Cordoba, la Bizancio Española

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España tiene nuevos dueños. ¿Quiénes son?

Abd al-Rahman, aunque no se ha atrevido a arrogarse el título de califa este gran gesto lo realizará su séptimo sucesor, Abd al-Rahman III, tiene todas las prerrogativas de tal. En realidad, ya desde mediados del siglo VIII había en Córdoba un califato omeya que rivalizaba con el califato abasí de Bagdad.

El fundador de la dinastía hispanoárabe conservaba de sus orígenes nómadas la inclinación a la sencillez. Era alto y rubio, bien por su filiación beréber por parte de madre, bien porque tuviese una lejana ascendencia germánica.

Su enjuto rostro, encuadrado por larga cabellera, inspiraba simpatía, a pesar de que era tuerto. Sabía ser, alternativamente, sentimental y feroz. El mismo hombre que enviaba al califa de Bagdad las cabezas de los jefes abasíes disecadas y envueltas en la bandera negra de su dinastía, y en la oreja una etiqueta con el nombre del decapitado, mandaba plantar en su jardín palmeras que le recordaran su patria damasquina. Y les dedicaba estos versos: «¡Que las nubes te envíen tanta agua como vierten la Espiga de la Virgen y Arturo!»

Abd al-Rahman fijó su residencia en Córdoba el año 756. Los Omeyas prefirieron esta ciudad, que fue verdaderamente la Bizancio española, a Sevilla y a Málaga, aunque ésta embalsamaba «como un pomo de almizcle destapado».

De la antigua ciudad romana y gótica quedaban las murallas, un puente sobre el Guadalquivir, la puerta monumental llamada «de la Estatua» y el castillo de los Gobernadores, llamado luego el Alcázar el Ksar: el castillo o palacio de los árabes. En la orilla izquierda del río se alzaba una torre romana.

En la derecha, la mezquita. Al oeste del alcázar, dilatados jardines y suntuosas moradas. No lejos, un acueducto vertía sus impetuosas aguas en las fauces de un león chapado de oro y que tenía por ojos unas enormes piedras preciosas. La ciudad de Córdoba se extendía a lo lejos: tres veces más larga de sur a norte que de este a oeste y prolongada por veintiocho suburbios. La superficie total ocupaba «el espacio que alcanza, por la noche, la luz de las lámparas» indicación más – poética que exacta.

En la época de su máximo desarrollo, Córdoba tenía según dicen un millón de habitantes, 260.000 edificios, 80.000 tiendas, 4.300 mercados, 500 mezquitas y 700 establecimientos de baños. Las bibliotecas, públicas y privadas, eran innumerables, pues Córdoba era el centro más importante de comercio de libros árabes que había en Occidente. Sólo en el barrio del este, ciento setenta mujeres estaban exclusivamente dedicadas a transcribir Coranes en caracteres cúficos. Pero Córdoba no era únicamente un lugar de peregrinación y una ciudad de letras. Los cordobeses no se apasionaban solamente por las matemáticas, la teología y la horticultura. Se hacían también brillantes negocios.

Sus hierros forjados, sus tejidos de seda, sus cueros damasquinados eran famosos en Oriente y en Occidente. Por otra parte, la extraordinaria feracidad de Andalucía derramaba hacia Córdoba una fuerte corriente económica. El litoral mediterráneo bullía de pescadores, de navegantes, de mercaderes, de intermediarios de todas clases que abastecían a Córdoba de materias primas que los artesanos cordobeses transformaban en productos manufacturados.

Estos objetos vidrierías, tapices, libros encuadernados, esmaltes, marfiles esculpidos se exportaban a Occidente y se vendían a altos precios. El tesoro público de Córdoba, alimentado además por los derechos de aduana y por productos de botín, era uno de los más florecientes del imperio islámico.

Lo primero que quiso hacer Abd al-Rahman al elegir Córdoba como capital de su reino fue edificar una mezquita digna del califato. Existía ya una, construida por los conquistadores árabes en la iglesia de San Vicente, que, a su vez, había sido edificada sobre las ruinas de un templo romano.

Pues era costumbre dividir el santuario en dos, una parte para el culto católico y otra para el rito mahometano. Pero Abd al-Rahman quería un templo digno de Alá. Compró a buen precio a los «bárbaros» así llamaban los árabes a los cristianos la parte de la iglesia que les correspondía, lo derribó todo y, en su lugar, levantó en poco tiempo el primitivo edificio de la gran mezquita de Córdoba.

Así surgieron esos arcos de herradura, con sus dovelas blancas y rojas, que durante mucho tiempo se creyó que habían sido importados de Oriente, cuando, en realidad, su origen es visigótico, como lo es también el de los temas decorativos inspirados en frutos y plantas. Pues el arte califal prolongó el arte gótico, enriqueciéndolo con sus exuberancias.

Cada uno de los príncipes de la dinastía fundada por Abd al-Rahman se esforzó por aumentar el esplendor de la mezquita. Hisham I hizo construir galerías donde pudieran orar las mujeres y planeó un pila para las abluciones. Abd al-Rahman II prolongó la mezquita por la parte sur y agrandó el mihrab. Abd al-Rahman III mandó levantar un nuevo alminar cuadrado, rematado por tres manzanas de oro y plata.

