La Monarquia Arriana

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El problema religioso está estrechamente unido a la historia de España. A lo largo de los siglos, no deja de acompañar los actos, de inspirar los pasos, de explicar los hechos de ese pueblo espoleado por la abrasadora obsesión de Dios.

A finales del siglo v, lo religioso predomina y se impone sobre lo político. El arrianismo, aunque condenado por el concilio de Nicea y proscrito por el papa Dámaso, les gustaba a los bárbaros. ¡Jesús criatura humana es mucho más sencillo!

Y el Dios terrible y vengador que Arrio presenta a la adoración de los germanos ha conservado los rasgos de los ídolos teutones, antaño abandonados. Los españoles, en cambio, han permanecido fieles a los católicos. De suerte que el inevitable antagonismo entre indígenas y ocupantes se complica y se agrava con un conflicto espiritual.

Y es de nuevo un católico no ha mucho tiempo que lo bautizara San Remigio quien triunfa en Vouillé contra el rey arriano. ¿Catolicismo o arrianismo? Esta pregunta se plantean, a uno y otro lado de los Pirineos, españoles y galos. Se trata, pues, a fin de cuentas, más que de conquistas territoriales, de una cuestión dogmática. Toda guerra española es, ante todo, religiosa.

Aunque Eurico fue un decidido propagandista de las ideas. arrianas, no parece que persiguiera sistemáticamente a los católicos, pero sí lo hizo, con odio tenaz, su hijo Alarico II. Esta intolerancia le costó perder Galia. Amalarico, que por no lograr convertir al arrianismo a su mujer, Clotilde, hija de Clodoveo, la maltrató, fue severamente castigado por Childeberto, su cuñado.

La intransigencia arriana, un poco adormecida, durante los reinados de Teudis y Teudiselo, se agudizó en el de Argila. La cuestión religiosa adquirió entonces más virulencia que nunca. Con el pretexto de disidencias dogmáticas se desencadenaron los conflictos de intereses y las ambiciones personales.

Como una niebla tóxica, el veneno del fanatismo corrompió las relaciones sociales, levantó a los hombres unos contra otros, penetró hasta en las familias. No era raro que un padre arriano echara de casa a un hijo católico. Esta disidencia llegó a la corte misma. Nobles, señores y aventureros urdían cómodamente sus intrigas en nombre de Arrio o de Jesús.

Este clima era poco favorable para consolidar la autoridad real, ya comprometida por sus excesos. ¡Y qué contraste con la firmeza de la monarquía franca, estabilizada por el bautismo de Clodoveo! A uno y otro lado de los Pirineos comienzan a esbozarse dos mundos diferentes.

Aun cuando Atanagildo no hubiera tenido el apoyo de Bizancio, es muy probable que hubiese vencido fácilmente a Argila, soldado valeroso pero soberano detestado. Verdaderamente, el anticatolicismo es funesto a los reyes visigodos.

Así debió de comprenderlo Atanagildo, pues no se dedicó a perseguir a los católicos, sino a expulsar del litoral andaluz a sus antiguos aliados. Además, había contraído una deuda con los católicos, que, neutrales o combatientes a su lado, le hablan ayudado a abrirse paso hasta el tambaleante trono de Argila.

Deseoso de poner el mayor espacio posible entre los bizantinos y él, Atanagildo trasladó la capital española de Tarragona a Toledo, No podía elegir situación estratégica más segura. Toledo, plantada como una bandera en el mismo corazón de la meseta, erguida en la roca, ceñida por el Tajo, va a ser la atalaya de la monarquía visigótica.

Verá desde lejos avanzar hacia ella una vez atravesadas las áridas serranías y el cegador desierto de Extremadura las columnas enemigas erizadas de rayos. Pero la importancia militar de Toledo no tarda en ser superada por el papel que llega a desempeñar en la formación de la nacionalidad española. De la Toledo visigótica quedan apenas unas piedras, una iglesia en ruinas.

