La Cruz y la Espada

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El arzobispo de Narbona y el primado de Toledo asistieron a la carnicería de Las Navas de Tolosa. ¿Era la batalla el sitio de los prelados? Sí, desde luego, si tenemos en cuenta que la unificación del reino español y la Reconquista fueron obra del clero.

¡Cuántos príncipes cristianos más o menos arabizados se mostraban satisfechos de su suerte y poco inclinados a la resistencia! Si no hubiera sido por la acción constante, tenaz, de los clérigos, tanto sobre el pueblo como sobre los soberanos; si las órdenes monásticas no hubieran mantenido y atizado aquel clima fervoroso de cruzada, la lucha contra los musulmanes se habría limitado a guerrillas locales sin consecuencias.

Había que calentar constantemente el celo de los reyes de España, dirigir y coordinar sus esfuerzos, enarbolar el crucifijo delante de sus tropas. La presencia de los frailes y de los curas en la avanzada del combate era muy útil. Abanderados de Cristo o que se creían tales, reforzaban con el imperativo religioso el objetivo militar. La creación de las órdenes hizo más estrecha aún la alianza de la espada y la cruz.

Alfonso el Batallador fue, al parecer, el primer príncipe español que adivinó la importancia que tendría, para la defensa de la Península, la creación de las milicias religiosas. Entre los caballeros que le habían acompañado a Málaga cligió los que le parecieron mejores, los organizó en comunidades y les dio una regla.

Llevaban una cruz terminada en áncora de gules sobre un hábito blanco. Pero, además, no tardó en llegar a España la fama de las órdenes creadas en Jerusalén: los Caballeros del Santo Sepulcro, los Hospitalarios de San Juan y los Templarios. Ramón Berenguer III, rey de Barcelona, quiso llevar en su lecho de muerte el hábito de templario.

A mediados del siglo XII, dos señores de Salamanca fundaron, en un campo de perales, la Orden de San Julián del Pereiro. Estos caballeros frailes seguían la regla de San Benito, y sus atributos distintivos eran una caperuza y un cinturón rojo. Su escudo era de oro, con una cruz flordelisada de gules, y en su centro, un escudete con un peral al natural.

Aproximadamente por la misma época, al morir Alfonso VII, los templarios, que asumían la defensa de Calatrava, cedieron la villa a Sancho III de Castilla, por temor a no poder defenderla contra los almohades. Sancho III, considerando esta restitución como una carga embarazosa, hizo saber que, si algún caballero quería encargarse de defender Calatrava, se la cedería con todas sus prerrogativas y dependencias.

Como no se presentara nadie a recoger la herencia de los templarios, se ofrecieron para defenderla el abad del monasterio de Fitero futuro San Raimundo y el hermano Diego Velázquez, ambos antiguos militares que se habían hecho religiosos. Crearon una verdadera guarnición, la abastecieron de víveres y de defensas y, para acentuar el carácter religioso de su empresa, San Raimundo fundó en 1158 la orden de Calatrava.

El papa dio una bula aprobando la nueva institución y la sometió a la regla de San Benito. Los atributos distintivos de los nuevos caballeros eran un escapulario blanco y un capuchón. Su escudo era de oro, con la cruz flordelisada de gules con dos cuños de sable.

Después de la batalla de Alarcos, los musulmanes volvieron a tomar Calatrava, pero los cristianos la reconquistaron días antes de la batalla de Las Navas de Tolosa, y Alfonso VIII se apresuró a devolvérsela a los caballeros calatravos.

La Orden de Santiago de Compostela parece que nació por la misma época, aunque ya en tiempos de Ramiro, primer vencedor de los moros, existiera una hermandad de este nombre y, desde el supuesto descubrimiento del sepulcro santo, se constituyera una milicia para alojar y ayudar a los peregrinos que acudían al célebre santuario.

En todo caso, fue el papa Alejandro III el que en 1175 confirmó la regla de la Orden de Santiago. Una vez reconocida oficialmente, instalóse en el hospicio de San Marcos, fundado por los canónigos de San Eloy.

La misión principal de los caballeros de Santiago era fundar hostales a lo largo del camino que iba de Francia a Santiago de Compostela, escoltar y alojar a los peregrinos y, en caso necesario, protegerlos contra posibles malos trances. Llevaban escudo de oro con espada de gules en forma de cruz, llamada «lagarto».

«Esta espada es roja decía el arzobispo Jiménez de Rada porque está teñida de sangre de los árabes.» El pomo tenía forma de corazón. La guarda estaba protegida por una concha. En el estandarte de los caballeros figuraban también cinco conchas. Cuentan que un caballero de la familia de Pimentel, que iba acompañando los restos de Santiago a Galicia, tuvo que atravesar a nado un brazo de mar y salió cubierto de conchas.

Desde este legendario suceso, la concha es el emblema del apóstol Santiago. Los peregrinos que iban a Compostela recogían conchas a la orilla del mar y las llevaban en el sombrero y en la esclavina, como piadoso testimonio de su peregrinación.

