De la Mesa de Salomón a las Diademas de los Reyes Godos

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Árabes y beréberes…

Cuando Muza se entera de la victoria de Tarik en el Guadalete, le invade un sentimiento de rabia. Odia más a los beréberes que a los visigodos. Como no está dispuesto a perder su parte de conquista, el valí ordena a su lugarteniente que suspenda las operaciones, mientras él se prepara para ir en persona a España.

 

Puesto que el negocio va tan bien, le corresponde administrarlo. Pero Tarik no es de la misma opinión. Y, saltándose las instrucciones de su jefe, decide continuar la campaña triunfal. Distribuye su ejército en tres divisiones. La primera, mandada por un renegado llamado Mugith al-Rumf, se dirige a Córdoba; la segunda, a las órdenes de Saidben-Kesadi, es destinada al litoral, y Tarik toma el mando de la tercera división. Objetivo: Toledo.

 

En unas semanas caen en poder de los beréberes las grandes ciudades del Sur. Mientras Mugith se apodera de Córdoba sin gran dificultad sus soldados, disfrazados de godos, utilizan sus turbantes, desenrollados, para escalar las murallas, Said toma rápidamente Málaga, Granada, Sevilla donde el obispo Oppas sale a recibirle a las puertas de la ciudad y establece contacto con Tarik en las afueras de Toledo. Gracias a la traición de los judíos, la capital de los visigodos se rinde casi sin resistencia.

 

En general, el invasor es bastante bien recibido. ¿Dejarse matar por los godos y por los frailes? ¡Estaría bueno! Por otra parte, y bien mirado, las condiciones que impone el vencedor no son tan malas. El tributo impuesto a los ricos es razonable: una quinta y a veces un diezmo de la renta. Los cristianos conservan su libertad de culto, a condición de celebrarlo en el interior de las iglesias.

 

Permanecen abiertas siete, lo cual es bastante para la población cristiana.. Los municipios se administran por sí mismos. De modo que conviene mucho someterse de buen grado. Por lo demás, los que vacilan se convencen en seguida al ver las cabezas de los recalcitrantes expuestas en las murallas o unos cuantos crucificados pudriéndose en lo alto de las colinas.

 

Sin embargo, por muy mansos que sean los soldados vencedores, ¿cómo impedirles el saqueo? Tarik da el ejemplo. En Toledo, arrambla con las veinticinco coronas incrustadas de piedras preciosas de los veinticinco reyes godos que reinaron en España, desde Leovigildo hasta Rodrigo. En el actual Medinaceli, a orillas del Jalón, Tarik descubre una mesa de oro y de plata, adornada de corales y perlas y con los signos del Zodíaco.

 

Trescientas sesenta esmeraldas incrustadas en el borde representan la división de la circunferencia en grados. «Es la mesa de Salomón», afirman los árabes letrados. Probablemente la trajeron los godos de Roma o Tito de Jerusalén. Tarik, deslumbrado pero diplomático, manda poner aquello en sus bagajes. Lo ofrecerá a su jefe supremo, el califa de Bagdad.

 

Muza desembarca en Algeciras al frente de ocho mil infantes y diez mil jinetes. A su lado caracolea su hijo, Abd al-Aziz. Ese diablo de Tarik no lo ha tomado todo aún. Medina Sidonia, Carmona, Mérida se someten al valí. De Mérida a Toledo en una carrera. A Muza le corre prisa encontrarse con Tarik. Y no ciertamente para cumplimentarle.

 

Ya están los dos hombres frente a frente. Muza, pálido de rabia. Tarik, cauto, pues teme la ira de su jefe. Para amansarle, le ofrece su propia parte de botín y hasta la mesa de Salomón, a la que ha quitado subrepticiamente una de las patas. Pero la generosidad de Tarik no desarma al valí.

 

Acusa a su lugarteniente de desobediencia, le reprocha con aspereza sus iniciativas y no contento con retirarle el mando, ordena azotarle y encarcelarle.

