Nacimiento de la Ojiva

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El arte gótico, llevado de Francia a España por los frailes del Cister y que llegó a extenderse por toda Europa, se caracterizaba por el empleo de la bóveda sobre nervadura o crucero de ojiva y de arbotante destinado a sostener el edificio por el exterior.

Este descubrimiento, que aseguraba la estabilidad de la iglesia, permitió reducir el grosor de los pilares y reemplazar en parte los muros por vidrieras. El templo de Dios ganaba así en espacio y en luz.

El entusiasmo que la innovación produjo en los franceses las torres de las catedrales crecían como por encanto ganó a su vez a España. En Cataluña, Navarra, Aragón y Castilla surgieron iglesias y monasterios. Uno de los más importantes es el monasterio de Las Huelgas, en Burgos.

Construido por el rey Alfonso VIII y bajo su directo patronato, estaba destinado a albergar cien religiosas nobles pertenecientes a las primeras casas de España y sometidas a la Orden cisterciense. La iglesia es de puro estilo gótico. De la bóveda de la capilla mayor pende la copia del pendón moro conquistado por Alfonso VIII en Las Navas de Tolosa, cuyo original se conserva en el convento.

Hay bóvedas ojivales en Tarragona, Lérida, Sigüenza y Tudela. A veces se cruzan influencias contradictorias. Por ejemplo, la catedral de Ávila, incrustada, como en una armadura, en la muralla que rodea la ciudad, tiene partes románicas, aunque es la primera catedral gótica de Castilla y aun anterior a las de Francia

El ábside tiene la forma y la pesada masa de una torre con – sus barbacanas y sus almenas. Análogamente en las catedrales de Lugo y de Orense se combinan el languedocino y el borgoñón. Estas atrevidas síntesis dieron obras maestras.

De los artistas que concibieron y realizaron estas fortalezas místicas no se sabe nada o casi nada. Sólo uno puso su firma en la piedra: Mathieu, maestro de obras de la catedral de Compostela.

Es autor del famoso Pórtico de la Gloria, cuyos tres grandiosos arcos el central representa la Iglesia católica, y los laterales la de los judíos y la de los gentiles, respectivamente dan paso al coro de la catedral. Obra única la define un autor, supera a todas las contemporáneas y, en la evolución de la escultura medieval, está entre Portada real y las fachadas del crucero de Chartres.

Los operarios y los maestros franceses pasaron los Pirineos y llevaron a la España cristiana sus maravillosos secretos. Obreros oscuros, les interesaba, al parecer, servir a Dios, más que una consagración humana. Ese esfuerzo gigantesco y anónimo no hubiera sido posible sin la fe..

La influencia francesa se acentúa más aún en el siglo XIII. Es la época en que se ponen los cimientos de las llamadas «iglesias francesas de España» y en que los maestros borgoñones y normandos inspiran a los arquitectos de las catedrales de Cuenca, de Burgos, de León y de Toledo..

La catedral de Burgos, comenzada en 1221 por el obispo Mauricio, no se terminó hasta trescientos años después. Elegante y dorada, domina la ciudad. Desde muy lejos se divisan, señalando al cielo, los dos campanarios y sus gráciles flechas, «cinceladas como una piedra de sortijas. Y la cúpula octogonal, trabajada también como un encaje, parece ligeramente posada sobre el edificio.

En el centro del crucero, una losa sepulcral cubre los restos mortales del héroe de Burgos, el Cid Campeador, y los de Jimena. El claustro, de estilo. gótico, también se apoya en el flanco de la catedral. Está pavimentado de tumbas. Se anda sobre osamentas, pisando tumbas ilustres. Mas sobre ellas se levanta la llama viva de los rosetones y la talla de las torres, cortante como dientes de sierra. Se elevan en el cielo y brillan como la Tizona del Cid.

De la misma época y del mismo estilo son las catedrales de León y Cuenca. La primera es parecida a la de Reims. Su principal arquitecto fue Guillermo de Rohan. La fachada es muy bella, con sus cinco arcos ojivales y sus balcones calados. La catedral de Cuenca, de factura más severa, es notable por la belleza de las perspectivas.

Un poco más arriba de la plaza de Zocodover, dominando el campo de Castilla y el Tajo encajonado, la catedral primada testimonia la grandiosidad y la perfección del gótico. Fundada en tiempos de Recaredo por el primer obispo de Toledo, transformada en mezquita por los árabes, Fernando ordenó derribarla y reconstruirla bajo la dirección de un tal Petrus Petri, francés seguramente.

La catedral está rodeada de un laberinto de casas, conventos y callejuelas oscuras. Hay que perder mucho tiempo por esas venecillas toledanas puertas claveteadas, ventanas enrejadas, balcones cerrados antes de encontrar una de las ocho puertas que dan acceso a la basílica. Cinco naves monumentales ciento trece metros de largo y treinta de altura, veintidós capillas, setecientas cincuenta ventanas, una torre de noventa metros.

Elocuencia de las cifras que subrayan la inmensidad del edificio. Los pilares, formados por dieciséis columnas, se alzan hacia la bóveda y parecen formar cuerpo con ella. Ricos sepulcros, sillas de coro, de madera tallada, columnas de mármol, ostensorios y cruces de oro, medallones y rosetones, jaspes multicolores selva de piedra florida de vidrieras ardientes.

 

La catedral de Toledo, francesa por su estructura, es muy española por esta acumulación de riquezas y por los mil recuerdos de su pasada grandeza. El anillo del cardenal Cisneros, el estandarte que plantó en la Alhambra el cardenal Mendoza, y, suspendidas de la bóveda, las banderas de Lepanto, azules con estrellas de oro, testimonian la gloria de la España militante. La capilla mozárabe recuerda siempre que, bajo la ocupación mora y por una tolerancia especial del vencedor, se permitió a los cristianos de Toledo celebrar su culto.

 

En la capilla mayor se halla cautiva el alma, tan compleja, de la Edad Media española. Aún tiembla y arde como las lámparas que los antiguos suspendían encima de las tumbas. En ese inmenso navío de piedra, poblado de sarcófagos y de sacros trofeos, habita la poesía de las grandes profundidades. Rumor de las antiguas letanías, movimiento glauco de las estatuas en la sombra crepuscular, columnas como algas gigantescas, ¿no parece que nos encontramos en un cementerio marino?

 

Románica en su origen calcada de las de la antigua Aquitania, gótica después, francesa por el plano y por la construcción, pero combinadas en ella las esbeltas formas de la simbólica ojival y de la brillante fantasía de las plástica árabe, la catedral franco-española del siglo XIII va tomando un acentuado carácter hispánico en el transcurso de los siglos posteriores, a medida que, de blanca, se va tornando gris.

 

El atrevido cincel de los imagineros castellanos modela su fisonomía. Los maestros españoles del Renacimiento superponen ornamentos nuevos a la arquitectura ojival. Pero, sobre todo, el paso de millones de fieles, esas losas desgastadas por las rodillas de los penitentes, el sombrío fervor de un pueblo apasionado de divinidad, el eco de las salmodias en la penumbra de los coros, cien generaciones de clérigos: todo esto ha imprimido a las catedrales de España un carácter inconfundiblemente nacional. En realidad, esa piedra gótica es carne de España.