La Catedral de sapiencia continua la Mezquita del saber

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Instaurada por San Isidoro en el siglo vit, la catedral de sapiencia se perfecciona en el reinado de Fernando. En los monasterios, clérigos doctos se consagran a la ciencia, y no solamente a la de Dios.

Cierto que el primero de los conocimientos es la teología, pero no se olvidan de las artes liberales. Se dividen en trivium (gramática, retórica, dialéctica) y quadrivium (aritmética, geometría y música). Pero el nacimiento de la cultura española no fue un fenómeno espontáneo, ni fueron los Padres de la Iglesia sus únicos iniciadores. A la inteligencia de España contribuyeron en gran parte los judíos y los árabes.

Los judíos, instalados desde antiguo en la Península, asimilaron. perfectamente las costumbres y la lengua del país. Muchos de ellos. abrazaron el catolicismo. Hasta hubo algunos que fueron excelentes sacerdotes y llegaron al episcopado. El pensamiento judío, antes de que lo frenara la persecución tradicionalmente orientada hacia la metafísica y la filosofía, se adaptaba muy bien a la mentalidad española.

Esa ardiente curiosidad por Dios, esa agudeza intelectual, esa inclinación a la controversia científica y ese pesimismo encontraban en España un terreno propicio. Los escritos de Bakia ben Pakuda y de Moisés Aben Ezra, los de Jehuda Halevi y Abrahán ben David demuestran no sólo un profundo conocimiento de las Escrituras, sino también una ciencia asombrosa para la época. Aben Ezra judío toledano, a la vez menestral, matemático y filósofo, es autor de un texto en el que se plantean por primera vez las reglas de la multiplicación.

Inventó en el siglo XI el empleo del cero, para la numeración decimal y para las operaciones aritméticas. A él se debe esta definición: «La razón es un ángel entre el hombre y Dios. Y judíos fueron los precursores del álgebra y de la astronomía. Ya en el siglo XII, los sabios hispano-judíos resolvían ecuaciones de segundo grado y extraían raíces cuadradas. Progresaron igualmente la geometría y la trigonometría; el sevillano Cheber resolvía triángulos esféricos, con lo cual se podían medir con precisión las órbitas descritas por los planetas.

El más grande de los filósofos judíos de España es Maimónides, médico y teólogo. Pues, en aquel tiempo, la medicina del cuerpo y la del alma iban juntas. Maimónides, eterno errante como Aben Ezra, que corrió el mundo desde África hasta Londres, fue expulsado de Córdoba, su ciudad natal, por los almohades.

Estuvo en Marruecos, Palestina y Egipto, ejerciendo veinte oficios de los más nobles a los más oscuros, continuando sus investigaciones hasta en las condiciones más adversas. En su fase de mercader de piedras preciosas, naufragó y quedó arruinado. Entre los altibajos de su azorosa existencia, tuvo la suerte de caerle en gracia a Saladino, sultán de Egipto y de Siria, el héroe musulmán de la tercera cruzada.

El vencedor de Jerusalén le nombró médico suyo. Las peripecias de Maimonides no le impidieron realizar una obra científica y filosófica pasmosamente amplia. Se le ha llamado, con justicia, el Santo Tomás de los judíos. En sus escritos han bebido abundantemente los teólogos de todas las confesiones. Su idea fundamental era conciliar la fe con la razón, demostrar el acuerdo entre las enseñanzas de la Biblia y el sistema de Aristóteles. Desarrolla esta tesis tan audaz en su Guía de extraviados, utilizada por el padre del tomismo cincuenta años después.

En un judío de España Cheber se inspiró Einstein; otro judío de España Aben Ezra influyó en Spinoza, así como Maimónides, judío de España, transmitió su pensamiento a Santo Tomás. Pero el mensaje de Maimónides supera en valentía a todos los demás. Pues, probablemente, fue el primero en el mundo que planteó en términos vigorosos este grave problema: lo esencial para el hombre, la Religión y la Ciencia, ¿son compatibles?

