Los Grandes Clérigos

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Luis Vives nació en Valencia y murió en Brujas. Enseñó en Lovaina y en Oxford. Vivió durante algún tiempo en la corte de Enrique VIII como preceptor de María Tudor, futura esposa de Felipe II.

Vives, educador y moralista, explicó, mucho antes que Kant, la distinción entre la percepción sensible de las cosas o fenómenos y su esencia o númenes. La coexistencia de la razón especulativa y de la razón práctica en el espíritu humano no excluye, para el gran filósofo católico, la fe en Dios y en las verdades eternas. Inspirador de Kant y de Descartes, Vives es uno de los grandes cerebros del Siglo de Oro.

Fray Luis de León nace en Belmonte, no lejos de los molinos de La Mancha. De origen judío, se convirtió al catolicismo. Estudió en la universidad de Salamanca, entró en la Orden de los Agustinos y volvió de profesor a la universidad donde había sido estudiante. Comentó y tradujo el Cantar de los cantares, escribió La perfecta casada y enseñó teología escolástica. Pero Fray Luis de León no es solamente exegeta, teólogo y moralista: es uno de los más gran des poetas españoles. Así escribía a su amigo, el músico ciego Salinas:

El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada, Salinas, cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino, el alma, que en olvido está sumida, torna a cobrar el tino y memoria perdida de su origen primero esclarecida…

Y como se conoce, en suerte y pensamientos se mejora: el oro desconoce que el vulgo vil adora la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo basta llegar a la más alta esfera y oye allí otro modo de no perecedera música, que es la fuente y la primera…

¡Ob desmayo dichoso!

¡Ob muerte que das vida! Ob dulce olvido!

Esta musicalidad, esta glorificación del éxtasis místico y de la muerte llevan la marca teresiana. Y, sin embargo, Fray Luis de León no conoció a Santa Teresa. Si, conoció, en cambio, a San Juan de la Cruz. Pero no se sabe nada de cuáles fueron sus relaciones. Juan de la Cruz fue estudiante en la universidad de Salamanca cuando Fray Luis de León enseñaba en ella teología.

¿Qué pensaba el discípulo de aquel original maestro, que cultivaba la música, la astrología y la poesía? ¿Ignoraba sus poemas, en los que cantaba al cielo estrellado, imagen perfecta de la paz, y a la noche cósmica, refugio del hombre en busca de Dios? ¿Asistiría a las sesiones de órgano que daba Salinas en alguna celda de la universidad? ¿O acaso sólo se cruzaron, sin verse, en el claustro salmantino?

Ya muerta Santa Teresa, cuando llega al paroxismo la persecución contra el Carmelo reformado, Fray Luis de León se pone a la cabeza de los rebeldes. Es difícil admitir que, en esta última fase de la lucha por la reforma carmelita, no se encontrara con Juan de la Cruz y no hiciera con él causa común. Ambos murieron en el mismo año, ambos dejaron el mismo delicado canto y la misma manera nueva de mirar al mundo.

Fray Luis de Granada fue hijo de una pobre lavandera. Nació en Granada y murió, casi nonagenario, en Lisboa. Recogido por los dominicos, entró muy joven en la Orden y llegó a ser una de sus glorias.

Fue vicario del convento de Scala Coeli, en la sierra de Córdoba; prior sucesivamente del convento de Palma del Río y del de Badajoz, y director de conciencia del duque de Medina Sidonia. Amenazado por la Inquisición en el siglo XVI, poca cosa hacía falta para acusar de iluminismo a los místicos, Fray Luis de Granada va, en misión, a Portugal. Le nombran provincial de la Orden. La reina Catalina de Portugal le elige como confesor suyo. Renuncia a volver a España y acaba sus días en Lisboa.

Fray Luis de Granada escribía indistintamente en latín, español y portugués. Sus principales obras en castellano son: Libro de la oración y meditación, Guia de pecadores, Memorial de la vida cristiana, Introducción al símbolo de la fe. Fray Luis de Granada, teólogo y profesor de ascética, es también un gran escritor.

Supo utilizar con admirable virtuosidad los recursos sonoros de la lengua castellana. «Oración es subir el alma sobre sí y sobre todo lo criado y juntarse con Dios y engolfarse en aquel piélago de infinita suavidad y amor.» Fue y es aún muy leído. Todo el pensamiento la literatura francesa del siglo de Luis XIV acusan la y influencia de la obra de este granadino. Sus libros tuvieron un éxito de venta superior al del Quijote.

Y parece que su palabra era tan impresionante y tan suntuosa como su estilo. Tanto fue su prestigio como predicador, que obtuvo el privilegio de predicar en toda España acompañado por un padre asistente elegido por él.

¡Y, sin embargo, esta gloria española prefirió morir en el destierro!

Francisco Suárez, como el ilustre dominico, nació en Granada y murió en Lisboa. Pertenecía a la noble familia de los Suárez Vázquez, establecida en Granada desde hacía poco tiempo. Estudió también en Salamanca y se propuso ingresar en la Compañía de Jesús, ambición nada fácil de lograr para él, de salud delicada y, aparentemente, con escasas dotes intelectuales. Después de un noviciado bastante largo, se ordena sacerdote.

