La Batalla de Lepanto

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Desde que los Reyes Católicos proscribieron de España a los moros, en la Península no quedaban más que los moriscos, musulmanes recientemente convertidos, y los mudéjares, descendientes de los moros que, desde hacía ya siglos, habían abrazado espontáneamente el catolicismo. Los mudéjares se habían incorporado totalmente a la España católica y se los podía tener por sinceros.

No ocurría lo mismo con los moriscos, cuya conversión había obedecido a la coacción y que, en su mayoría, continuaban observan do en secreto las prácticas del islamismo. Los más fervorosos, acosados por los esbirros de Felipe II, huían a las montañas, donde, para subsistir, se aliaban con los bandoleros a éstos les llamaban monfis. Como el número de fugitivos fuera en aumento cada día, Felipe II firmó una pragmática reforzando las medidas tomadas por sus antecesores contra los moriscos. Se les prohibía hablar árabe, cantar sus cantos nacionales, bailar sus danzas, celebrar sus ceremonias.

Los viernes tenían que dejar abiertas las puertas de sus casas, y a las mujeres no se les permitía llevar la cara tapada. Los moriscos, irritados por este edicto, decidieron sublevarse. En las Alpujarras se libraron duros combates entre los moriscos de Andalucía y las tropas del marqués de Mondéjar, gobernador de Andalucía. Como la cosa no quedara liquidada pronto, el rey encomendó a don Juan de Austria, su hermano bastardo, la misión de acabar con la sublevación. La cumplió, no sin trabajo.

Don Juan acudió a las medidas drásticas. Mandó convocar a los moriscos en sus parroquias respectivas, por orden del rey, y les hizo saber que serían deportados. Con la cuerda al cuello, encadenados unos a otros como animales, fueron conducidos fuera de Andalucía, hasta las fronteras de Castilla. En el camino, parte de ellos murieron de sed o bajo los golpes de los soldados.

Algunos escaparon entre los olivos. Y clavaron en una jaula, encima de la puerta de Granada que miraba hacia las Alpujarras, la cabeza de Aben Aboo, jefe de los insurrectos, para que nadie lo olvidara. Don Juan de Austria, asqueado de esta tarea, pidió a su hermano que le enviara a la guerra. «Tienes que ser un jefe, no un espadachín», le contestó Felipe II.

Pero el problema islámico tenía que rebasar el marco de la Península. Felipe II, preocupado por la amenaza constante que representaba la flota del sultán en el Mediterráneo, se alió con el papa Pio V y con la república de Venecia y organizó una poderosa expedición contra la flota otomana. Se encomendó el mando a don Juan de Austria, que acababa de probar sus armas en Granada.

Doscientas velas españolas se enfrentaron con trescientas velas turcas en el golfo de Lepanto, cerca de Cefalonia, no lejos del promontorio de Accio, que presenció la victoria de Octavio sobre Antonio. La muerte de Alf Bajá, herido de un tiro de arcabuz, fue la derrota de los turcos. Mientras treinta galeras enemigas iban al fondo del mar y veinticinco ardían, un soldado español, embarcado en la Marquesa, recibía una herida en el pecho y otra en el brazo izquierdo. Ese soldado era Miguel de Cervantes.

Cuando Felipe II se enteró de la rota otomana, cortó en seco las alabanzas a don Juan de Austria. «No es a don Juan, sino a Dios a quien hemos de agradecer la gloria de tan memorable acontecimiento.» El papa mostró más entusiasmo aplicando a don Juan las palabras del Evangelista. «Hubo un hombre enviado de Dios, y ese hombre se llamaba Juan.» Mas la victoria de Lepanto, como la de Carlos V contra Barbarroja, no permaneció.

Al año siguiente los turcos tomaron la ofensiva y Felipe II se vio obligado a concertar una tregua con ellos. No obstante, la batalla de Lepanto tuvo una inmensa resonancia en toda la Cristiandad. Había quedado demostrado que todo intento de invasión de los países occidentales ribereños del Mediterráneo por parte del Islam estaba destinado al fracaso. A menos, naturalmente, que cambiara la relación de fuerzas, y eso lo diría el porvenir.