Aquí es donde se ve la penetración mutua de las influencias árabe y judía. Pues también Averroes, el maestro de la cultura islámica, aproximadamente contemporáneo de Maimónides, se apoya en la tradición aristotélica. Sus brillantes comentarios del filósofo griego revolucionan las disciplinas de las escuelas occidentales del siglo XIII.

Sus escritos maravillaron a los doctores de la Sorbona, y Santo Tomás se inspiró también en ellos para poder escribir su Summa. El brillante pensamiento del maestro cordobés y su extraordinaria autoridad sobre los primeros intelectuales de su tiempo obligaron a la Iglesia a modificar su enseñanza, a evolucionar hacia las ideas de Averroes eternidad de la materia y comunicación de Dios con las cosas por medio del intelecto activo, sin dejar de ser fiel al dogma esencial. Posteriormente, la universidad de París y la Santa Sede juzgaron a Averroes materialista y panteísta y lo condenaron.

La vida de Averroes no fue menos original y accidentada que la de Maimónides. Médico de Al-Mansur, el vencedor de Alarcos, suscitó el odio y la envidia de los faquires musulmanes. Aquel filósofo que denunciaba la impostura de los falsos profetas ya se tratara de Mahoma, de Jesús o de Moisés, que bebía vino y comía cerdo, tenía por fuerza que resultar sospechoso a los creyentes.

El soberano almorávide, influido por su corte, hizo un día comparecer a Averroes, anatematizó sus doctrinas, mandó quemar todos sus escritos, y condenó a destierro al hombre que, hasta entonces, era la gloria de su palacio. Seguramente Al-Mansur no había entendido en absoluto ni al hombre ni sus ideas.

Y en vano se esforzó el sabio, que había de morir solitario en Marraqués, el año 1198, por demostrar ante su rey que la ciencia y la fe iban de acuerdo. La verdad es que el Dios de Averroes, más que Alá y Jehová, se parecía al Dios terrible y personal de San Juan de la Cruz. Acaso también al Dios glacial de Augusto Comte.

El pensamiento árabe se manifestó también en el dominio de la historia. Aunque inclinados, como es natural, a magnificar los métodos musulmanes, los autores árabes dejaron interesantes escritos sobre España. La Historia de los sabios de España, la Historia de los jueces de Córdoba, Almoctabis, son documentos que se conservan vivos, habida buena cuenta de la exageración y del lirismo orientales.

Algunos escritores árabes se elevaron hasta la filosofía de la historia. Un árabe de Córdoba escribió, en el siglo XI, una Historia critica de las religiones, herejías y escuelas, profundizando en los dominios de la historia religiosa. Y Benarabi, en su libro sobre las Revelaciones de La Meca, estudió la ascesis y los estados místicos.

Pero la expresión más brillante del genio hispano-árabe se encuentra probablemente en la poesía épica y lírica. «¡Lejos, lejos de mí, perla de China! A mí me bastan los rubíes de España», exclama el autor de El Collar de la Paloma, Ibn Hazm. Y Motamid, el rey poeta, canta no sólo sus amores con la hermosa Romaiquia, sino también a la ciudad de Córdoba: «Córdoba la bella, esa altiva amazona que, espada y lanza en mano, rechazaba a todos los que la pretendían, me concedió de buen grado su mano.

Y ahora los dos celebramos nuestras bodas en un palacio, mientras que los otros reyes, mis rivales rechazados, lloran de rabia y tiemblan de miedo.» También la naturaleza, quizá más que la guerra y el amor, inspira a Motamid: «La noche habla tendido sobre la tierra su tiniebla, como un inmenso velo; estaba yo bebiendo, al resplandor de las antorchas, el vino titilante en la copa, cuando, súbitamente, apareció la luna escoltada por Orión.

Parecía una reina soberbia y magnifica que quisiera gozar de las delicias de la naturaleza y se sirviera de Orión como de un dosel. Poco a poco la fueron rodeando otras estrellas relucientes. Crecía por momentos el esplendor del cortejo, y las Pléyades parecían la bandera de la reina. Igual que ella en las alturas, soy aquí abajo yo, rodeado de nobles caballeros y de las bellas jóvenes de mi serrallo, negra su cabellera como la noche oscura, mientras esas resplandecientes copas son como mis estrellas.