Parece que el primer peregrino francés cuyo nombre se conoce con relativa certidumbre fue el obispo Godescalc, obispo de Le Puy, que emprendió el viaje en el año 950. Pero la leyenda y la Historia de Carlomagno y de Rolando, atribuida al obispo Turpin de Reims, uno de los Doce Pares de Francia, tuvo gran influencia en la Edad Media, pues respondía a la viva inclinación del pueblo a lo maravilloso.

Carlomagno, envejecido y cansado por tantas campañas victoriosas, estaba descansando en su palacio de Aquisgrán, cuando se le apareció en sueños un «gallego sin cabeza», el apóstol Santiago. Señalóle en el cielo un camino de estrellas campus stellae, de donde se deriva Compostela que le guiaría hasta el lugar de la tierra gallega donde yacían sus restos mortales. ¿lba a tolerar que su sepulcro permaneciera bajo el yugo de los sarracenos? Carlomagno obedeció a la llamada, volvió a tomar las armas y aprovechó la ocasión para liberar a España, en tres campañas, de la dominación musulmana.

Al regreso de la última, la retaguardia de su ejército sufrió una gloriosa derrota en los desfiladeros de Roncesvalles. Después de vengarla, Carlomagno recogió piadosamente los cadáveres de las víctimas y los enterró, como verdaderas reliquias, en santuarios franceses, situados todos ellos en los futuros «caminos de Santiago».

En Saint-Romain de Blaye sepultó a Rolando, cuyo cuerno de marfil quedó depositado en el altar de Saint-Seurin de Burdeos. En las Landas fueron inhumados Ogier y Olivier. Y siempre según la misma leyenda Carlomagno mandó edificar la primitiva iglesia de Compostela y puso a su obispo a la cabeza de la Iglesia de España.

Ciertos cronistas negaron las conquistas atribuidas indebidamente a Carlomagno, recordando que su expedición a España era muy dudosa, porque estaba por entonces muy ocupado en sus querellas con los sajones. Pero la tradición de Roncesvalles, tomada de la poesía épica francesa, quedó fuertemente arraigada en los Pirineos. Hasta se cita el año: 778.

«El camino francés» tiene gran importancia en la historia de la civilización medieval. Dio lugar no sólo a fundaciones piadosas, sino también a intercambios intelectuales, artísticos y económicos entre Francia y España. El camino de Santiago dio origen, en cierta medida, a la poesía épica y al arte románico. Y gracias a Compostela, los Pirineos, lejos de constituir una barrera, fueron en la Edad Media un enlace entre los dos países.

Con los peregrinos se trasladaban continuamente de un lugar a otro talleres ambulantes a través de Francia y de España, lo que explica el nacimiento simultáneo de la escultura románica en ambos países. En la parte francesa del camino, y muy lejos de España en Auvernia, en Borgoña, se encuentra la influencia difusa de la decoración hispanoárabe. Sus testimonios persisten aún: los arcos polilobulados de la catedral de Bourges y de la Charité-sur-Loire, la policromía andaluza de las dovelas oscuras y claras de Vézelayen-Bourgogne y de Le Puy, por ejemplo.

En Francia, «el camino francés» seguía cuatro vías principales:

  • la Vía tolosana, que iba de Arles al collado de Somport, pasando por Toulouse;
  • la Vía podensis, que iba de Le Puy a Ostabat, por los santuarios de Conques y de Moissac;
  • la Vía limosina, que, partiendo de Limoges, pasaba por Périgueux;
  • la Vía turonensis, que pasaba por Tours, Poitiers y Burdeos.

Este es el camino que seguían los peregrinos procedentes del norte de Francia y de Inglaterra. Atravesaban París por la Rue Saint Jacques y el barrio Saint-Jacques. El centro de cita era la iglesia de Saint-Jacques de la Boucherie, construida por una hermandad de carniceros, de la que queda el brillante vestigio de la torre Saint-Jacques.

Había varios pasos por la cordillera pirenaica. En la primera parte del siglo XII se seguía de preferencia el del valle de Aspe y el collado de Somport, con su célebre hostal de Santa Cristina, y donde paraban los peregrinos. Después, el paso de Somport fue suplantado por el puerto de Size y el valle de Roncesvalles, gracias a una hábil propaganda que utilizaba los «recuerdos de Carlomagno» y la historia de Rolando. Mercaderes despabilados prometían la visita a los lugares donde habían sido descubiertos los objetos legendarios: Durandal, la espada de Rolando, su cuerno de marfil y hasta las zapatillas del obispo Turpin.

En España, el camino pasaba por Puente la Reina, Santo Domingo de la Calzada, Burgos, Sahagún y León. Durante la segunda mitad del siglo XI, Alfonso VI por Castilla y León y Sancho Ramiro por Aragón y Navarra se esforzaron por mejorar esta vía haciendo caminos, puentes y hostales para los peregrinos. La considerable afluencia de viajeros determinada por la peregrinación contribuyó a repoblar algunas villas: se destinaban a los extranjeros barrios especiales, se les otorgaba privilegios y se daba a estos barrios el calificativo de «francos». Se crearon barrios francos en Jaca, Pamplona, Sangüesa y Puente la Reina.