 

Mientras tanto, Abd al-Aziz combate en la costa. Teodomiro, su adversario godo, le da mucho que hacer. Parapetado en las montañas de Murcia, resiste a todos los ataques de Abd al-Aziz. Este pone sitio a Orihuela, pero no se atreve a lanzarse al asalto, porque las murallas están defendidas por una tropa numerosa y bien armada. Y se aviene a negociar con Teodomiro.

 

El musulmán y el godo firman un tratado estipulando, entre otros puntos, que el segundo no será desposeído ni expulsado de su reino; que los fieles no matarán, no capturarán ni separarán a los cristianos; que no se quemarán sus iglesias…; que él y los suyos pagarán un tributo anual de un dinar de oro por cabeza, cuatro medidas de trigo, cuatro de cebada, cuatro de vino elaborado, cuatro de vinagre, cuatro de miel y cuatro de aceite.

 

Teodomiro, con la garantía de esta paz honorable, manda abrir las puertas de la ciudad. ¡Qué asombro el de Abdal-Aziz al ver de cerca la guarnición de Orihuela! Los tremebundos defensores emboscados detrás de las almenas no son sino mujeres que se han puesto la larga cabellera en torno a la cara para simular la barba de los visigodos. Abd al-Aziz es un buen muchacho. En vez de denunciar el pacto abusivamente conseguido, se echa a reír y da el abrazo al astuto Teodomiro.

 

El comportamiento de Muza con Tarik no ha sido del agrado del califa, Abd al-Walik. Manda al valí que ponga en libertad a su lugarteniente y que continúe las operaciones de acuerdo con él. Muza obedece al primer punto, pero se niega a la colaboración militar. Cada uno hará la guerra por su cuenta. Tarik desciende por el valle del Ebro, somete a Tortosa y avanza por la costa mediterránea hasta Murcia.

 

Muza guerrea por las montañas de Galicia. Abriga locas ambiciones y sueña nada menos que con conquistar Europa entera, atacando a Galia, Germania, Italia y Grecia, mientras que otro ejército musulmán avanzaría por Asia Menor. Sus relaciones con Tarik se van envenenando cada vez más, lo que no pasa inadvertido al califa, muy descontento de que aquella rivalidad de capitanes comprometa el éxito de la campaña.

 

Los convoca a Damasco. Mientras Muza y Tarik se dirigen a Siria, separadamente y por distintos caminos, Abd al-Walik muere de repente. Es su hermano Sulayman quien recibe a los dos rivales. El nuevo califa envuelve en una mirada glacial al árabe y al beréber. ¡Tan mohínos el uno como el otro, los dos brillantes estrategas! Muza, con el designio de apaciguar las iras de Sulayman, manda poner a sus pies la mesa de Salomón. Al califa se le encienden los ojos.

 

¡Qué maravilla! Pero a la mesa le falta una pata. ¿Dónde está? Tarik sonríe. ¿Cómo lo va a saber Muza, si la mesa legendaria la encontró él, Tarik? Muza replica vivamente. El califa baja los párpados y pasa las cuentas de su rosario, como indiferente, de pronto, a la disputa. Tarik abre su albornoz blanco y saca la pata que le falta a la mesa.

 

¡Ahí está la prueba de lo que dice! El califa se estremece de ira. ¡Han engañado al jefe supremo de los creyentes! Ya salen las cimitarras de sus vainas. Muza se echa a temblar. Pero Sulayman, sin dejar de pasar las cuentas del rosario, pronuncia con voz suave su sentencia: Muza pagará una fuerte multa y permanecerá un día entero expuesto en público. Después, volverá a tomar el mando. Pues el Islam le necesita.

 

Más le hubiera valido a Muza ser apaleado o hasta decapitado. Pues el castigo que le va a Sulayman infligir Sulayman castigo largamente meditado será terrible. Abd al-Aziz se había enamorado de Egilona, viuda del último rey godo. Y la había tomado por esposa sin exigir que cambiara de religión, pero sí de nombre: Omm al Yssam la madre de los collares preciosos o Zahra bent Isa la flor hija de Jesús.

 

Acusado de simpatía por el cristianismo, Abd al-Aziz fue decapitado y su cabeza enviada a Sulayman en una caja llena de alcanfor. Sulayman se la mostró a Muza diciéndole solamente estas palabras: «¿Reconoces a tu hijo?»