El Califato de Córdoba

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Dicen que Helena fue la causa de la guerra de Troya. Y que, también según la leyenda, el origen de la invasión árabe hay que buscarlo en la hermosa Florinda, llamada la Cava, la Mala. Hija del conde Julián, gobernador de Ceuta.

El rey Rodrigo siempre según la leyenda la vio bañarse en el Tajo, en Toledo, quedó locamente prendado de ella y la tomó por fuerza. Don Julián acusó el ultraje, acuciada su ira por su huésped Oppa, hermano de Vitiza, cuyo hijo, Akhila, era el infortunado rival de Rodrigo.

Todos los adversarios del régimen, los resentidos, los descontentos, se habían refugiado en Ceuta, en torno al príncipe derrotado. Bastaba una chispa para encender en llamas aquel foco de rebelión. Y la chispa fue el honor mancillado de Florinda.

Ya hacía tiempo que Muza-Ibs-Nokair, delegado del califa en Tánger, tenía puestos los ojos en la costa española. Cuando el tiempo estaba claro, parecía al alcance de la mano. Se podían contar las casas, seguir el movimiento de los barcos y, los días de viento fuerte, percibir el aroma de las naranjas de España.

Todo esto excitaba al valí, el amo del África del Norte, recién conquistada por los árabes de Oriente, los chargins, a los que los visigodos llamaban sarracenos.

Los guerreros de Muza no se habían privado de desembarcar en la costa. No ignoraban ninguno de sus secretos. Cuando volvían de aquellas razzias, se apresuraban a dar cuenta al valí. Por otra parte, algunos de los judíos expulsados por los reyes godos los informaban sobre el estado político del país, el creciente dominio ejercido por el clero sobre el poder temporal, la afeminación de los príncipes.

Los emisarios de Akhila que no se consolaba de haber sido eliminado del trono y deseaba ardientemente la caída de Rodrigo solicitaban abiertamente la intervención árabe. «Cruzad el mar insinuaban; seréis recibidos como salvadores.» Con el fin de conocer bien las defensas adversas, Muza encomendó a su liberto Tarif una operación de reconocimiento, que se llevó a cabo con pleno éxito.

Después de anclar en un pequeño puerto andaluz el futuro Tarifa, el liberto, sin que nadie se le opusiera, arrambló con un importante botín y se volvió a Tánger.

Por último, el valí, después de ponerse de acuerdo con Damasco y llegado el momento oportuno, lanzó contra España un cuerpo expedicionario compuesto de 7.000 beréberes bajo el mando de un jefe de su raza, Tarik ben Ziyad.

En junio del año 711 pasaron el estrecho que los griegos habían llamado las Columnas de Hércules, desembarcaron en el peñón de Gibraltar (Djebel Tarik: montaña de Tarik) y allí establecieron su cabeza de puente, desde la cual se dirigieron a Algeciras. Mientras tanto, Muza había mandado a su lugarteniente un refuerzo de cinco mil soldados.

Entre Algeciras y Cádiz, los invasores se encontraron con las tropas que Rodrigo había reunido a toda prisa. El 19 de julio se libró una terrible batalla a orillas del Guadalete. Rodrigo, que acudió a la liza en un carro de marfil, como era costumbre de los reyes godos, ostentaba un manto de púrpura, corona de oro y borceguíes de brocado de plata.

En lo más duro de la pelea apeóse del carro y montó en un caballo blanco. Los visigodos, a pesar de su valor, no resistieron mucho tiempo ante la furia árabe. Los jinetes beréberes acudían por todas partes, cabalgando unos caballos de poca alzada y larga cola, flotando al viento los amplios albornoces. Entre alaridos, blandían sobre sus turbantes unas lanzas cortas o hacían molinetes con las cimitarras.

Aquellos gritos guturales, aquel silbar de flechas, el relinchar de los caballos, el choque de armas y armaduras dieron cuenta cumplida de los godos. Cuando cayó la noche sobre los campos jerezanos, los beréberes pudieron enarbolar el pendón verde del profeta. Pero en vano buscaron a Rodrigo. Lo único que quizás encontraron fue su caballo blanco medio enterrado en el cieno y, no lejos de allí, un borceguí de plata.

Parece que, a los cincuenta años de la batalla del Guadalete, se encontró en la localidad portuguesa de Viseu una piedra sepulcral con este epitafio: HIC REQUIESCIT RODERICUS REX ULTIMUS GOTHORUM. Pero es difícil imaginar a aquel rey vencido y desesperado huyendo hacia el exilio. Aun suponiendo que escapara a los golpes del enemigo, ¿podía sobrevivir al horror de ver cabalgar al frente del ejército musulmán y conducirlo al ataque al obispo Oppas y al conde Julián, sus hermanos de raza, de patria y de religión? La derrota de Rodrigo abre a los invasores la ciudad de Sevilla.

La atraviesan como una tromba, rebasan Carmona, arrollan en Écija a los últimos soldados visigodos, se apoderan de Córdoba y llegan a Toledo. Mientras tanto, Muza, que quiere su parte, en la victoria, desembarca a su vez, atraviesa Sierra Morena, conquista Mérida, liquida en Salamanca las menguadas tropas que seguían fieles a Rodrigo y se une a Tarik bajo las murallas de Toledo. Y allí, el valí de Ifrikia, ebrio de orgullo, proclama, en nombre de su señor el califa de Córdoba, la anexión de España al imperio islámico.

