Jaque al Emperador

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Carlos IV sucede a Carlos III. El nuevo rey tiene curiosas similitudes, físicas y morales, con su pariente Luis XVI, cuyo trágico destino acaba en el mismo momento. No hay más que consultar ese extraordinario documento humano que es La familia de Carlos IV, debido a Goya. ¡Qué rey y qué familia! En primer plano Carlos IV, macizo, gordo, con el pie adelantado como si se fuera a salir del cuadro. Ese tipo de labriego, esa nariz borbónica, esa papada, ese belfo blando: exactamente la majestad crasa y rústica de Luis XVI.

Semejanza moral también: irresolución, debilidad e ingenuidad. Carlos no tiene más pasiones que la caza y la relojería, ni más apetencias que la de la buena mesa. Las mujeres no le interesan. Seguramente por eso es el único que ignora su infortunio conyugal. Cuando alaba ingenuamente y ante quien quiere oírle la virtud de su mujer, se oye a su anciano padre murmurar: «¡Qué tonto eres, hijo mío!» La reina, María Luisa de Parma… Para imaginarse cómo fue, hay que recurrir también a Goya: esos ojos de barrena, esa cabeza de ave de presa encaramada en un largo cuello y esos hermosos brazos, esas manos patricias única belleza de la reina.

En una esquina del lienzo, sumergido en la penumbra, Goya sonríe. ¿Adivinaba que esa pareja regia, que pensaba ver inmortalizada su gloria por el pintor más grande de su tiempo, iba a sufrir la cólera del pueblo, el destierro y la muerte en tierra extraña? Los juicios emitidos sobre Carlos IV y su mujer por sus contemporáneos confirman el testimonio plástico de Goya. Dos embajadores del Primer Cónsul en Madrid expresaron con franqueza su punto de vista.

El primero, Luciano Bonaparte, dice de Carlos IV: «Es la flor de la antigua probidad castellana, religioso, generoso, confiado, demasiado confiado, porque juzga a los demás por él mismo». El segundo, Alquier, escribe a propósito de la reina: «Ninguna mujer miente con más aplomo ni ninguna tiene una perfidia más reconcentrada.» Y añade: «A los cincuenta años, tiene pretensiones y una coquetería que se perdonaría difícilmente a una mujer joven y bonita.

No merece reinar más que sobre lacayos. No ama a nadie ni nada, ni siquiera a sus amantes. Godoy la pega y la insulta, y los otros también.» Y, sin embargo, nunca España fue tan grande como en tiempos de sus malos pastores.

La corte de Madrid mira con ansiedad a Francia, donde se precipitan los Luis XVI ha convocado los Estados Generales. En seguida viene el juramento del Juego de Pelota, la toma de la Bastilla, la Declaración de los Derechos del Hombre y la Constitución de 1791. Luis XVI es detenido en Varennes. Le encierran en el Temple. La diplomacia española, invocando el Pacto de Familia, intenta salvar al monarca francés.

En una carta dirigida al ministro francés de Asuntos Exteriores, el embajador de España en París protesta con indignación, en nombre de su rey, del trato infligido a Luis XVI. Entre todos los soberanos de Europa, Carlos IV es el único que toma abiertamente partido por su «pariente y antiguo aliado». Pero la Convención permanece insensible a las intervenciones de España. Luis XVI es juzgado, condenado y decapitado.

Mientras se agrian las relaciones entre los dos gobiernos, continúa en España la propaganda revolucionaria. La voz tonante de Mirabeau resuena hasta en Madrid. Circulan de tapadillo la Declaración de los Derechos del Hombre y las obras de Necker, escondidas en sombreros de castor o en cajas de nácar. Pero la ejecución de Luis XVI y la persecución religiosa desencadenada por los Montagnards levantan las iras de la España monárquica y católica. Oficiales franceses realistas y sacerdotes «refractarios» pasan la frontera.

En Francia se instaura el Terror. Al mismo tiempo, en Madrid estalla un motín palaciego. Hasta entonces, la política exterior había estado en manos de Floridablanca, primero, y del conde de Aranda, después. Aranda es suplantado por Godoy, favorito de la reina. En unos meses, este simple guardia de corps extremeño, buen mozo y bailarín brillante, asciende, por gracia de María Luisa, a comendador de Santiago, duque de Alcudia, grande de España y caballero del Toisón de Oro. Ahora, a los veinticinco años, es primer ministro. La Convención le da a elegir entre la alianza y la guerra. Godoy elige la guerra.

El primer conflicto franco-español del siglo XIX dura dos años. Las operaciones quedan localizadas en Cataluña y en el País Vasco. Los españoles no tardan en darse cuenta de la inutilidad de esta guerra y proponen a la Francia jacobina reanudar la alianza borbónica, tan torpemente rota. La paz se firma en Basilea, y, en San Ildefonso, se renueva el pacto de los Borbones. Godoy ya príncipe de la Paz torna de nuevo sus miradas a Francia, gobernada ahora por el Directorio, y no para combatirla, sino para aliarse con ella.

En esto, estalla en Francia el trueno del 18 Brumario. Bonaparte, que ha venido de Egipto a toda prisa, derriba al Directorio y se hace proclamar Primer Cónsul. A los tres años, se adjudica el título de Cónsul vitalicio. Pasados unos meses, recibe de manos de Pio VIII la corona de Emperador de los franceses.

En las gradas del altar mayor de Notre-Dame, en la primera fila de diplomáticos extranjeros, se destaca la altiva figura del embajador de España. ¿Señal de una aproximación entre la vieja monarquía católica y el nuevo imperio revolucionario?

Bailen Presagia Waterloo

Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812