Bebamos, amigos, bebamos el jugo de la vid, mientras esas hermosas mujeres cantan para nosotros sus melodiosos sones acompañándose con la guitarra.»

Ahora bien, no hay que sobrestimar la influencia intelectual de los judíos y de los árabes en la Edad Media española. Los letrados y los retóricos árabes llevaron a España la cultura grecolatina, así como los judíos esos grandes viajeros importaron a la Península la ciencia oriental.

Unos y otros no hicieron más que transmitir y adaptar. Pero ¡qué bien lo hicieron! En todo caso, el pensamiento español de la Edad Media está transido de resonancias semíticas.

Esta influencia judeo-árabe culmina en la obra de Raimundo Lulio, llamado «el Doctor Iluminado». Nació en Palma de Mallorca. Poeta, pensador y hombre de acción, recorrió el mundo como «peregrino de una idea»: la de fundar colegios de lenguas orientales para preparar a los misioneros que habían de consagrarse a la conversión de los judíos y de los musulmanes.

Idea nueva y valiente, que Lulio se esforzó por imponer a los príncipes cristianos y a los papas de su tiempo. Peregrino infatigable, llamaba a todas las puertas, mas no logró que le prestaran la ayuda moral y material que hubiera necesitado para llevar a bien su causa. Aquel gran precursor del apostolado misional no consiguió fundar más que un solo colegio, éste en su isla natal. Pasados cuatrocientos años, San Vicente de Paúl, recogiendo su idea, fundó los Lazaristas.

¿De dónde sacó el tiempo ese hombre eternamente errante para escribir sus obras, unos trescientos volúmenes? Es probable que, en el transcurso de sus largos viajes a caballo, encontrara espacio para asimilar sus prodigiosos conocimientos. El caso es que los vertió en una obra monumental que todavía inspira respeto.

Arabista excelente, escribía lo mismo en árabe que en latín y en su lengua nativa, el catalán. Su obra maestra es Ars Magna. Este tratado de escolástica, al que alude Descartes en su Discurso del Método, es clásico. Pero más asequibles son sus obras puramente místicas, tales como Contemplación de Dios y sobre todo su Cántico del Amigo y del Amado.

Estos dos libros, muy inspirados en los místicos musulmanes, sobre todo en Abenarabi de Murcia, son la base de toda la mística española. Tres siglos antes de San Juan de la Cruz, el diálogo del alma enamorada y de Jesús es como el dramático epitalamio del Cantar de los Cantares. Nunca lo humano llegó tan cerca de lo divino como en esta obra, fresca y sutil al mismo tiempo.

Este filósofo es también apóstol y precursor. Presenta y en cierto modo presiente el inmenso campo de acción que ofrece el mundo aún por descubrir para el catolicismo español. Anuncia y prepara la raza de los grandes conquistadores espirituales. Le abrasa la obsesión del martirio.

Pues no basta convertir al infiel: hay que morir para salvarle. Si fracasa en su designio, un poco utópico, de formar un ejército de misioneros para evangelizar a los pueblos en su poema Desconhort (Desolación) expresa su dolor por tal fracaso, en cambio llega a conseguir la palma del martirio. Cuando los musulmanes le lapidan en Bujía, es un anciano de cerca de ochenta años.

Y todavía saca fuerzas para ir a morir en Mallorca, su patria, lo que ocurrió en 1314. Pero Raimundo Lulio no es solamente un asombroso visionario y una de las nobles figuras de la Edad Media española. Los navegantes del mundo entero pueden tomarle por patrono: vulgarizó la brújula, que, aunque conocida desde hacía mucho tiempo por los antiguos, sólo empíricamente se había utilizado hasta entonces. Sin la brújula, Cristóbal Colón no hubiera descubierto, dos siglos después, el Nuevo Mundo.