La Religión del Sable

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Los primeros invasores de España eran beréberes. Este vocablo se aplicaba a todos los pueblos del África septentrional que los romanos designaban con los nombres de númidas, libios, africanos y gétulos.

Los bereberes, sometidos primeramente a Roma, dominados después, sucesivamente, por los vándalos y por los visigodos de España, fueron sojuzgados, a mediados del siglo VII, por los árabes, guerreros nómadas de origen semítico, que descendieron de las mesetas de Arabia, de donde procede su nombre.

Los árabes fundaron Kairuan, se apoderaron de Cartago y gobernaron África por intermedio de emires nombrados por los califas. Hubieron de pasar varios siglos para que, gracias a una emigración progresiva, se fusionaran los beréberes con los árabes. Pero cuando desembarcaron en el litoral español, los beréberes se habían ya convertido al islamismo de grado o por fuerza. El hecho es importante.

Cualquiera que sea el nombre que se dé a los invasores árabes, beréberes, moros o sarracenos, y por encima de sus disensiones, están acordes en un punto: el de la religión. ¿Qué religión es ésta y quién es su profeta?

El fundador del islamismo, Mahoma en árabe, Muhammad, pertenecía a la raza de Adnan, la más ilustre entre los árabes, y a la tribu de los Qurayshíes, la primera entre las de Adnan. Educado por su abuelo Abd al-Muttálid y después por su tío Abu Talib, comenzó muy joven el comercio de las caravanas. Casó con la viuda Jadicha, que, a falta de belleza, le dio riqueza. De Mahoma, nacido en La Meca el año 570, no se empezó a hablar hasta que andaba ya por los cuarenta.

Movido por una visión, anunció públicamente su propósito de combatir el politeísmo, cuyo centro era el templo de la Caaba, hogar sagrado de las divinidades de Arabia. El mensaje de Mahoma, acogido al principio con burlas, fue suscitando, a medida que iba penetrando en el pueblo, la ira y la inquietud de los Qurayshíes, guardianes de la Caaba. Hasta que decidieron, en secreto, desembarazarse de aquel profeta importuno. Mahoma, avisado a tiempo, logró huir y llegar a Yathreb (Medina), donde entró triunfalmente. Aquí comienza la era de la Hégira (Hichra huida), año 632 de la era cristiana.

Al mismo tiempo que elabora el Corán y organiza el nuevo culto, Mahoma levanta un ejército. Al frente de sus tropas, se apodera de La Meca y emprende expediciones contra sus vecinos. No todas son victoriosas, pero van aumentando el prestigio de la nueva religión y de su jefe. Al morir Mahoma, casi toda Arabia, hasta Omán, se había adherido al islamismo.

¿Qué doctrina enseñaba el hombre de Medina? En realidad, más que doctrina, se trata de un conjunto de preceptos, de reglas morales, codificadas en las ciento catorce suras del Corán. La concepción del universo que Mahoma propone difiere poco de la de los profetas bíblicos, cuyas revelaciones, desde Abrahán hasta Jesús, admite por lo demás Mahoma.

Para explicar el mundo, no vaciló en servirse ampliamente de la tradición judeo-cristiana. Ese dios de Mahoma, «único en los cielos y en la tierra», «piadoso para los hombres a pesar de su iniquidad, pero terrible en sus castigos», ¿no es el dios de los judíos? La creación del mundo en seis días, Adán, el paraíso terrenal, la caída del primer hombre, el juicio final anunciado por «el son ensordecedor de las trompetas», el infierno y el agua hirviendo, el paraíso «donde habrá frutos, palmeras y granados»: todo está en el Antiguo Testamento.

Y veamos en qué términos se dirige Alá a Mahoma: «Dios os ha dado una religión que recomendó a Noé. Es la religión que te ha sido revelada, oh Mahoma. Es la que dimos a Abrahán, a Moisés, a Jesús, diciéndoles: observad esta religión, no os dividáis en sectas.>>

El islamismo, muy semejante al cristianismo en cuanto a la idea. misma de Dios, se diferencia de la doctrina cristiana en muchos puntos. El dogma mahometano atribuye a la divinidad una naturaleza rígida.

Ese dios monolítico, sin ningún vínculo con el hombre, esa máquina de crear el mundo y de hacer justicia, oscilante entre los elegidos de la diestra y los condenados de la siniestra, como un metrónomo fatal, se parece más a Baal que al Dios de los cristianos. Sombrío y vindicativo, sediento de homenajes, aterrorizador «el trueno expresa sus loores», Alá, desde los altos cielos, inexorable y solitario, castiga y premia.

El paraíso que promete ¿no es más que el jardín de la Alhambra? «Los justos morarán entre hontanares. Reposarán tendidos, apoyados los codos en alfombras forradas de brocado. Y habrá allí núbiles doncellas semejantes al jacinto y al coral… y mujeres buenas y hermosas.» Delicioso lugar donde cada cual tendrá lo que apetezca! Los amigos de la siesta podrán dormir toda una eternidad en «lechos altos».