Y es entonces cuando se revela su genio. Enseña teología y filosofía en Segovia y en Valladolid primero, y después en Salamanca, en Roma, en Coimbra y en París. Sus ideas son tan audaces inventa el «congruismo», que concilia el libre albedrío del hombre y la presencia de Dios, que ciertos doctores quisquillosos tienen por sospechosa su ortodoxia.

Este hombrecillo enclenque y enfermizo, que parece tener los días contados pero que vivió hasta los setenta años, llega a ser una de las más altas personalidades de su tiempo. Hasta los papas le consultan. Paulo V le pide que intervenga en el conflicto planteado entre Jacobo I de Inglaterra y sus súbditos católicos.

Quería exigirles nada menos que un juramento de fidelidad al rey. Suárez se atreve a mandar al Estuardo su famosa Defensio Fidei catholicae contra anglicanae sectorae errores, en la que defiende la supremacía del poder espiritual. En respuesta, Jacobo I dispone que el verdugo queme el tratado del insolente español.

Lo mismo hubiera hecho el parlamento de París a no ser por la protesta del papa ante Luis XIII. ¡Qué trueno en el firmamento real esta llamada al orden dirigida al temerario jesuita! Parece oírse ya el «Et nunc erudimini, príncipes!» que, en el siglo siguiente, caerá como un mazazo en la corte de Francia.

Pero Suárez no se achicaba por tan poco; lo único que lamentaba era que no le quemaran a él en persona por la defensa de su fe. Pues aspiraba ardientemente al martirio y a la muerte. «Nunca hubiera creído dijo en sus últimos momentos que morir fuera tan dulce.»

Las principales obras de Suárez son: Comentarios sobre la teología de la Encarnación de Santo Tomás, De Sacramentis, Metafisica, De Religione y sobre todo su importante tratado De Legibus ac Deo Legislatore. Contiene proposiciones que resultan sumamente audaces en una época en que el nacionalismo era ley de los príncipes.

«El género humano, aunque esté dividido en diferentes reinos, tiene cierta unidad, no sólo específica, sino también casi política y moral, resultante de los preceptos naturales del amor y de la caridad mutua, que deben alcanzar a todos, incluso a los extranjeros, cualquiera que sea su nación.»

La necesidad de un derecho de gentes y de un derecho internacional fundados en la moral evangélica, la primacía de lo espiritual sobre lo temporal, son principios valientemente defendidos por Francisco Vitoria, doctor eximius et pius.

Francisco de Vitoria nació en la ciudad de este nombre y murió en Salamanca. Después de tomar en Burgos el hábito de dominico, se trasladó a París. Allí continuó sus estudios y trató a la flor y nata de la intelectualidad francesa.

Estuvo en Flandes y volvió a España, donde le ofrecieron la cátedra de teología de la universidad de Salamanca. Vitoria que ha sido a veces comparado con Sócrates renovó la técnica escolástica. La base de su enseñanza era la Summa de Santo Tomás. Por otra parte, unió la teología con el estudio de las Escrituras y de los Santos Padres de la Iglesia. Fue además el primer maestro de la época que instauró entre sus alumnos la costumbre de tomar notas.

Vitoria intervino en célebres debates teológicos, entre otros en los de Valladolid sobre el erasmismo. Su posición ante Erasmo es templada, casi favorable. Reconoce su genio, pero deplora sus imprudencias. Jamás hay odio en sus juicios sobre los hombres.

Vitoria es ante todo un profesor de moral. Da en sus cursos toda su doctrina, todas sus enseñanzas. Pero lo más avanzado de sus ideas está en las Relaciones obra que no se publicó hasta después de su muerte. Tratan de la comunidad internacional, del derecho de gentes, de la dominación colonial, de las relaciones entre los Estados, de la legitimidad y de las leyes de la guerra.

Amplios y delicados temas De Indis, De Potestate Civili, De Potestate Ecclesiae, De Jure Belli que el maestro de Salamanca no temió tratar ex cathedra, en plena expansión colonial y bajo la mirada de Carlos V. Qué impresión debía de producirse en el aula oscura y fría cuando Vitoria exclamaba: «Los príncipes cristianos, ni aun cubiertos por el papa pueden impedir a los bárbaros pecar contra natura, ni castigarlos por ello…

Admitamos que el emperador sea el dueño del mundo; no por eso podría ocupar los territorios de los bárbaros ni imponer nuevos amos, desposeer a los antiguos ni cobrar nuevos tributos…» Sobre la guerra religiosa y colonial: «La diferencia de religión no legitima la guerra… La gloria del príncipe no legitima la guerra… La guerra no tiene poder en la verdad de la fe. No puede obligar a los bárbaros a creer, sino a fingir que creen y aceptan la fe cristiana, lo cual es inhumano y sacrílego… Extender el imperio no es una justa causa de guerra… »

Palabras valientes y, en cierta medida, proféticas.