Francisco Javier, Conquistador de Cipango

0
25

El siglo XVI español es el siglo del movimiento. Si la palabra «dinámico» tiene un sentido, es cuando se aplica a las empresas de los reyes, de los clérigos, de los místicos, de los conquistadores españoles de ese siglo.

Moverse en extensiones terrestres sin límites conocidos o en los espacios insondables del pensamiento puro: tal parece el destino de aquellos hombres colmados de una maravillosa ignorancia. Cristóbal Colón, al tocar en las Antillas, creía estar en Cipango. Cincuenta años más tarde, un español llegaba de verdad a Cipango: Francisco de Jassu, navido en Javier, pueblo de Navarra.

Francisco es el sexto hijo de Juan de Jassu y de María de Azmilcueta. El medio familiar es austero, a imagen del castillo paterno que, en la maciza portalada, lleva las armas de los señores de Javier en campo de gules, con una media luna, jaquelado en blanco y negro. En el momento de la batalla de Pamplona, Francisco tiene quince años.

Sus dos hermanos mayores luchan en las filas del rey de Francia, pues el reino de Navarra, aunque independiente, corresponde a la corona de Francia desde Carlos el Calvo. En las filas españolas se bate como un león Ignacio de Loyola. No tardarán en encontrarse ambos, Ignacio y Francisco.

A los dieciocho años, Francisco va a París. Se apunta en el colegio Sainte-Barbe y sigue los cursos de la Sorbona, que tienen por entonces fama mundial. Allí conoce a Ignacio de Loyola. Toma parte con él en el voto de Montmartre, recibe las órdenes sacerdotales y al poco tiempo, respondiendo a la llamada del rey de Portugal, embarca para la India.

La víspera de salir de Lisboa, recibe del papa Paulo III un breve acreditándole como nuncio apostólico cerca de las autoridades reinantes «en las islas del mar Rojo, del golfo Pérsico, del océano y en la región sita allende y aquende el cabo de Buena Esperanza». El campo es grande. La meta precisa del primer viaje es Goa, capital de la India portuguesa, en la costa occidental del Indostán.

Ya está Francisco en Goa, a la que Camoens llama «Babilonia de iniquidad». Su pobre sotana de algodón desentona de las ricas vestiduras de los portugueses y de sus esposas, pintadas y muy adornadas de piedras preciosas. Se mezcla con esa gente tan brillante, que depara sin embargo el triste espectáculo de los esclavos con grilletes a los pies y de los neófitos indios harapientos.

Francisco no vacila en jugar a los dados con los bergantes del puerto o invitarse familiarmente en casa de los pescadores, con gran escándalo de los portugueses «de orden». Pero Francisco no ha pasado el mar por ellos. Embarca de nuevo y desembarca en la costa occidental de la India, bordea la laguna de Malabar, pasa frente a Calcuta, entrevé Cochin, la ciudad de la canela y de las especias, y desembarca en el cabo Comorín, en el reino de Travancor, donde viven los pescadores de perlas.

Francisco está ahora entre los paraveres, no lejos de Ramanancor, la pagoda sagrada, rival de Benarés. Cuando hace buen tiempo, se pueden ver las costas de Ceilán, la isla santa donde reside Visnú, encarnación de Brahma. La costa de la Pesquería es una de las menos hospitalarias del mundo. Ni una sombra, fuera de la brevísima de los cocoteros, que arranca a veces el monzón, galopante desde el golfo de Bengala. Niños escuálidos.

Esclavos con las orejas ribeteadas de hierro. Un silencio abrumador que sólo rompen las redes en la arena. Los brahmanes, abanicándose con una hoja de palmera, siguen con la mirada a ese hombre blanco que lleva de ceñidor un rosario. Francisco permanece dos años entre los paraveres. Camina por las playas, duerme debajo de una palmera, se alimenta con un puñado de arroz cocido con agua y pimienta.

Aprende el malabar y va día y noche de choza en choza enseñando el catecismo, administrando los sacramentos, procurando convertir almas. Su pobreza es mayor aún que la del penitente hindú el saniassi, que, por lo menos, va vestido de dril, calza zuecos y lleva un bambú. Por eso los brahmanes le respetan.

Francisco Javier se despide de los paraveres y embarca para Malaca y las Molucas. Ya le tenemos en Malasia. Va de isla en isla, pasa el estrecho, costea Sumatra y Java, deja a la izquierda Macassar y las Celebes, aspira el cálido aliento de las Molucas y vuelve a Malaca.

En pie en la proa del navío, Francisco Javier echa el agua lustral hacia esas islas embalsamadas. No lejos de Tidor aparece Ternate, con sus volcanes «que vomitan flores». Gobierna Ternate una reina anciana, Neachila Pocaragua. Francisco Javier la bautiza y le pone el nombre de Isabel. A los tres meses de permanecer el apóstol en el pequeño reino, toda la población es ya cristiana y los estibadores malayos cargan los navíos cantando el Credo. Y Francisco Javier, peregrino fulgurante de los mares del Sur, vuela de isla en isla como el pájaro de fuego que sólo toca tierra en el instante en que la vida le abandona.

