La Paz Romana

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Ya es España colonia romana, ya está bajo la protección del Imperio. En realidad, el Imperio hace más que proteger a España: la educa. La enseña a vivir y a pensar. Le da una lengua.

Transmite a ese pueblo valeroso pero rústico nociones nuevas, algunas de las cuales le encantan. ¡Qué sorpresa poder expresar, gracias al latín, los más sutiles matices del pensamiento! Y esas voces roncas se ejercitan en la elocuencia. Explicados en latín, el Derecho, la Belleza, la Arquitectura resultan cosas inteligibles.

Las más nobles virtualidades ibéricas los romanos las hicieron realidades. Y es que su genio está hecho de claridad mental, de orden jurídico, de método. Cierto es que Roma, heredera de Grecia y pareciendo copiarla a veces, propaga una civilización y unas doctrinas que crearon los atenienses.

El pensamiento latino, cliente del pensamiento griego, no brotó espontáneamente en el Foro. Lo engendró el helenismo. ¡No importa! Y la influencia de Roma sobre España, aunque hubiera de llamarse grecolatina, contribuyó poderosamente a hacer España.

La época de Augusto es la época de los constructores. Van surgiendo ciudades. Una ciudad militar: Legio septima gemina (León). Una ciudad destinada a los veteranos retirados: Emerita Augusta (Mérida). Otra más: Pax Augusta (Badajoz). Caesarea Augusta (Zaragoza), Toletum (Toledo) y Complutum (Alcalá de Henares).

El emperador Augusto gobierna España con habilidad y prudencia. Hace cuanto puede por conseguir el amor de sus súbditos. Le aman. Se preocupa por el florecimiento del comercio, de las bellas artes, de la agricultura. Bajo su reinado, un español desempeña, por primera vez, funciones consulares.

Son corrientes sus actos de clemencia. Lejos de regatear el derecho de ciudad, lo otorga con largueza a cuantos le parecen dignos de ostentarlo. Por todo esto, los españoles le adoran, en el doble sentido de la palabra. Le erigen altares, le rinden culto y el emperador, bonachón, sonríe ante tal exceso de honores. Pero seguramente, el título que más Je enorgulleció fue el de «Padre de la Patria» que le dieron los nietos de los vencidos de Numancia.

¿Hemos de deducir de todo esto que la dominación romana forjó la unidad ibérica? La verdad es que no era éste el propósito de Roma. Al dar a aquella España rústica maneras elegantes, hábito de pensar, modos de expresión cómodos y precisos, lo que Roma. buscaba sobre todo era «formar» auxiliares para la defensa de su imperio.

Adaptar al modelo romano, vaciar en el molde latino pueblos tan diversos como los cántabros, los lusitanos, los astures: tal fue el objetivo de los emperadores. Sólo a medias lo consiguieron. En efecto, si bien los españoles resultaron, en general, aliados muy valiosos y fieles, hasta el punto de que Julio César se enorgullecía de tener en su guardia personal a la flor y nata de la caballería ibera, no puede decirse que España tan indócil era el temperamento de sus habitantes fuera jamás la colonia romana modelo deseada por el gobierno imperial.

En cambio, Roma impuso a la Península el cuadro administrativo que iba a servir de base a las primeras organizaciones cristianas. Pues los romanos, al dotar a España de instituciones útiles, al iniciarla en el orden político y jurídico y, sobre todo, al suscitar un clima intelectual, prepararon el terreno, sin saberlo, para la semilla evangélica. La romanización y sus fórmulas nuevas de pensamiento tuvieron como corolario natural la cristianización.

La evangelización de la historia de Roma hacia el cristianismo, el hecho de que la propagación del Evangelio encontrara a su favor la unificación del mundo mediterráneo, de que los primeros cristianos pudieran utilizar la armazón administrativa romana, son realidades que a primera vista pueden parecer extrañas. Pues se piensa en los mártires. Pero la verdad es que Roma, decepcionada por Palas Atenea, se sintió invenciblemente impulsada hacia Jesús.

La Pax Romana tenía que ser lógicamente reemplazada por la Pax Chisti. Bossuet resume en unas palabras admirables uno de los momentos más grandes de la historia del mundo: «César gana la batalla del Accio… Las fuerzas de Egipto y de Oriente, que Antonio llevaba consigo, son dispersadas… Herodes Idumero, que se lo debía todo, se ve obligado a entregarse al vencedor…

Egipto pasa a ser una provincia romana… Por los Pirineos, sojuzga a los cántabros y a los astures insurrectos… Victorioso por mar y tierra, cierra el templo de Jano… El mundo entero vive en paz bajo su dominio y viene al mundo Jesucristo.»