Luis XIV en Córdoba

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Si Abd al-Rahman, puritano y escrupuloso observador del Corán, desdeñaba el lujo, no ocurrió lo mismo con sus sucesores. El príncipe Abd al-Rahman II, monarca soberbio, puso empeño en crear en la capital española una corte brillante y fastuosa que iba a eclipsar a la de Bagdad.

Los musulmanes tuvieron una feliz inspiración al elegir Córdoba como capital. La colonia patricia de los romanos, patria de Séneca, antigua capital de la Bética, conservaba todo su prestigio a los ojos del pueblo. Los emires realzaron aún más este prestigio.

Extendieron hasta la sierra los suburbios de Córdoba, edificaron numerosas casas y mezquitas. Aquellos hombres del desierto tenían la pasión del agua, y el agua corría en todas partes por canales de mármol, entre los cuadros de jazmines y claveles, y brotaba en surtidores en la fresca sombra de los patios.

Las economías de Abd al-Rahman I, acumuladas por Al-Hakam I, hicieron la fortuna de Abd al-Rahman II. Su renta era de un millón de dinares, de suerte que era uno de los monarcas más ricos de Occidente. Entre los muchos y grandes regalos que recibía se contaba el famoso «collar del dragón», que había pertenecido a Subaida, esposa de Harun al-Rashid.

Hacía venir de Bagdad, y aun de más lejos, sabios y poetas, de los que le gustaba rodearse, así como de muchachas hermosas, que le encantaban, con tal que fueran vírgenes y de buena familia. De sus numerosas esposas tuvo más de ochenta hijos, en equilibrada proporción de varones y hembras. Gran constructor, fundador de la ciudad de Murcia, financiero excelente, protector de las artes y de las ciencias, Abd al-Rahman II dio considerable impulso a la industria y al comercio. Bajo su reinado, Andalucía vivió una época brillante, análoga al Renacimiento italiano: a tanto llegaron la ciencia, el placer y la belleza.

Pero el esplendor del califato de Córdoba culmina en el siglo x, al que pudiéramos llamar «el siglo de Luis XIV» de la España árabe, de la que Abd al-Rahman III es el Rey Sol. Tenía veintidós años cuando subió al trono. Era rubio y de ojos azules, como era tradición en los Omeyas.

Desde el comienzo de su reinado, y aunque no le gustaba, se vio obligado a guerrear, unas veces contra los musulmanes disidentes y otras contra los príncipes cristianos. Fue lo bastante hábil para concluir con unos y con otros acuerdos y tratados que, a fin de cuentas, le eran beneficiosos. Cuando no había manera de pactar, el emir recurría a la fuerza.

Entre la población española, compuesta en buena parte de descendientes de romanos y de visigodos, muchos se habían convertido fácilmente al islamismo, sin aceptar por eso la dominación de los Omeyas. Formaban núcleos independientes, y Abd al-Rahman decidió someterlos.

El más indómito de aquellos señores feudales fue Omar Ibn Hafsun, cuyo bisabuelo visigodo había abrazado la religión musulmana. Ibn Hafsun, musulmán él mismo, mandaba en una gran parte de Andalucía. Abd al-Rahman, sin apresurarse y por etapas sucesivas, consiguió imponer su autoridad a las poblaciones insumisas.

Mientras tanto, Ibn Hafsun, no se sabe bien por qué, volvió a la religión de sus antepasados haciéndose cristiano. Como murió antes de terminarse la contienda, los musulmanes sólo pudieron tomar venganza en sus restos. Exhumaron sus «impuros huesos» y los clavaron en unos postes frente al Alcázar de Córdoba.

No era esto del gusto de Abd al-Rahman, cuya tibieza en religión pasaba por loable tolerancia. Pero, permitiendo castigar tan ferozmente la apostasía, demostraba su poder. A veces, no hay más remedio que pasar por cosas que repugnan.

Las discordias entre los cristianos beneficiaron mucho al emir de Córdoba. El rey Sancho de Castilla, no pudiendo con Ordoño, su rival, encargó a su anciana abuela pedir ayuda a Abd al-Rahman. ¡Concedido! Y el emir, a cambio de diez fortalezas, corrió en ayuda de Sancho y le restauró en su trono.

Sin enemigos ya, ni musulmanes ni cristianos; amigo y protector de unos y de otros, Abd al-Rahman volvió los ojos al Mogreb. Ocupó Melilla y Ceuta, no sólo porque eran posiciones estratégicas excelentes, sino para impedir que llegara a su reino la contaminación de un movimiento religioso que propagaba la secta fatimi invocando a Fátima, hija de Mahoma y que era al islamismo tradicional lo que había de ser más tarde la reforma al catolicismo romano.

Nada más peligroso para la unidad del poder de los Omeyas que aquel movimiento revolucionario. Las guarniciones de Abd al-Rahman lo contuvieron en las fronteras marroquíes.