Mahoma, político sagaz, inventó un paraíso a la medida de sus discípulos. También Moisés, ese otro conductor de pueblos, habla creado espejismos e imaginado la Tierra Prometida. Pero la rudimentaria noción mahometana de un paraíso terrenal, muy adecuada para los nómadas de Hediad y para las tribus de Ifrikia, no podía satisfacer a los españoles, impregnados por siete siglos de cristianismo.

Les habían enseñado hasta el siervo más humilde lo sabía que, en virtud de la Encarnación, Dios se había hecho hombre; que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran una sola persona y que Jesucristo había unido al Criador y a la criatura con un fulgurante lazo. El hombre partícipe de la divinidad y confundido con ella por milagro de amor era cosa que los alejaba de Alá, aquel cadí supremo, demagogo a ratos, proveedor de huríes y de lotos sin espinas.

Y el paraíso sensual de Mahoma, que exaltaba únicamente las delicias de la carne, no tenía nada de común con el luminoso mundo del Conocimiento que el Evangelio prometía.

Cierto que la moral coránica y la moral cristiana coincidían en más de un punto práctica del ayuno y de la oración, elogio de la virtud y condenación del vicio, exhortación a la caridad. Con frecuencia, el buen musulmán era una lección para el mal cristiano. Y abundan los ejemplos de árabes justos y caballerescos.

El antagonismo radica, más que en la moral, en el concepto de Dios. Son dos universos dispares que se enfrentan. De esta fricción, de este choque va a brotar la chispa de la Reconquista. Durante cerca de ocho siglos caminará desde Covadonga hasta Granada, tendiendo a lo largo y a lo ancho de España una cinta de fuego.

El drama que se va a representar ahora entre el moro y el español será un drama religioso.

Las relaciones entre cristianos y mahometanos no son fáciles de definir. Función de los hombres y de la política del momento, variaron de una provincia a otra y de uno a otro siglo. Hubo crisis agudas seguidas de períodos de calma.

El Corán mismo prescribe normas contradictorias en este aspecto. Algunos versículos recomiendan la tolerancia: «No se coaccione en religión… Los del Evangelio jurarán según el Evangelio… Nuestro Dios y el vuestro son un solo Dios y nos conformamos enteramente a su voluntad.» Otros, en cambio, recomiendan la violencia: «Cuando topéis con infieles, matadlos…

Haced la guerra a los que no creen en Dios ni en el Juicio Final.» Y el califa Omar puntualizaba: «Nos incumbe devorar a los cristianos e incumbe a nuestros hijos devorar a los descendientes de estos cristianos, y así mientras queden cristianos.» La persecución árabe es muy diferente de la de los romanos.

Más taimada, menos sostenida, pasará por períodos de blandura, por largos años de laxitud y por sangrientos recrudecimientos. Pero jamás habrá paz sincera y duradera entre los cristianos y los sectarios del Profeta, aunque no todos éstos fueran fanáticos. Con mucha frecuencia, fueron los cristianos los que rechazaron la mano tendida de los musulmanes.

Pero algunos españoles, antiguos idólatras, o arrianos, o esclavos de los judíos, se convirtieron al Islam. Si bien algunos de estos nuevos musulmanes que los árabes llamaban maulas cedieron al impulso místico, la mayoría hay que reconocerlo esperaban recobrar así su libertad y ganarse la protección del vencedor.

En realidad, los emires concedieron a los maulas poderes importantes, justificados por la calidad de sus servicios. La influencia preponderante de estos españoles superficialmente islamizados lo justo para conseguir la confianza de sus amos fue beneficiosa para España. Muy a menudo, los emires delegaban en ellos el cuidado de administrar la población. Y los maulas lo hacían casi siempre con humanidad.

Lo mismo ocurrió con los beréberes, conversos recientes y que, no hacía aún mucho tiempo, adoraban a los dioses de Cartago. Indiferentes a las cuestiones religiosas, les preocupaba mucho más la desventajosa situación en que los dejaron los árabes al repartir las tierras españolas.

Mientras que ellos se adjudicaron los fértiles valles de Andalucía y de Aragón, a los beréberes les dejaron las áridas altiplanicies castellanas y los desiertos de Extremadura. Este desigual reparto irritaba a los preteridos. ¿Así les recompensaban? ¿No habían sido ellos, los soldados de Tarik, los primeros que desembarcaron en el litoral español y abrieron paso a las tropas del valí de Tánger?

La actitud desdeñosa de los árabes hacia los beréberes incitó a éstos a solidarizarse con los pueblos ocupados. I a comunidad de intereses ¡había que cultivar la tierra! y numerosos casamientos mixtos contribuyeron a la fusión de los beréberes con los españoles.

El enemigo irreconciliable del cristiano fue el árabe. Orgulloso del camino jalonado de victorias que había recorrido desde la muerte de Mahoma desde la meseta arábiga, su punto de partida, había conquistado Persia, Siria, Egipto y el norte de África, creador de У un imperio que se extendía desde la India hasta el Atlántico y desde el Cáucaso hasta el golfo Pérsico, el árabe era un creyente.

Quería someter el mundo entero a la ley del Profeta. El imperialismo árabe es esencialmente místico. Y se habría mantenido definitivamente en España si no hubiera chocado con un movimiento análogo: el imperialismo católico.