El polvo ha enterrado los toscos arcos de San Ginés. ¡Qué importa esta fugacidad de las cosas! Hasta Felipe II, Toledo fue la capital del reino español. Todavía hoy es la sede del primado católico. En torno a Toledo se organizan las dinastías. Sobre Toledo edifica España. su unidad más tarde. Y en el cielo inolvidable de Toledo templa el Greco su mirada y elevan los místicos su oración, viva y ardiente como una llama.

Leovigildo sucede a su hermano Atanagildo. Este príncipe enérgico y tenaz es dado a las grandezas. Siguiendo el ejemplo de los emperadores de Bizancio, manda acuñar una medalla de oro con su efigie. Pero no limita su reinado a estas manifestaciones aparatosas.

Después de dominar una tentativa de los suevos, y gracias a otras campañas afortunadas, logra extender sus conquistas hasta Córdoba. Enorgullecido por sus triunfos, este rey soldado quiso ser, además, diplomático.

Siguiendo la tradición de las alianzas franco-góticas, pidió para su hijo Hermenegildo la mano de Ingunda, hija de Brunequilda y Sigeberto. No se imaginaba Leovigildo que, al incorporarse a la corte de Toledo la católica Ingunda, precipitaba la caída del arrianismo.

Cuando se celebraron las bodas de Hermenegildo y de la bisnieta de Clodoveo, Toledo no era aún más que un otero barrido por los vientos, ya glaciales, ya tórridos. El relinchar de los caballos, el golpear de los picos, el silbido de los venablos daban a la nueva capital española más bien el aspecto de un campamento militar que de una ciudad donde reside el rey.

Desde las ventanas del palacio de madera, la princesa de rubias trenzas, vestida de una túnica blanca, podía ver a los soldados godos ejercitándose en el arco y abriendo trincheras. La única música que oía era el canto ronco de los bárbaros al contrapunto del chocar de los escudos. ¡Un cuadro bien austero para una luna de miel!

Pero Ingunda, al aceptar a Hermenegildo y jurarle fidelidad, se había hecho a sí misma otro juramento, y muy firme: el de convertir a su esposo a la fe católica. Esta mocita se sentía con alma de apóstol. En cuanto llegó a Toledo puso manos a la obra. Empresa audaz, pues el arrianismo era religión oficial de la monarquía visigótica. Cierto que, en torno a Ingunda, había algunos sacerdotes católicos.

Pero los arrianos no se dormían. Leovigildo, hombre benigno en el fondo, defendía con bastante lenidad la confesión de Arrio. En su fuero interno, aquellas querellas religiosas le parecían bastante vanas. Mas no así a los que le rodeaban, sobre todo a Gosvinta, viuda de Atanagildo. Arriana fanática, odiaba a su nuera. Cosa nada extraña, pues ambas eran jóvenes y hermosas y ambas aspiraban a mandar en la casa.

En nombre de la religión, Gosvinta persiguió ferozmente a Ingunda. ¡Cuántas veces hubo que separar a estas dos princesas, enzarzadas como dos soldados borrachos! Agotados los argumentos, se arrojaban una sobre otra como dos furias y se agarraban de la luenga cabellera. Vestidos desgarrados, rostro arañado, zarcillos, ensangrentados: así acababan las más veces las controversias teológicas de tan nobles damas.

Leovigildo, harto de tales alborotos y escandalosos altercados ¡quería paz en su casa!, mandó a Hermenegildo a Sevilla en calidad de gobernador de Andalucía. La tumultuosa Ingunda le acompañó. Libre ahora de su suegra, intensificó su empeño. San Leandro, obispo de Sevilla, secundó con sus instancias las de Ingunda. Hasta que Hermenegildo, después de mucho vacilar, recibió el bautismo católico.

Esta noticia sacó de sus casillas a Leovigildo. La conversión de su hijo rompa su sueño de unidad y ponía en peligro su propio poder. Pues era de temer que, en caso de conflicto, la mayoría de los católicos siguieran al príncipe que compartía su fe.

