Don Quijote, Caballero del Siglo de Oro

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Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares. Su abuelo era licenciado y desempeñó durante mucho tiempo el cargo de corregidor. Su padre, por falta de capacidad, no llegó a obtener el título de médico. Se quedó en cirujano, para sangrar y vendar. Además, era un andariego.

Y la infancia de Miguel se pasa errando de pueblo en pueblo a la zaga de su padre, eternamente descontento de su suerte. Sus estudios se resienten de ello. Cervantes no será nunca ni un humanista ni un sabio. Pero sabrá burlarse admirablemente de unos y otros. Al mozo le atrae la aventura. Se enrola en las tropas españolas que guerrean en Italia, embarca en la Marquesa y toma parte en la batalla de Lepanto. Una bala en el brazo izquierdo le dará el título de «el Manco de Lepanto».

Cervantes le dará una buena réplica a Avellaneda, plagiario del Quijote, que se burla torpemente de su edad y de su manquedad. «Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros.» Don Juan de Austria le estrecha la mano válida.

Aunque inválido para el servicio, Cervantes toma parte en la expedición de Túnez contra los turcos. Lo apresan los piratas berberiscos y le llevan a Argel. Allí pasa cinco años, y, más tarde, contará la historia de su cautiverio argelino por boca del cautivo: «Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquél; y esto por tan poca ocasión y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano.»

En realidad, a Cervantes le trataron con relativa consideración, pues era de los que se podía esperar rescate. El rescate se paga por fin y el cautivo recobra la libertad.

Cervantes tiene treinta y tres años. Busca un empleo. El que encuentra por fin, al cabo de mil gestiones humillantes, tiene muy mala fama: ¡alcabalero! Ya tenemos a Cervantes con una vara en la mano, montado en una mula de alquiler, trotando de pueblo en pueblo a la busca de víveres para la futura Armada que Felipe II proyecta lanzar a las costas de los ingleses. Oficio triste e ingrato que Cervantes no ejercerá mucho tiempo. Llevado a su pesara negocios turbios, pierde el empleo de alcabalero y va a la cárcel por deudas.

Cervantes ha trasladado su hogar a Valladolid. Cuatro mujeres: sus hermanas Magdalena y Andrea, su sobrina Constanza y su hija natural, Isabel de Saavedra. En cuanto a la esposa persona muy digna pero poco simpática, vive en otro lugar. Una esposa que no asoma sino para armar camorra, dos hermanas hurañas, una hija bobalicona, una sobrina indiferente; tal es la triste familia del poeta soldado que está escribiendo Don Quijote.

No lo toman en serio, le riñen, le irritan. Pero miren por dónde la literatura va a dar de comer a nuestro hombre. Animado por el éxito de Don Quijote, Cervantes se traslada a Madrid con su desapacible tribu. Publica las Novelas ejemplares, que tienen mucho éxito, pero no le traen la fortuna. Para fastidiar al autor del falso Don Quijote, escribe Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que terminan su carrera literaria.

Cervantes tiene sesenta y ocho años. Está viejo, pero con el entendimiento siempre vivo. Su situación material, sin ser floreciente no lo será jamás, le pone al abrigo de la miseria. ¡Tan cerca de la muerte! Sin duda es una postrera burla del destino. Pues Cervantes vive ahora sus últimos días. Lo sabe, y el saberlo no se traduce en quejas.

Escribe al conde de Lemos, parodiando una vieja canción popular: «Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo.» Y concluye: «¡A Dios, gracias; a Dios, donaires; a Dios, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros pronto contentos en la otra vida!»

Hace testamento, expira casi solo y le entierran como a pobre, con la cara destapada, como lo exigía la regla de San Francisco, de la que era terciario.

Don Quijote es el fruto imperecedero y tardío Cervantes lo empieza en las cercanías de la sesentena de una profunda experiencia de la vida y de los hombres. El tema es conocido: un hidalgo de La Mancha, sin fortuna, ocupa sus ocios en leer novelas de caballerías. Con tal pasión se entrega a esta lectura, que pierde el juicio. Se vuelve loco, se cree un caballero errante y se echa a los caminos, adarga al brazo y lanza en ristre, seguido de su escudero Sancho Panza. Al cabo de numerosas aventuras, Don Quijote torna a su casa, recobra la razón y muere cuerdo.

Tal es el tema. Una simple farsa, la divertida sátira de una moda literaria que hacía furor en España. Pero el punto de partida inicial queda rebasado. La oposición entre Don Quijote y Sancho es la oposición entre el hombre y la sociedad del siglo XVI español. Don Quijote propone a la moderna España soluciones medievales. Es anacrónico y, sin embargo, atinadísimo. Predicando la independencia, lo antiburgués, la fidelidad al ideal, el caballero de La Mancha encarna al hombre libre, y su abollada armadura tiene un curioso parentesco con el raído chaqué de Charlot.

El español blande su lanza, el anglo-americano hace molinetes con su bastón, y la bacía de barbero que el hidalgo se cala a guisa de yelmo no anda muy lejos del hongo en un cubo de basura neoyorkino. La regla de oro del quijotismo es el respeto a la palabra dada, pero también el sentido del deber. No descansará «su descanso es pelear» hasta que haya cumplido ese deber, por muchos peligros que haya de correr para cumplirlo. Arremete contra las aspas de unos molinos y las toma por gigantes con la misma intrepidez de Charlot cuando no vacila en afrontar, por defender a una muchacha honesta y pobre, la furia de unos policías enormes o la brutalidad de unos atléticos gamberros.

Quiere decirse que ese loco estoico que, siempre dispuesto a desfacer entuertos de la injusticia, espolea los tísicos ijares de su rocín no es sólo el símbolo temporal de la España de Felipe II, metida en agotadoras lides, sino que encarna también el eterno drama del hombre y su circunstancia. Juan de la Cruz estará solo ante Dios. Don Quijote está solo frente al mundo. Cuando camina, adarga al brazo, por la llanada de Montiel, surge violento el choque entre el héroe débil y desvalido y ese desierto llameante, sin sombra y sin agua. Inadaptación mental del hombre a su medio, desacuerdo espiritual: tal es el problema que plantea Don Quijote. ¿Se adaptará el héroe al mundo, o el mundo al héroe?

Pero es que el hombre libre no se adapta jamás. «Dejadme volver a mi antigua libertad», exclama sollozando Sancho Panza, después de besar a su rucio. Y Don Quijote le hace eco pronunciando estas graves palabras, que resumen toda la filosofía de la obra la misteriosa grandeza del héroe. «La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre.» Y las inmortales siluetas del amo y del escudero se van achicando hasta fundirse en el horizonte nocturno, donde empiezan a aparecer el capirote de las princesas y el negro perfil de los castillos encantados.