de Teodosio.

 

Pero hay más. A la sombra de la herejía, se representaba otro drama, más sórdido y más real a la vez. Itacio, disoluto, ambicioso e ignaro, representaba el partido del episcopado. Prisciliano, aunque era rico, vivia en la pobreza y la exaltaba.

 

Podía predicar, sin que le tacharan de fariseísmo, el ideal evangélico, puesto que él mismo y sus adeptos se atenían a él estrictamente. Al pueblo, cuyo viejo fondo de anticlericalismo emerge a la menor cosa, no le gusta que la gente de iglesia se vista el manto de los ricos. Se comprende, pues, que se inclinara con todo fervor al lado de Prisciliano, cuya vida austera y ascética era una condenación tácita del clero, ¿De qué clero?

 

He aquí el juicio de Sulpicio Severo sobre los obispos: «Ahora todo anda trastornado y revuelto, principalmente por causa de los obispos, pues ellos tienen la culpa de que el odio, el capricho, el miedo, la falta de carácter, la envidia, el espíritu de bandería, el libertinaje, la avaricia, la arrogancia, la abulia y la pereza hayan acabado por pervertirlo todo.»

 

Aun cuando no tomemos al pie de la letra esta opinión del historiador eclesiástico, resulta claro que los obispos de finales del siglo IV estaban poco autorizados para censurar el carácter y la moralidad de Prisciliano. Pero temían que aquel apóstol de las privaciones. pusiera en peligro sus privilegios y suprimiera sus prebendas.

 

Hasta es posible que algunos de ellos esperaran que Máximo, gran aficionado a las rapiñas, confiscara los bienes de los priscilianistas y se los adjudicara a los obispos. ¡Qué lejos de Cristo todo esto!

 

El suplicio de Prisciliano reforzó el priscilianismo. Las invasiones favorecieron su expansión. En los primeros años del siglo v se estabilizó en Galicia. Por esta misma época, San Agustín lo combate. Dietinio sucede a Prisciliano. ¡Esos priscilianistas son todos iguales! Misteriosos y huidizos. El esoterismo es su ley.

 

Esta mentalidad de «iniciados» irrita a Agustín, que los acusa de practicar la mentira y la limitación mental. Son tan amigos del misterio, disimulan tan bien su doctrina que se las atribuyen diabólicas. Pero nada les hace mella. Están en posesión de la verdad.

 

El primer concilio de Toledo, que se reúne el año 400, se consagra a acabar con el priscilianismo. Consigue que los principales jefes de la secta se sometan a la ortodoxia. Pero ¿eran sinceros? El priscilianismo debía de estar bien arraigado, puesto que el papa León el Grande encarga a Toribio, obispo de Astorga, que limpie de él a España, acudiendo, si fuere preciso, al brazo secular.

 

«La Iglesia debe limitarse a los tribunales eclesiásticos… pero tiene un valioso apoyo en las disposiciones de los príncipes cristianos, gracias a los cuales acontece que los herejes, por miedo a los suplicios corporales, recurran a los remedios espirituales.»

 

Acosados por doquier, sintiendo sobre sus cabezas la amenaza constante de la excomunión, temiendo por sus bienes y más aún por su libertad, los últimos discípulos de Prisciliano conservan aún un reducto en el nordeste de Galicia, en la diócesis de Iria Flavia, adonde habían trasladado el cadáver del maestro.

 

¿Fue enterrado junto al presunto Santiago de Compostela? Durante mucho tiempo, el fervor de las gentes unió en un mismo culto al hijo de Zebedeo y al heresiarca de Ávila. Aunque el priscilianismo acabara oficialmente en la segunda mitad del siglo vi, la verdad es que, en silencio, siguió reclutando adeptos. ¡Cuántos perfectos católicos siguieron fieles, en el fondo de su corazón, a las enseñanzas de Prisciliano!

 

¿Tenían razón? La respuesta se encuentra no en sus once tratados, sino en la persona misma del autor y en su vida ejemplar. Es el primero que nos habla en Occidente de ascetismo y de ciencia. Afirma que el hombre no es criatura del diablo, sino que le ha creado Dios a su imagen y semejanza.

 

Invita a los hombres de buena voluntad» al estudio, a la oración, a la vida recoleta. Sus jueces, prevenidos, le engrandecieron y se rebajaron ellos al condenarle. Fue como confesar hasta qué punto les resultaba insoportable que aquel hereje estuviera tan cerca del Evangelio.

 

Y la estela de Prisciliano atraía además a los humildes, a los desamparados. España no olvidará jamás a aquel mozo de buena cuna, colmado de atractivos y de dones, mimado por la fortuna y que quiso ser pobre entre los pobres. La sombra del obispo hereje anda todavía errante por los caminos de Galicia, donde esparcía limosnas y acopiaba almas.