Para tranquilizar y aun seducir a los católicos, Leovigildo convocó en Toledo un concilio de obispos arrianos que, inspirados por él, promulgaron un decreto en el cual se disponía que los que vinieran de la Iglesia romana a la suya no habrían de ser rebautizados, sino simplemente reconciliados mediante la imposición de manos y la comunión, Algunos obispos, movidos por la ambición, se pasaron al arrianismo, Fueron pocos. La gran masa de los católicos adivinó la trampa disimulada bajo esta política de «mano tendida».

La conversión de Hermenegildo no deja de dar sus frutos. Algunas ciudades se le someten. Hay que actuar, y a prisa. Leovigildo ordena a su hijo que vuelva a Toledo. Conociendo el carácter débil e indeciso de Hermenegildo, piensa que no le va a ser difícil traerle a mandamiento. ¡Suave como un guante! Pero es desconocer la influencia de Ingunda. La indomable mujercita, muy pagada de su triunfo, no cesa de animar a su marido a que resista.

Cuando le nota a punto de ceder, amonesta y espolea al tímido neófito. «Toda la España católica tiene los ojos puestos en ti. Tú representas la esperanza de los que sufren por ser gobernados por un rey hereje.» «Es mi padre». «Desde luego, y le debes respeto. Pero piensa en la muchedumbre de creyentes que, cada mañana, te envían sus delegados.» Después de Ingunda entra en acción Leandro blandiendo el crucifijo. Y así, sin quererlo y casi sin saberlo, Hermenegildo asume el papel de rebelde.

Leovigildo, agotada, y no muy pronto, su paciencia, decide dar un golpe decisivo. Reúne un importante ejército y se pone en marcha contra el hijo rebelde. Éste, por su parte, se ha aliado con los suevos de Galicia y con los bizantinos, que ocupan la parte sur de la Cartaginense, todos adscritos al catolicismo. Es la guerra civil. a la vez que guerra religiosa.

Después de dos años de sitio, durante el cual se entera Hermenegildo de la muerte del rey de los suevos, que debía acudir en su ayuda, y sufre el desengaño de que el jefe de las tropas imperiales bizantinas se deja comprar por los poderes de Leovigildo, Sevilla capitula. El príncipe rebelde, temiendo la cólera de su padre, huye a Córdoba y se interna en un convento, asilo sagrado.

En este momento interviene Recaredo, hijo segundo de Leovigildo, hasta entonces persona gris, pero que va a desempeñar muy pronto un papel considerable. En nombre de Leovigildo, va a ver a su hermano y le conjura a que vuelva a la corte, asegurándole que su padre le perdonará. ¡Promesas vanas! Tan pronto como se presenta, arrepentido, ante el rey, le despoja éste de sus insignias y de sus derechos y le encarcela en Valencia, de donde es trasladado a un siniestro calabozo de Tarragona.

El viejo rey godo, juzgando que la razón de Estado debe predominar sobre los sentimientos naturales, hace cuanto puede por conseguir que Hermenegildo renuncie a su fe católica. Mas ni promesas ni amenazas quebrantan la firmeza del príncipe, que ya no necesita a nadie para mantener su resolución. Leovigildo no lo entiende. ¡Le han cambiado a su hijo!

Una noche, la última de su vida, en la tiniebla de su calabozo, oye la voz dulzona de un obispo arriano:

  • Cesa en tu rebeldía, hijo mío. Acepta de mis manos la comunión de Arrio. La gracia de tu padre vale este precio. ¿Qué te cuesta? Nadie sabrá nada. En esta cárcel estamos tú y yo solos, y nadie más que la noche oye nuestras palabras.
  • Está también Jesucristo replica fuerte el preso, Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

A la mañana siguiente, Sisberto, carcelero de Hermenegildo, le corta la cabeza por orden del rey. Era el 13 de abril del año 585, festividad de la santa Pascua.