Esta extraordinaria afluencia de gente dio gran prosperidad a Compostela. Abastecida a la vez por las importaciones musulmanas de Valencia y por los mercaderes normandos, cuyos navíos arribaban a las costas gallegas; favorecida continuamente por las donaciones destinadas al tesoro de la catedral, Compostela era en el siglo XII el centro comercial más importante de la Península.

Subvencionaba a los reinos cristianos y hacía importantes donaciones. Después de la Reconquista, la prosperidad de Compostela fue disminuyendo poco a poco en provecho de las regiones andaluzas. La Reforma suprimió muchos peregrinos de Alemania, Inglaterra y Francia. La Revolución francesa fue un golpe mortal para la peregrinación. Sólo algunos peregrinos aislados, eruditos, historiadores y arqueólogos mantuvieron la tradición..

A orillas del Tajo, en la peña de Alcántara, nació otra Orden. La defensa de esta villa, que Alfonso XI reconquistó de manos de los moros el año siguiente a la batalla de Las Navas de Tolosa, fue encomendada por el rey a los caballeros de Calatrava. Pero éstos, pasados cinco años, juzgaron más ventajoso traspasarla a los caballeros de San Julián del Pereiro, con la condición de que dependieran de la Orden de Calatrava.

Posteriormente, los nuevos guardianes de Alcántara obtuvieron del Papa una bula liberándolos de aquella tutela. Sus nuevas armas fueron un escudo de oro con cruz flordelisada de sinople. Todavía hoy se puede ver en las ruinas del convento de San Benito la huella de los caballeros-hermanos de la Orden de Alcántara. Blasones y divisas perpetúan el nombre de los comendadores.

Por último, conviene mencionar la Orden fundada por Alfonso II de Aragón, en los alrededores de Tortosa, con el nombre de San Jorge de Alfama, Orden que, ya extinguida la de los templarios, se fusionó con la de Montesa, en el reino de Valencia.

Cada una de estas órdenes tenía un jefe único, llamado el maestre. Se decía, por ejemplo, el maestre de Santiago… No había en el Estado más alta dignidad que la de maestre de una Orden militar. El comendador mayor seguía inmediatamente en jerarquía al maestre y, en ausencia de éste, le reemplazaba en sus funciones.

Después, el clavero, que administraba los bienes de la Orden. Completaban las jerarquías el prior de la Casa Matriz y los comendadores. El Consejo supremo de los caballeros de Santiago estaba constituido por trece miembros. Este Consejo elegía al maestre, al que asesoraba en los asuntos importantes, y nombraba a los comendadores.

La autoridad de las órdenes era tan grande como la de los reyes, y a veces mayor. ¡Cuántos conflictos sordos entre las comendadurías y la corte! ¡Y qué amenaza para el poder este otro poder! Se explica, pues, que uno de los primeros empeños de Fernando el Católico, una vez expulsados los moros de España, fuera desarmar a las órdenes militares, puesto que su misión esencial se había realizado ya.

El rey logró que el papa Inocencio VIII le diera una bula encomendándole la administración de las maestranzas. En lo sucesivo, la dignidad de gran maestre de los órdenes quedaba aneja a la corona española. Este paso de Fernando el Católico causó gran amargura a los caballeros. ¿Así pagaba a los liberadores del territorio? Pero los reyes de España no podían permitir el incremento de aquellas poderosas hermandades.

Más que los triunfos de sus armas; más que el inmenso prestigio que tenían entre el pueblo; más que su organización militar y que sus riquezas más de una vez financiaron las expediciones contra los moros, lo que hacía sombra a la monarquía era aquel hosco orgullo, aquella severa mirada constantemente clavada en la persona regia. Sólo los caballeros de las órdenes sabían dónde estaba el bien y dónde el mal. Únicamente ellos tenían derecho a amonestar, a criticar abiertamente a los reyes españoles, hasta que éstos se cansaron de aquella tutela.

Y al sentirse más seguros en el trono, no tuvieron escrúpulo alguno en abatir el poder temporal de la caballería y, al mismo tiempo, su autoridad espiritual.

Todavía durante muchos años, los caballeros de las órdenes, cediendo a una incurable nostalgia, continuaron reuniéndose en las comendadurías en ruinas. Crecía la yerba entre las losas de las capillas. Se quebraba contra los muros desnudos la voz contenida de los últimos caballeros.

¿De qué podían hablar sino de las noches de batalla, del Señor Santiago galopando en su caballo blanco, encendidas las crines en el cielo victorioso de Granada, de sus mártires y de sus santos? De vez en cuando, uno de ellos posaba los labios en la fimbria del manto capitular de seda blanca colgando como una reliquia junto al gran crucifijo, con la espada ensangrentada de Santiago bordada en el lado izquierdo.