Cartago y la promoción del primer guerrillero

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Si los griegos eran en general tolerados por la población autóctona, no se podría decir lo mismo de los fenicios, que tenían que habérselas continuamente con agresiones más o menos declaradas.

Hasta que se decidieron a solicitar la protección de sus hermanos de raza, los cartagineses. Acudieron éstos a prestar ayuda a los fenicios; pero, como siempre ocurre en semejantes casos, se tornaron de aliados en ocupantes; después, en amos. En las Baleares y en la costa andaluza, Cartago sustituye a Tiro.

Los núcleos cartagineses en Iberia, en un principio comerciales y pacíficos, no tardaron en ser lo que hoy se llama bases. Pues la dominación púnica, que se extendía a lo largo de las costas de África, desde la Cirenaica hasta las Columnas de Hércules, tenía fatalmente que chocar con el imperialismo romano.

España constituía entonces para Cartago una reserva de hombres y de recursos naturales. Y es claro que Roma no podía dejarla en el olvido. En consecuencia, Iberia no tardó en ser una de las prendas esenciales disputadas en las guerras púnicas, formidable conflicto que tan duramente enfrentó a Cartago con Roma, a Aníbal con Escipión el Africano.

En esta guerra interminable, los españoles desempeñaron un papel muy importante. Auxiliares de Cartago durante la primera guerra púnica y las campañas de Aníbal en Italia, encarnizados enemigos después, dieron la medida de su heroísmo durante el sitio de Sagunto.

Cuenta Tito Livio que, antes de que los cartagineses vencedores entraran en la fortaleza sitiada, los saguntinos encendieron una inmensa hoguera, quemaron en ella sus bienes y luego se arrojaron ellos mismos al fuego, mientras las mujeres estrangulaban a sus hijos pequeños y se arrojaban desde lo alto de la ciudadela.

Este acontecimiento fue decisivo. Cuando, caída Sagunto, el embajador de Roma fue a pedir reparación al Senado cartaginés, dijo, alzando la fimbria de su toga: «Aquí tengo la paz o la guerra. ¿Cuál elegís?» «Elige tú mismo», respondieron los senadores. «Pues será la guerra», decidió el romano. Pero Aníbal no había esperado el resultado de esta formalidad cortés para romper las hostilidades.

Un formidable ejército reunido en Cartagena Cartago nova formado por cien mil infantes, doce mil jinetes y cien elefantes los bulldozers de Amílcar Barca, se disponía a partir a la conquista de Roma. En este ejército había muchos españoles. Pues ya se los puede llamar por su nombre.

Quiere decirse que, al comenzar la segunda guerra púnica, doscientos años antes de Jesucristo, dos mil años antes de Napoleón, los españoles conocieron ya la invasión extranjera, la guerra civil y el amargo sabor de las victorias estériles.

¡Y qué política tan desconcertante! Se baten ciegamente, no tienen ningún escrúpulo en cambiar de campo y de táctica, denuncian hoy las alianzas pactadas ayer, oscilan de los unos a los otros, ignoran, al parecer, la gratitud, olvidan hasta sus propios intereses, pensando menos en el porvenir que en el presente inmediato. ¡Cómo reprochárselo!

Fija la mirada en la ribera donde las olas traen y llevan por millares los trirremes de Roma o de Cartago, los españoles combaten al enemigo. Y el enemigo es, para ellos, el que fenicio, griego, cartaginés y en seguida romano arrastra sus jabalinas y pasea sus carros por un suelo del que, confusamente aún, se sienten responsables.

El progreso realizado desde Altamira reside precisamente en esta toma de conciencia, no nacional es demasiado pronto, sino terrícola. Es el instinto del labrador que, cuando ve su tierra amenazada, blande la hoz. Labrador y soldado. Pues el período. púnico no es sólo aquel en que se comienza a disputarse España, aquel en que ella misma se desgarra.

Entre este pueblo rudo, de costumbres primarias, se destaca un hombre nuevo, avanza a paso lento, aparta a los demás, pisa fuerte. Este hombre dominará toda la historia de España y, a veces, la compondrá con su sangre. Este hombre es el guerrillero.

¿Qué aspecto tiene este guerrillero, antecesor del famoso infante español, en la época en que sirve a Cartago? Va armado de dos jabalinas cortas chuzos, de una espada de doble filo, a veces de una honda y casi siempre de una horca de dos puntas, una especie de hoja curvada en forma de media luna con un mango.

Con esta arma, el guerrillero detiene la caballería cortando el corvejón a los caballos. Pasado el tiempo, se utilizará en el Nuevo Mundo para inmovilizar a los toros salvajes, y los toreros la emplearán con el nombre de «media luna». Para protegerse, los infantes utilizan un pequeño escudo redondo llamado «cetra», de madera o de mimbre cubierto de cuero.

En la cabeza lleva no un casco, sino una especie de mitra, y su uniforme es una especie de blusón de piel de cabra bastante parecido al battle-dress de los combatientes de la segunda guerra mundial. En los pies, unas gruesas botas de cuero, las abarcas. El mercenario español, entrenado en el cuerpo a cuerpo por su costumbre en la lidia de toros, es tan astuto como valiente.

Echa por delante en la batalla unos carros arrastrados por toros que llevan amarrados al testuz haces de paja untados de pez. Prenden fuego a esta paja y los animales, enloquecidos, irrumpen en las filas enemigas y las dispersan.

Pero además de astucia y de valor, el guerrillero tiene un espíritu de iniciativa que llena de admiración a sus amos extranjeros. Un ejemplo: para pasar los ríos, construye balsas con odres inflados de aire, sobre los cuales coloca los escudos. Ha inventado el bote neumático.

Al cabo de algunas batallas de variable fortuna, en las que los españoles de Barca cruzan las armas con los españoles de Escipión. Cartago es definitivamente vencida por Roma. Ahora, a Roma le faltaba vencer a España.

Dos siglos necesitaron las legiones y la administración romanas para dar fin a su conquista. Fue en Lusitania (Portugal y Extremadura) donde encontraron mayor resistencia. Esta resistencias, sinónimo de patriotismo, la encarna un pastorcillo, Viriato.