De esta suerte, España, que había resistido más de trescientos años contra las legiones romanas, queda en unos días convertida en colonia musulmana. ¡Con qué estupefacción vería la plebe andaluza a los soldados del profeta irrumpiendo en la antigua calzada de Caracalla! Aquellos jinetes pequeños y morenos que pasaban envueltos en una nube de polvo, aquellos mamelucos que blandían unos sables curvos, ¿eran ahora sus amos? ¿Ya no había rey en España? ¿Conque era cierto todo aquello que se contaba de Toledo: la mala vida de los príncipes, la rapacidad de los funcionarios, la corrupción del clero?

Sí, desde luego. Mas sería injusto y falso cargar únicamente a la Iglesia la responsabilidad de un derrumbamiento tan brutal. Se puede reprochar a su actuación el haber sido más política e intelectual que humana. Aquel clero fastuoso y cultivado, amigo de los duques y de los condes, gran elector de los reyes, no había hecho gran cosa por mejorar la condición del pueblo. Claro que no podía tratarse de abolir la esclavitud. Proposición tal ¡en el siglo VII! no hubiera tenido la menor probabilidad de triunfar.

Los concilios habían llegado ya muy lejos en el campo social. De todos modos, hubiera estado muy bien que la predicación del Evangelio fuera acompañada de ciertas medidas liberales, aunque ello disgustara a los señores. Pero era demasiado pedir a aquella poderosa oligarquía eclesiástica, que tenía demasiado apego a sus prebendas, a sus bienes y a sus prerrogativas para jugarse todo esto exponiéndose al descontento de los príncipes. Pero, a la larga, le salió mal la cuenta. El pueblo sabe quién le desprecia.

Y se acuerda cuando los que ayer le desdeñaban requieren hoy su servicio. Al desprecio de los amos, el pueblo responde con la pasividad. Se comprende que los siervos, maltratados por el señor feudal, desconfiaron del clero y, no sintiendo por uno ni por otro amor ni gratitud ni odio siquiera, dejaran pasar sin hacerle frente a la oleada de los infieles. Al fin y al cabo, ¿qué tenían ellos que perder?

Por otra parte, la propaganda judía llevaba ya mucho tiempo abriendo brecha en España. La torpe persecución de Sisebuto contra los judíos dio por resultado que los judíos buscaran la alianza de los bizantinos y de los beréberes de África.

Unos años antes de la invasión musulmana, los judíos españoles se habían puesto de acuerdo con sus hermanos de África para intentar un levantamiento contra la monarquía visigoda, apoyado por un desembarco beréber. Descubierto el complot, se recrudeció el rigor contra los judíos. Pero la cosa quedó sólo aplazada.

Los judíos, exasperados por los malos tratos de que eran objeto, predicaban sordamente la rebelión. «¡Mueran los visigodos! ¡Vengan pronto los libertadores del Sur!»

El mismo lenguaje empleaban Akhila y sus partidarios. Su odio a Rodrigo y su ambición de poder fueron más fuertes que su patriotismo. Cualquier ayuda hasta la del judío, hasta la del africano les parecía buena desde el momento en que se trataba de derrocar al rey y apoderarse de su trono.

En el fondo, aquellos señores godos se imaginaban ¿debemos abonarles en su descargo semejante candidez? que la permanencia de Tarik en España sería breve y que, una vez ahíto de botín, se volvería a sus predios, dejando el sitio libre a una nueva dinastía.

No tardaron el príncipe y su clientela en darse cuenta de su fatal error. Mezclados con los soldados de Rodrigo, huyeron a su vez de la oleada musulmana. Los siervos y los judíos salieron mejor librados. Con los primeros, los vencedores fueron clementes. ¿No era caso político, por parte de los ocupantes, tratar bien a sus futuros obreros?

En cuanto a los judíos, en recompensa a sus buenos servicios, se les encomendó la función política en las ciudades conquistadas por los musulmanes. Es fácil imaginar el celo con que los judíos desempeñaron una tarea que servía a su rencor. Pero los cristianos de España no olvidaron aquella humillación.

Al cabo de seiscientos años, cuando los Reyes Católicos firmaron el decreto de expulsión de los judíos, pensaron seguramente en aquellos que, no contentos con abrir a los beréberes el camino de la invasión, proporcionaron guarniciones para humillar a los cristianos. Ya se sabe: venganza tras venganza.

Recordemos por último que no fue únicamente la iniciativa militar de unos cuantos miles de árabes y de beréberes lo que derribó el sistema hispanovisigótico. Mucho antes de Tarik ya se conocía en la Península el Islam, su lengua, su religión.

En muchos medios cultivados se evocaba con delicia el pensamiento mahometano. Andalucía, que tenía por entonces varios millones de habitantes, miraba a menudo hacia el estrecho con una curiosidad muy parecida a la nostalgia. El valí de Tánger estaba bien enterado de todo esto. Sabía que en Córdoba el sitio estaba esperando la mezquita. El ejército no es nunca más que un instrumento al servicio de una idea. Y la idea árabe se había adelantado desde hacía mucho tiempo a los mercenarios del hombre de Gibraltar.

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