Convulsiones de la Reconquista

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Comо estaba poblada la llamada España árabe en el siglo x? Recordemos que los árabes, desde su llegada a España, avanzaron mucho más al norte de Córdoba y Toledo, puesto que tuvieron un encuentro en Toulouse con el duque de Aquitania y otro en Poitiers con Carlos Martel. Durante mucho tiempo hostigaron a Lyón y a Narbona.

Pero, de hecho, su zona de ocupación estaba limitada por una línea: Toledo-Zaragoza-Barcelona. Es verdad que realizaron incursiones en las montañas del Norte y del Nordeste, pero nunca llegaron a mantenerse en ellas y menos aún a impedir que constituyeran los estados de Asturias, Galicia, León, Castilla la Vieja, Navarra, Aragón y Cataluña.

Las guarniciones de los territorios españoles ocupados por los árabes eran muy poco importantes. Y en ellas eran muy escasos los árabes de pura raza, descendientes de los soldados del Profeta originarios de La Meca, de Medina, de la Arabia del Sur. A medida que pasaban los años, estos verdaderos árabes iban siendo cada vez más escasos.

A los primeros contingentes árabes se habían unido sirios, árabes también, pero muy mezclados, pues si bien Damasco, durante mucho tiempo sede del califato, había conservado su pureza árabe, en el resto de Siria habían dejado sus huellas las continuas invasiones egipcias, persas y griegas.

Los jefes sirios eran señores feudales que debían servicio militar al califa. En cuanto recibían orden, reunían tropas llamadas gunds y las conducían al lugar del combate. Aquellos mercenarios sirios, soldados excelentes, se habían quedado en España. El califa de Córdoba tenía en gran aprecio su disciplina y su valor militar.

Por su parte, los beréberes mostraban una manifiesta tendencia a quedarse al margen, a «hacer banda aparte». Procuraban sustraerse a la autoridad califal y, mientras los árabes se establecían en Sevilla, en Córdoba y en Toledo, los beréberes ocupaban de preferencia las montañas meridionales, en Ronda y en Granada.

Por último, estaban los eslavos. Estos inesperados auxiliares de los árabes eran antiguos prisioneros llevados por los germanos de sus campañas en los Balcanes, entre Turquía y Bulgaria. Mezclados con ellos había individuos de nacionalidad indeterminada que los árabes llevaban de sus incursiones en las costas italianas. Los eslavos seguían siendo, en general, esclavos. Pero algunos se emancipaban y se declaraban independientes. Formaban pequeñas colonias en la España oriental, en Valencia y en las islas Baleares.

Árabes, beréberes y eslavos, al mezclarse con la población romana y visigoda, dieron origen a la raza impropiamente llamada mora. De suerte que, cuando se habla de la España «mora», o de la España «árabe», o de la España «sarracena», es por comodidad terminológica. En realidad, España fue invadida no brutalmente, sino por oleadas sucesivas por beréberes y mercenarios sirios o balcánicos conducidos por árabes.

Estos invasores se quedaron en España y dejaron cepa. En el transcurso de los siglos, los cruces por casamiento o simplemente por uniones sexuales hicieron cada vez más difícil discriminar la parte de sangre puramente árabe es decir, semita que tenía la población llamada árabe. Y la confusión aumentaba por el hecho de que muchos españoles incluso obispos llevaban nombres árabes. La distinción entre cristianos y – musulmanes, aunque arbitraria, subraya mejor que la calificación de raza el criterio distintivo de españoles y árabes. Y es interesante señalar que la cuestión religiosa no se agudizó hasta el siglo XII, cuando nacieron al mismo tiempo la mística almohade y la reforma de Cluny.

Entonces fue cuando el mahometismo y el cristianismo engendraron simultáneamente el negro fruto de la intransigencia. Pero, en la época del califato de Córdoba, e incluso tiempo después, la política era independiente de la religión y las tropas cristianas no tenían escrúpulo en ponerse al servicio de los príncipes árabes si ello les daba gloria y provecho. Y a la inversa: acontecía que las milicias árabes acudieran en ayuda de los caudillos cristianos cuando éstos peleaban entre ellos.

Pero aunque la cuestión religiosa no se hubiera planteado aún, aunque estuviera lejos de inquietar al poderío musulmán, no por eso dejaba de perturbar muchas conciencias. La mayoría de los antiguos habitantes de la España árabe habían conservado la religión cristiana. Estos cristianos que habían permanecido fieles a su fe residiendo en tierra del Islam se llamaban mozárabes. ¿Por qué este nombre? ¿Mezo-árabe: medio árabe? ¿Most-árabe: convertido en árabe? ¿Mozo-árabe? Cualquiera que sea la etimología de la palabra, el caso es que los mozárabes daban prueba de cierto valor al practicar la religión de Cristo.

Verdad es que los árabes los trataban con gran liberalismo. Bien lo demuestran los pactos entre cristianos y musulmanes. Nunca pusieron éstos trabas al culto cristiano, con tal que se practicara con discreción. Eso sí, los mozárabes tenían que medir sus palabras, no herir el sentimiento religioso de los árabes, aceptar sin protesta el desdén que los creyentes manifestaban a los infieles. Y el ejercicio del culto católico tenía que detenerse ante ciertas limitaciones.

¡Nada de campanas y menos aún de procesiones! Con estas reservas y siempre que satisficieran las exigencias del fisco y se abstuvieran de manifestaciones llamativas, los cristianos vivían en buena inteligencia con los musulmanes. Por otra parte, muchos de ellos, bien fuera por indolencia, por cálculo o simplemente por vocación, se dejaban arabizar y perdían poco a poco el gusto y el conocimiento del latín base y vehículo de la doctrina cristiana.

