Los fenicios y el culto de la sangre

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Los celtas, laboriosos y guerreros, se impusieron al resto de la población, hasta el punto de que, durante mucho tiempo, se los creyó habitantes únicos de España. Cuatro siglos antes de Cristo, un almirante cartaginés consigna en su memoria de viaje: «Allá donde las olas del océano se empujan y atropellan para meterse en nuestro mar, comienza el golfo Atlántico. Allá están las Columnas de Hércules…

Las tierras vecinas, a la izquierda, pertenecen a Libia. La otra región está expuesta al viento fragoroso del Norte. La ocupan los celtas.» Pero no eran los únicos. Mucho antes de que Cartago se interesara por España, habitaban en ella buen número de pequeños grupos humanos: los bastetanos, los turdetanos, los edetanos, los ilergetes.

Como la primitiva población española no tardó en mezclarse, se perdieron bastante pronto los caracteres fundamentales de las dos razas madres. Pero la profunda originalidad del español y una de las explicaciones de su temperamento, a menudo inexplicable, proviene seguramente de la fusión de esos dos elementos diversos, a veces contrarios: el ibero, imaginativo, violento, rápido, y el celta, fuerte, ordenado, quizá lento, pero eficaz. El español de hoy no podría renegar de ninguno de los dos. Otras influencias se irán precisando…

En la más remota antigüedad, España se encontraba en la ruta del estaño. Las expediciones orientales tenían que atravesar las Columnas de Hércules y costear el litoral español para llegar sin peligro a las islas Sorlingas, situadas al sudoeste de la actual Inglaterra y que entonces se llamaban Casitérides.

Allí se abastecían de estaño los fenicios. Sus escalas en España no fueron solamente técnicas, sino también comerciales. No se limitaron a echar el ancla en las costas peninsulares: fundaron en ellas factorías, la principal de las cuales fue Cádiz. Estos audaces aventureros, tan hábiles en el arte de la navegación como en los negocios, enseñaron a los indígenas el uso de la escritura y de la moneda y cambiaron por metales sus alhajas, sus ídolos y sus amuletos.

De su penetración espiritual y social quedan pocas huellas, aunque debió de ser muy profunda. ¿No era acaso el primer contacto de la joven Iberia con el viejo Oriente? En este aspecto, el testimonio de las necrópolis es contradictorio, por la diversidad de elementos que en ellas se yuxtaponen. ¿Cómo discernir la influencia fenicia en esa acumulación de figuras prodigiosas: hipocampos, rinocerontes, hombres vestidos a la antigua, mujeres de rostro grave, esfinges y grifos?

En la provincia de Albacete hay un templo en ruinas: el Cerro de los Santos. Entre los bloques de piedra desgastados por el tiempo subsiste una estatua extraña. Es una mujer que sostiene con ambas manos el vaso de las libaciones. Un gran chal que cae en pliegues rodea su rico pectoral. ¿Qué miran sus grandes ojos vacíos?

¿Es a la cruel Tanit a quien esta sacerdotisa maciza y magnífica destina su ofrenda? En medio de estos restos suntuosos, donde el loto egipcio se encuentra junto al caduceo, en este polvo de cacharros decolorados, de informes guirnaldas, vagamente iluminado por el oro mate de las máscaras miocenas, ¿cómo discriminar la parte que la religión ocupaba en la vida de los fenicios y cuál era esa religión?

Sin embargo, podemos creer que los fenicios, al menos en las regiones que ellos ocupaban, procuraron perfeccionar el culto primitivo de los celtiberos, introduciendo en él su propio ritual, su imaginería oriental y, sobre todo, su panteón. Pues, en la Antigüedad, era costumbre que los invasores mandasen por delante sus dioses, lo cual es lógico teniendo en cuenta que la obediencia a las leyes se derivaba esencialmente de una recomendación religiosa: «Dios lo quiere…».

Así es que los celtiberos, en vez de adorar al sol o a la luna, se dieron a invocar a sus representaciones fenicias: Melkart y Astarté. Al mismo tiempo que adoptaban los dioses nuevos, aprendían la virtud propiciatoria de la sangre, que traducían en sacrificios humanos.

Pues desde luego fue en tierra de Fenicia donde nació el símbolo de la sangre, común a todas las religiones. Si vamos más lejos en la leyenda, en el mismo corazón del Líbano encontramos el mito de Afrodita, hermana gemela de Astarté. Mujeres extasiadas bañan su cabellera en las aguas purpúreas del río Adonis.

Sobre un altar florido de anémonas, los primeros arúspides, servidos por hieródulos, consagran el cuerpo ensangrentado del dios muerto de amor. Una gran multitud se aglomera en estos holocaustos la misma, en realidad, que se atropellará en torno a las hogueras de la Inquisición.

Desde las riberas de Byblos hasta Djebel Mussa serpea la teoría grotesca de los flagelantes a través de los senderos donde crecen el asfódelo y la morera blanca. Pasados cuatro mil años, otros flagelantes darán vociferante escolta a los familiares del Santo Oficio los días de auto de fe. Lejano recuerdo de los tiempos en que los sacerdotes de Tiro derramaban a los pies de Baal la sangre pura de los adolescentes inmolados..