La Catedral de Piedra

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El siglo de San Fernando es el siglo de la catedral. Y en primer lugar, de la catedral de piedra.

Bajo el impulso de las grandes órdenes monásticas, especialmente de la de Cluny, el arte románico se había extendido, a partir del siglo XI, por todo Occidente. Por España, con muy lucida profusión.

El arte románico francés variaba según las regiones. Cada provincia tenía su escuela. La bóveda, desconocida en Normandía, era muy corriente en Borgoña. Las fachadas de las iglesias, marqueteadas de piedras de color en Auvernia, eran ornamentadas de esculturas en Poitou. Los arquitectos del Languedoc levantaban atrevidos campanarios y torres. En las iglesias románicas de España se encuentran trazas de esta diversidad.

La iglesia de San Vicente, en Ávila, es del más puro estilo borgoñón, con su bella fachada de dos puertas y sus pilares adornados con estatuas de apóstoles. La basílica de Compostela, levantada sobre las ruinas del humilde santuario de Santiago, es, sin duda, obra de maestros franceses, que siguieron en su construcción el modelo de Saint-Sernin de Toulouse.

La influencia languedociana no es nada sorprendente, ya que, en el siglo XII, existía en Compostela un taller tolosano. La escuela de Poitou dejó su huella en arcos y relieves de la fachada de ciertas iglesias navarras.

La arquitectura románica, todavía pesada y austera, aunque a veces la alegren capiteles y ladrillos rosados, cruzó los Pirineos por el camino de Santiago, «el camino francés». Su frialdad y su austeridad encajaban muy bien en el paisaje y en el clima del Norte español. Los macizos contrafuertes de las iglesias románicas pesaban sobre la ruda tierra de Navarra y de Aragón como las bóvedas de las cavernas.

Desde mediados del siglo XII, la influencia de los cluniacenses fue disminuyendo. Paralelamente, la Orden del Cister fue cobrando importancia y multiplicando sus monasterios. Y a la vez que penetraba en las conciencias la regla de los cistercienses, se producía una revolución en la arquitectura religiosa.