Incluso había un cierto snobismo entre los jóvenes intelectuales cristianos, que, sin dejar de ser fieles a la religión de sus mayores, profesaban viva admiración por la literatura árabe. «¡Oh dolor! Siendo cristianos, ignoran su ley; siendo latinos, olvidan su lengua.» Así se lamentaba un piadoso y docto clérigo del siglo Ix. La verdad es que la expansión del árabe en Andalucía y el nacimiento y desarrollo de una brillante literatura hispanoárabe no favorecía la conservación de una estricta ortodoxia católica.

Pero frente a los tibios para quienes la religión era cosa de costumbre y frente a los espíritus curiosos de novedades, no tardan en alzarse hombres de fe, firmes hasta el martirio. Ahí tenemos a Eulogio, el primero que emprende contra los mahometanos una lucha inexorable que le lleva al cadalso.

Censura las tendencias sensuales del Islam, la inmoralidad disimulada bajo la moral coránica, la exaltación del placer. Se indigna contra el abuso del poder califal. Con la predicación y con la pluma, fustiga y provoca a los amos musulmanes. Este fogoso polemista, que es además un fino letrado, galvaniza a las masas mozárabes que habían cedido a las soluciones de facilidad.

Acosado por esbirros musulmanes, huye de pueblo en pueblo, pero, en la clandestinidad, continúa, sin desmayar, su obra. Nombrado por los suyos arzobispo de Toledo, no se incorpora jamás a su sede. Los esbirros musulmanes acaban por apoderarse de él y llevarle ante el cadí. Después de azotarle cruelmente, le cortan la cabeza.

Un día, unos musulmanes abordan en una calle de Córdoba a Prefecto, cura de San Acisclo. «¿Qué piensas de Mahoma?», le preguntan malignamente. El sacerdote les cita el Evangelio: «Surgirán falsos profetas que harán prodigios.» Cogen a Prefecto y le llevan ante el tribunal. «¡Blasfema!» Es condenado a muerte y ejecutado el día del bairam, ante una gran concurrencia de gente.

El ejemplo de estos exaltados de la fe cunde en la población cristiana de Córdoba. Proliferan los iluminados que entran en las mezquitas y realizan en ellas provocaciones intolerables. No hay escándalo a que no acudan en el afán de conocer los amargos goces de la tortura. Nada más contagioso que el suicidio, sobre todo cuando procede de la historia religiosa. No se les oculta a los obispos la gravedad de la situación, y se ponen de acuerdo con las autoridades musulmanas para condenar aquellas manifestaciones extremistas. Hacen bien.

Hacen bien, porque esas demostraciones espectaculares comprometen más que favorecen la causa cristiana. Esas largas filas de clérigos y de laicos que esperan a la puerta del cadí para insultarle cuando pase; esos exaltados que solicitan como un favor el hacha del verdugo, no ayudan nada a los mozárabes. Los musulmanes no les perdonan esas provocaciones, aunque no todos los mozárabes las aprueban. ¡Aquella multitud ululante que paseó por las calles de Córdoba el cadáver decapitado de Prefecto! No, el califato no quiere historias.

Pero qué emocionante la de la hermosa Flora. Hija de madre cristiana y de padre musulmán de origen español, fue educada en secreto por su madre en la religión de sus mayores. Su hermano, mahometano reciente y, como tal, más fanático, la denuncia al cadí. La amonestan, le administran unos azotes y la mandan a casa. Flora se escapa y encuentra asilo en una casa cristiana.

Conoce a una religiosa llamada María. Los dos doncellas se hacen grandes amigas y ¡no tienen veinte años y el deseo de la muerte las consume! deciden ofrecerse al martirio. Se presentan al cadí y le declaran su fe. Igual que la niña Eulalia, cuando, quinientos años atrás, desafió al ministro del César. Y, lo mismo que el magistrado romano, el juez de Córdoba intenta traer a la razón a las dos insensatas, conseguir con dulzura que repudien su creencia.

Las mocitas se ríen en sus barbas. ¿Las toma por unas niñas? Exasperado por tanta tozudez, el cadí recurre a las amenazas. ¿Quieren acabar sus días en el harén? Las jovenzuelas se inmutan, se interrogan con los ojos. ¿Cederán? Entonces interviene Eulogio. Conocía ya a Flora. La conoció hace unos meses, la primera vez que ella pasó por las manos del verdugo. Sintió por ella un casto amor. Curó sus llagas. «Puse con suavidad la mano en tus heridas. Hubiera querido curarlas con mis labios, pero no me atreví.» Y Eulogio, conteniendo su tierna inclinación, habla a Flora en un duro lenguaje.

¡Más vale morir que traicionar a Dios!» Poco trabajo le cuesta al pobre hombre convencer a la virgen cristiana. Sí, elegirá la muerte y arrastrará con ella a su compañera. «¡La adoré!», confesará más tarde Eulogio. Pero más grande aún era su amor a Dios, que le inspiró su resolución heroica. Porque es el caso que el sacerdote soldado, al exhortar a Flora a la muerte, se sabía condenado el también. Y Flora le precedería en aquel reino indescriptible en el que sus almas, liberadas, realizarían la unión perfecta.

Una triste madrugada de noviembre, a orillas del Guadalquivir, en un lugar llamado Campo de la Verdad el otoño ha sembrado la arena de sombras cenicientas y de reflejos malva, dos muchachuelas suben al cadalso…

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