También se le debe el gran arco abovedado ante el cual se congregaban los almuédanos los viernes para llamar al pueblo a la oración. Hakem III trajo de Bizancio un especialista. en mosaicos y trescientos veinte quintales de piezas de mosaico para revestir la mezquita. Mandó construir un púlpito con nueve escalones de madera preciosa, en lo que se emplearon treinta y seis mil pequeñas piezas unidas con clavos de oro y de plata. Por último, Almanzor agrandó la mezquita, dándole el aspecto definitivo, que conservó hasta el siglo XVI.

Cuando se entra por primera vez en la mezquita de Córdoba, se encuentra uno en un laberinto de columnas de variada policromía: azules con venas blancas, amarillos, rojos, rojos con venas blancas, grises y verdes.

El edificio estaba dividido en cuatro partes principales, una de ellas reservada a la nobleza y al clero y las otras tres destinadas al pueblo. En una capilla decorada con columnas de mármol verde y de mármol rojo se hallaba el Corán, adornado de rubíes y perlas y manchado con la sangre de Osmán, que lo había copiado de su puño y letra. Era el Zancarrón.

Situándose en un punto desde el cual se vean oblicuamente las hileras de arcos y columnas, parece que se está en una jungla de ilimitadas dimensiones. La luz penetraba en la mezquita por las puertas y por las cúpulas, dándole un aspecto misterioso. Y los fieles, andando silenciosamente en la penumbra, parecían caballeros encantados en un bosque de mármol: tan inmóvil era su rostro y tan acompasados sus movimientos. Pero, a la hora de la oración, se encendían las luces. ¡280 candelabros y ocho mil lámparas de aceite! Había una enorme araña con mil quinientas luces.

Almanzor introdujo el uso de la cera. Durante los meses del Ramadán se empleaban trescientos quintales de cera y tres cuartos de quintal de mecha de algodón para hacer las velas. El gran cirio que ardía junto al imán pesaba treinta kilos. El olor de la cera se mezclaba con el de los techos de cedro y el de las pastillas de ámbar y de áloes que se quemaban en el culto, especialmente la noche del Ramadán.

En esta sola velada se consumían cuatro onzas de ámbar gris y ocho de madera de áloe. Pero, más que la fabulosa riqueza de la mezquita de Córdoba, lo que impresionaba a los peregrinos era el ambiente profundamente místico, debido sin duda a la disposición interior del templo. El hombre se sentía solo en una selva metafísica, separado del imán por fustes de jaspe, reducido a sí mismo. ¿Era una influencia lejana de Arrio?

El caso es que, bajo los techos cincelados de la mezquita cordobesa, pasaba un soplo frío y, sin embargo, saludable que trascendía más la filosofía racional de los judíos que la devoción maquinal del Islam.

Así era aquel templo extraordinario que erguía su alminar a orillas del Guadalquivir. ¡Extraño destino el de esa mezquita que empezó en iglesia y acabó en iglesia! Catedral de Córdoba en tiempo de los romanos y de los visigodos, bajo la advocación de San Vicente, mártir de Zaragoza, los musulmanes empezaron por dedicar la mitad al culto mahometano. Después, Abd al-Rahman exigió la totalidad.

Derribada y nuevamente construida con arreglo a su primitivo plano, la antigua basílica cristiana quedó transformada en una de las mezquitas más bellas del mundo mahometano. Sus proporciones y su arquitectura respetaban sin embargo las grandes Iíneas de la iglesia de San Vicente. Se prolongaron y se ensancharon las naves, se reemplazó el ábside por el mihrab y el campanario por el alminar.

Las columnas procedían del África cristiana, las piedras fueron talladas por obreros bizantinos, los albañiles antiguos cautivos capturados en el Norte eran cristianos, y rehenes cristianos llevaron en gran parte el peso de esta prodigiosa obra. A Córdoba afluían, desde Constantinopla, desde Narbona, desde Tarragona, desde Cartago, obreros, artistas y materiales de construcción. Posteriormente, los cristianos de la Reconquista introdujeron a su vez modificaciones en la mezquita.

Sus innovaciones, generalmente lamentables, acentuaron el carácter híbrido de ese santuario consagrado sucesivamente al cristianismo y al mahometismo. Demasiados arcos y columnas, demasiados colores, demasiado espacio. El lugar donde se reza debe ser limitado y desnudo. A los treinta años de acabar la Reconquista, la Iglesia católica arrancó a Carlos V la autorización para construir una catedral en el lugar de la mezquita.

El arquitecto encargado de hacerlo fue lo bastante inteligente para no destruir por completo la mezquita y edificó la iglesia cristiana sobre una parte solamente del terreno ocupado por el templo mahometano. Lo cual no impidió que Carlos V suspirara ante los restos mutilados de la mezquita: «Habéis edificado lo que se puede edificar en cualquier sitio, pero habéis destruido lo que era único en el mundo.»

De todos modos, subsiste el hecho de que manos cristianas trabajaron las piedras de la mezquita de Córdoba y obreros musulmanes colocaron los sillares de la catedral católica. Antes de que llegara el primer Abd al-Rahman, musulmanes y cristianos oraban juntos. en un común recinto y su oración era la misma. Las oraciones juntas de musulmanes y de católicos resonaron en bóvedas y en pórticos. Y ahí están, suspendidas como polvo inmóvil, en torno a las almenas del Alcázar y de las cúpulas y nervaduras. En pleno medio día, se confunden con el cielo cordobés color zafiro.