Pero Francisco, antes de tocar tierra por última vez, intenta su gran aventura. Hace tiempo que piensa en el Japón, no para anexionarlo al imperio español, sino con el ardiente afán de convertirlo en una provincia espiritual de la cristiandad. El hombre que, en el castillo de proa de la Santa María, pensaba en Cipango, está hoy muy cerca de este cuyo junco entra hoy en la bahía de Kagoshima, a los catorce años, día por día, del voto de Montmartre.

La acogida de los japoneses es amable, y Francisco Javier los aprecia, porque  dice se encuentra entre ellos lo que acaso no se encuentra entre los cristianos: un noble puede ser pobre y los plebeyos muy ricos, pero ese noble será tan considerado como si poseyera una gran fortuna… El Japón está muy bien dispuesto para la propagación de la fe… Francisco permanece un año en Kagoshima. Comienza por visitar al daimio, el cual le concede autorización a para enseñar al pueblo, a condición de que no ejerza sobre él ninguna coacción moral. Francisco Javier no pide más. Pero sí desearía visitar al emperador «de las sesenta y seis provincias».

Recibe uns cortés negativa. ¡Más adelante! Francisco y sus compañeros ¡dos! se instalan en una casita de madera techada de paja de arroz y con tabiques de papel. Intentan redactar un «digesto» de la religión católica en lengua japonesa «lleno de patéticos solecismos». El Japón los sorprende más que ellos al Japón.

Pasados veinticinco años, un visitador jesuita expresa así ese asombro: «Un mundo al revés, todo al contrario de nuestro mundo europeo; un mundo en que el blanco que a nosotros nos alegra es para ellos señal de luto, donde las mujeres se pintan los dientes de negro y se fajan prietas cuando están encinta, donde los hombres saludan, comen y montan a caballo de manera muy diferente a como nosotros lo hacemos.» Pero ese mundo extraño es también de Dios, piensa el tozudo vasco.

Después de una misión infructuosa en Kioto, capital política del Japón, Francisco se queda en Yamaguchi. Yamaguchi es por entonces una ciudad próspera y poblada, centro de las artes, de las letras y de la moda. Sus certámenes de poesía son famosos y sus festivales de danza atraen a mucha gente. Francisco quiere intentar que la población de Yamaguchi escuche su mensaje.

Decide predicar en la calle. Pero este intento de comunicación directa con el pueblo, bueno para un pueblo de pescadores, fracasa en esa ciudad de escépticos refinados. El predicador, con sus grandes ademanes de murciélago y su habla vacilante, mueve a risa. Y lo que dice escandaliza, pues sostiene cosas tan chocantes como la inmortalidel del hombre y el suicidio de un Dios hecho hombre. Ante el fracaso de la elocuencia callejera, Francisco Javier cambia de táctica.

Al fin y al cabo, en su calidad de legado pontificio, ostenta todas las prerrogativas de un embajador. Y va a hacer uso de ellas. Echándose un magnífico manto sobre la mísera sotana, se presenta al daimio y le exhibe sus cartas credenciales.

Unos servidores depositan a los pies del príncipe japonés los trece regalos de Portugal, entre ellos un reloj de ruedas que da las horas, un arcabuz con incrustaciones de piedras preciosas y que dispara tres veces sin volver a cargarlo cada una, botellas de cristal tallado, una caja de música, espejos, piezas de brocado y, sobre todo, unas antiparras con las cuales los viejos samurais leen como a los veinte años.

El daimio, entusiasmado con la persona de Francisco Javier y con sus presentes, le concede permiso para predicar, una residencia en la pagoda y un extenso terreno para futura iglesia. En el acta de donación se explica que los jesuitas son «bonzos del Oeste que han ido a predicar la salvación para llevar a la liberación».

Y en la antecámara de Francisco Javier comienzan unas controversias extrañas y siempre corteses. El vasco comenta y explica el Evangelio titubeando en la elección de las palabras. Nobles, bonzos y tenderos, sentados sobre los talones, escuchan durante horas esa voz bronca de inflexiones navarras.

Después hacen preguntas, insólitas a veces. Eso de que la tierra sea redonda les sorprende. No saben nada de la lluvia, del rayo o del movimiento de los astros. Los sacerdotes budistas toman, a su vez, la palabra.

Señalan las similitudes de la enseñanza de Jesús con la del solitario de los Çakyas que, cinco siglos antes del primero, predicaba ya el renunciamiento a sí mismo. Los sintoístas pues un cisma ensombreció el imperio del Sol Naciente les oponen la diosa Amaterasu. Largos silencios cortan las palabras. No se oye más que el aleteo de los abanicos y el roce de los sables con el cinturón de seda de los samurais.

Después del Japón, China… Francisco deja encomendada a sus fieles compañeros, Juan Fernández y Cosme de Forres, la misión japonesa y vuelve a Goa. Ya se encuentra otra vez en la ruta de los mandarines. Pero está cansado.

En el camino, cae enfermo. Le desembarcan en la isla de San Choan, frente a Cantón. Acostado en el umbral de una mísera choza, sin más compañía que un portugués y un malabar, espera en vano un barco que le lleve a su destino. Pero las velas van disminuyendo hasta esfumarse. Pasan los días. «Vuestra Reverencia está muy mal», suspira el portugués poniéndole una vela en la mano. Tan mal que va a morir, que muere, mirando hacia la China, tan próxima y a la que nunca llegará.