 

Mientras Prisciliano combatía a la ortodoxia, otro español se empeñaba en mantenerla desde el trono de San Pedro. San Dámaso luchó contra los arrianos y encomendó a San Jerónimo la traducción latina de la Biblia que se conoce con el nombre de Vulgata.

 

Embelleció Roma, hizo construir en ella dos basílicas y restauró las Catacumbas. En el concilio de Constantinopla, volvió a echar abajo la peligrosa pretensión del patriarca de ser el primero, después del papa.

 

Español fue también el emperador Teodosio. Liquidó definitivamente el paganismo y prohibió el culto a los dioses. Los bárbaros encontraron en él un temible adversario, y, gracias a sus victorias, el tambaleante imperio vivió los postreros resplandores de una gloria moribunda.

 

Teodosio, gran hombre de guerra, supo ser también hombre de corazón. Cuéntase que, dominada una rebelión en l’esalónica, se entregó el emperador a terribles represalias, sin discriminación entre culpables e inocentes. San Ambrosio, obispo de Milán, exigió al emperador que hiciera penitencia pública y le negó los sacramentos.

 

El orgulloso segoviano se negó a someterse. Pero Ambrosio se mantuvo firme. Hasta que, llegadas las Navidades, Teodosio, dándose por vencido, se prosternó a los pies del obispo y, ante gran concurrencia de gente, le pidió perdón como un niño.

 

Prisciliano levanta a las multitudes y muere decapitado. Dámaso levanta catedrales. Teodosio, con la frente en el polvo, se humilla ante el hombre de Dios y rompe los últimos ídolos. Hechos grandiosos que anuncian el final del siglo IV español y el derrumbamiento de la grandeza romana.

 

En realidad, Roma no se derrumba. Muere, y, con ella, muere el mundo antiguo. Sería mejor decir que se suicida. Pues, desde hace años, el Estado imperial, no pudiendo sostener solo tan aplastante carga, ha tenido que acudir a extranjeros.

 

En todas las provincias fronterizas aquende el Danubio, en Macedonia, en Tracia, en Galicia, en Iliria hay ya varias generaciones de colonos que han empuñado valerosamente el pico, la pala y el timón. Ayer federados de Roma, aliados hoy, los vándalos, los suevos, los alanos, los francos se han ido abriendo camino poco a poco hasta las cercanías del Capitolio.

 

La invasión comenzó antes de Jesucristo. Y, ahora, unos jefes ostrogodos gobiernan provincias hispánicas en nombre del emperador. Es decir, que el bárbaro no está solamente a las puertas de la Ciudad: está dentro de la Ciudad. Unos meses más y será el dueño de la Ciudad.

 

Afortunadamente, y por una singular reversión de las cosas, el cristianismo ha tomado a su cargo la «romanidad», al menos en España. Pese al priscilianismo y al arrianismo cuyas convulsiones se prolongan hasta Recaredo, y gracias al cristianismo esclarecido de Teodosio, se da cima a la conquista cristiana de España.

 

Roma, al conferirle con largueza el derecho de ciudad, la dotó de la unidad política y de la organización administrativa que habían de permitirle ordenar su revolución religiosa. La doctrina religiosa necesitaba un lenguaje para expresarse, unos juristas que la codificaran, unos legisladores que organizaran la práctica de la misma.

 

Roma hizo posible todo esto. Este regio don del César a la joven cristiandad compensa la sangre de los mártires. Teodosio borra a Diocleciano. Y el águila romana pervivirá gracias a la Cruz.

 

Mientras tanto, España dirige hacia el Norte su mirada ansiosa. De las llanuras manchúes y de las altiplanicies tibetanas comienza a caer sobre el mundo el torrente callado de los pueblos jóvenes. Invaden China, ocupada a la sazón por los hunos, procedentes de Mongolia. Los hunos, férreamente cercados, consiguen escapar y se extienden por las llanuras rusas.

 

En ellas se encuentran los alanos, los absorben y prosiguen su éxodo. Caen sobre los germanos, que, a su vez, empujan a los visigodos, establecidos en la orilla izquierda del Danubio. Los visigodos llegan a las puertas de Constantinopla. Las legiones de Teodosio paran su empuje. ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué ejército podrá oponerse a esa riada irresistible que se dirige hacia el Oeste, hacia el mar, hacia el espléndido Occidente? Pues resulta que ese aterrado retroceso toma el cariz de una marcha militar.

 

Empujadas contra las fronteras de África, de Asia y de Europa, del orbis romanus, contenidas aún por la infantería imperial, las hordas se apelotonan y acechan, arma al brazo, ei ocaso de Roma.

 

Los españoles, cuya suerte está ahora ligada a la de Roma, esperan de un momento a otro el contragolpe de ese formidable seísmo humano. ¿Verán mañana mismo perfilarse sobre la cresta de los Pirineos la negra selva de los lanceros bárbaros?

 

En el crepúsculo de un gran siglo, desciende lentamente sobre el imperio el sol triunfante de Numancia.