Los Conquistadores del Oro

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Comme un vol de gerfauts hors du charnier natal, Fatigués de porter leurs misères hautaines, De Palos de Moguer, routiers et capitaines Partaient, ivres d’un rêve béroïque et brutal. (1).

  • Como halcones que vuelan del osario natal, Cansados de arrastrar sus altivos afanes, De Palos de Moguer, soldados, capitanes, Parten ebrios de un sueño heroico y brutal

Acuden los conquistadores en ayuda de los místicos. Mientras los grandes clérigos españoles levantan la catedral de sabiduría; mientras Juan de la Cruz y Teresa de Ávila construyen tramo a tramo la torre que hasta Dios se alza, los soldados y los capitanes de Carlos V van a ensanchar el reino temporal de los reyes de España.

Si representáramos con un símbolo geométrico el esfuerzo realizado simultáneamente por los místicos y por los conquistadores, obtendríamos una recta vertical perpendicular a una recta horizontal. El universo de los místicos sigue la dirección vertical: su impulso se dirige hacia el cielo. Ya sea la montaña de Juan de la Cruz, ya las torres del castillo interior de Teresa de Avila, evocan una y otras la idea de subida, de flecha ascendente.

Quiere decirse que los conquistadores se extienden a lo ancho. En unos cuantos años, van a llevar las fronteras de España hasta el Amazonas, domeñando de paso a los «pueblos de la aurora y a los del véspero».

De los conquistadores se ha dicho todo de lo mejor a lo más malo. O vasallos de Cristo, o miserables bandidos. Leyenda épica y leyenda negra, la una excesiva en el lenguaje, la otra injusta en la reprobación. En realidad, hay que disociar estos dos temas: los conquistadores y la leyenda de los conquistadores.

¿De qué gente se compone ese puñado de marineros y de soldados que van a hacerle a Carlos V un imperio sobre el que «no se pondrá el sol»? De los hombres más diversos: hijos de familia fuera de la ley, militares de carrera más o menos expulsados, funcionarios capaces de alguna indelicadeza, nobles entrampados, poetas y aventureros. El conjunto es bastante disparatado: honrados campesinos al lado de galeotes.

La mayoría son extremeños o anda luces. Tienen la marca profunda de un gran acontecimiento: la caída de Granada. Han nacido en la euforia del triunfo contra los moros. Han visto el éxodo judío. Para ellos, ser español es, ante todo, ser católico. Su horizonte moral está encuadrado entre la Santa Hermandad y el Santo Oficio. No saben de enemigos peores que los herejes y los idólatras. Por eso, antes de entrar en combate con el azteca o con el inca, se confiesan. Y, muy piadosamente, elevan altares a la Virgen en la misma piedra maculada de sangre de las aras expiatorias.

Su resistencia física y su valentía son asombrosas, a prueba de los más terribles enemigos: el insondable océano, la fatiga de las grandes altitudes ¡el soroche de la cordillera de los Andes! y los refinados suplicios que inventan los sacerdotes de Quetzalcoatl. ¡Pero qué compensación de tan tremendos tos jugarse a los dados el disco del sol o encontrar una india almizclada que hace más breve aún la misteriosa noche tropical!

La atracción de lo desconocido, la inclinación a lo maravilloso, el incentivo del oro, el descubrimiento de los goces exóticos: otros tantos motivos que deciden a los conquistadores a embarcar rumbo a las Indias occidentales. Por lo demás, son gente sencilla y de su tiempo, ni muy malos ni muy buenos, lo bastante exentos de escrúpulos para olvidar las leyes de la guerra frente a un enemigo al fin y al cabo despiadado, pero convencidos tan natural es su fe cristiana de que laboran por la buena causa. Legión heterogénea, abigarrada, en la cual surge de vez en cuando un héroe auténtico o una especie de santo. Hombres de España en fin. ¡Y qué santidad!

¿Qué decir de la epopeya de los conquistadores? Es más que épica: planetaria, pues abrió nuevos horizontes. Se comprende que el tema haya atraído a poetas y a dramaturgos. Porque la epopeya de la Conquista reúne todos los elementos de un drama grandioso: el decorado en mitad del mar Tenebroso, el firmamento y sus constelaciones al revés, la gente bárbara y diferente, el descubrimiento de un continente con aromas extraños. Escuchemos cómo describe Heredia la puesta del sol detrás de los Andes:

En face, la sierra se dressait haute et sombre.

Mais quand l’astre royal dans les flots se noya,

D’un seul coup, la montagne entière flamboya

De la base au sommet, et les ombres des Andes,

Gagnant Cajamarca, s’allongèrent plus grandes. (1).

(1) Enfrente se elevaba la sierra alta y sombría, Mas cuando el astro rey en las olas se hundió, De pronto la montaña entera se encendió Desde el pie hasta la cumbre, y los tétricos Andes, Llegando a Cajamarca, tornándose más grandes.

Aquí, la naturaleza del Perú veteada con los colores del triunfo español. Allá, la pereza aromada de las islas, la inmensidad del horizonte tropical que rodea una ciudad soñolienta:

Entre le ciel qui brûle et la mer qui moutonne,

Au somnolent soleil d’un midi monotone,

Tu songes, o guerrière, aux vieux conquistadors… (2)

(2) Entre el cielo en hoguera y la mar en vellones, Al soñoliento sol de un mediodía monótono, Rememoras, guerrero, a los conquistadores…

Otros poetas han sabido encontrar las palabras para pintar el mar americano y la Cordillera. Paul Claudel es quien mejor ha sabido dar a la epopeya de los conquistadores su grandeza «cósmica» y su sentido eterno. De este clarinazo ha hecho una sinfonía orquestal.

Claudel ha aplicado a ese Nuevo Mundo, símbolo de todos los nuevos mundos por descubrir, los epítetos adecuados a su magnitud sonora y rutilante: «Mundo de fuego y de nieve», «cuerno de la abundancia», «cáliz de silencio», «fragmento de estrella». Y suben, como cohetes, frases admirables: «Para nosotros, perdió el mar sus terrores y guarda únicamente sus maravillas…

Sus agitadas olas apenas logran perturbar la ancha vía de oro que une a ambas con Castilla…» La conclusión claudeliana de la epopeya de los conquistadores y su exaltación es ésta: «Gracias a ti, hijo de la paloma, mi reino es ahora como el corazón del hombre… Mientras, aquí, una parte acompaña su presencia corpórea, la otra halló su morada allende el mar… Para siempre echó el ancla en esta banda del mundo que otras estrellas alumbran… »

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